Mientras tiendo la ropa me invade una sensación tibia, como si un mar subiera desde mis pies muy lentamente hasta cubrirme por completo. La mayoría de las mujeres que conozco repudian los quehaceres domésticos, como si tuvieran miedo de convertirse en esclavas por cocinar más de un día a la semana. Ya no hablemos de barrer o de lavar inodoros a diario. El caso es que a mí tender la ropa me produce una sensación de paz. En general, considero que los quehaceres domésticos constituyen una ocasión para pensar, escuchar música, orar y bailar. Si se tiene la suficiente habilidad, yo no la tengo, hasta se puede sostener una conversación telefónica.
Cuando era más joven siempre lavaba los trastes cantando. Solía entonar con profunda inspiración temas como Cruz de navajas, Veneno en la piel o No puedo más. Ahora que lo pienso, antes cantaba mucho, incluso metía una grabadora a la hora de bañarme para poder escuchar rock de los 60. Bajo la ducha bailaba un poco mientras sonaban los Beatles, los Doors o Janis. Cry, cry baby!
Regresando a la cuestión de los tendederos, diré que al tender la ropa se percibe el perfume de los productos utilizados para lavar, que al ir colocando la ropa, pieza por pieza, punta por punta, el movimiento de las manos puede adquirir la categoría de danza. La música y el vino pueden estar cerca y la imaginación, si no hay una compañía agradable, puede volar en ese lapso de tiempo en el que el cuerpo va de la lavadora al tendedero - del lavador a la tendedera- (Claro, tender la ropa es reconfortante sólo cuando no has pasado horas en el lavadero).
Ya casi no canto, pero cuando tiendo la ropa pienso en toda la gente que amo y pienso en la maravillosa estabilidad que en mi vida representan el tendedero, el patio y la ropa limpia.