miércoles, 19 de agosto de 2015

Diálogos de alcoba

-¿Qué cosa crees que podría decirte? Llevamos cinco años en este tugurio y ya estoy harta. No me digas que me quieres, no te creo y en cambio me dan ganas de partirte el hocico de un buen golpe.
Se sienta en la cama, se recoge el cabello en un chongo imperfecto y unos hilos negros caen, como si fueran agua, sobre su espalda lisa, morena y amplia. Inmensa. La cortina está abierta, el sol se está ocultando y la luz rojiza del atardecer se posa sobre su cuerpo.
- ¿Te conté de mi novio el italiano? Se llamaba Giangiacomo -Dice y me dispongo a escuchar por enésima vez una historia con la que ella pretende darme celos, pero que sólo activa el dispositivo de mi lástima. Es una historia que ocurrió hace más de quince años, cuando ella cargaba como veinte kilos menos. Un muchacho italiano que andaba de vacaciones en la ciudad conoció a Liliana y se enamoró de ella. Tuvieron un romance de verano que continuó cuando él volvió a Viareggio. Básicamente hablaron por teléfono y se escribieron cartas hasta que el italiano regresó a verla en Navidad. Entonces decidieron hacer turismo de aventura y se adentraron en las selvas del sur del país: Hubo mucho sexo, temazcales, ríos, mota, ligretto y toda clase de emociones, incluido el mal viaje que supone pasar frente a tanquetas militares llevando una caja de cereal medio llena de droga. El italiano y ella no tenían ni medio gramo de conciencia social, pero se fueron a meter a un nodo de la insurgencia. Apenas si lo notaron entre el sexo y la pachecata. 
Liliana me narra esta aventura casi sin variaciones para hacerme notar que alguna vez fue deseada por otros hombres (el desenlace de la historia consiste en que ella abandona a Giangiacomo para irse con Adam, un británico más joven y más guapo) y que su vida contuvo momentos de transgresión importantes.
Si yo fuera el pendejo que ella cree que soy, sentiría que me hace un favor al estar conmigo. Sentiría que yo, al ser chaparro, chimuelo y jorobado, debo agradecer por la oportunidad de penetrarla y hundir mis manos en sus lonjas. Cree que puede gritarme sólo porque me deja hurgar con la nariz entre sus nalgas gigantes que, dicho sea de paso, son el paraiso.
La verdad es que me encanta y quisiera respetarla. Tenerla tumbada a mi lado, llenando mi cama con su carne, me hace feliz, me da un placer que nunca, bajo ninguna otra circunstancia he podido siquiera vislumbrar. La deseo cuando veo que no cabe en la ropa, que le es difícil atravesar las puertas, que en las sillas se desborda. La deseo de un modo enfermo y babeo, por arriba y por abajo,
como el perro de Pavlov. Pero cuando empieza a hablarme de su viaje a Chiapas con el italiano y de su cuerpo delgado y admirado por hombres perfectos, siento lástima por ella. De inmediato se me vuelve patética y absurda y termino  por recargar mi cabeza en su barriga y decirle:
-Nada más que ya estás bien pinche gorda y solamente yo te hago el favorcito -Con un c´est la vie remato, y ella llora.

martes, 18 de agosto de 2015

Sucedido en Instagram

Conversaciones con uno que es Cuchillo y que pinta casas a domicilio.


La tarde es un veneno que gotea
o un juego de sombras
o no es nada
La tarde es la gota que envenena
El veneno es la tarde que gotea
La tarde es una cosa que se escapa,
un sueño sin pastillas, un gato que te ignora

@lamikimausa: Le voy a cambiar el nombre a los domingos, desde hoy se llaman árbol.
@soycuchillo: Si hoy es árbol mañana es piedra. Después van terciopelo y rocío.
@lamikimausa: El jueves será confeti
@soycuchillo: Los viernes, cohete
@demoiselle_o: El sábado es regalíz

@soycuchillo: El fin de semana ¡pastel vienés!

@soycuchillo: Verano es gato blanco y tenemos pendientes los nombres de las otras estaciones.

martes, 11 de agosto de 2015

Hay sangre

Voy. Estoy.
Me bañé antes de salir de casa  y no he sudado. Todavía huelo bien, a jabón nada más, me olvidé del perfume. Estoy sentada, incapaz de concentrarme, frente a un escritorio. Hay ruido de aspiradora, hay música. Aire y tiempo. Saludos y sonrisas. Todo está bien, sin embargo hay algo afuera que está hecho trizas, hay sangre seca y fresca sobre cráneos de periodistas, en pechos de niños, sangre revuelta con semen de varios hombres en la entrepierna de mujeres que lloran y tiemblan. Sangre roja o tal vez casi negra, no lo sé, no la he visto pero la llevo encima. De alguna forma la siento entre las manos. No sé cómo me ha salpicado el rostro. De una manera rara es sangre mía, aunque haya salido de otros cuerpos y en otras ciudades. Es sangre mía  aunque no haya corrido por mis venas. También hay llanto y gritos y miedo que sin salir de mí me pertenecen ¿Por qué hay gente hoy que va a ser brutalmente asesinada? ¿Por qué hay madres que escriben poemas para sus hijas violadas y muertas?

Hay cosas que pueden explicarse y por eso mismo resultan de una barbarie inverosímil.

viernes, 7 de agosto de 2015

Ensueño de una tarde de verano

Iba de malas, sudando a chorros. A mí el verano, igual que a la mayoría de la gente que nació en esta ciudad, me resulta insoportable, sobre todo a las dos de la tarde a bordo del metrobús. Mi carro estaba descompuesto y yo había tenido que ir a dar un taller para empoderar a las mujeres de San Juan de las Pitayas. Andar en transporte público es un atentado contra la dignidad humana al que estoy habituada, como antropóloga de clase media, no es infrecuente que mi carcacha se halle fuera de circulación.
Iba concentrada en mi sudor y en el sudor de los demás, incrustada en ese calor exasperante que tenía secuestrada a la ciudad y que paralizaba el aire, cuando me di cuenta de que junto a mí estaba un muchacho moreno, más o menos de mi estatura y nada feo, que iba abstraído mirándome los senos. No me ofendí, más bien me pareció extraño su buen gusto porque enfrente llevaba una muchacha más joven, rubia, regordeta y de pechos enormes. Un poco más allá, iba una señora con un escote muy amplio y esos dos pares de pechos captaban la atención de la mayoría.
En fin, aquél iba mirándome a mí, no de una forma francamente lasciva, sino distraída, como buscando mantenerse despierto en el sopor del mediodía. Estábamos de pie, casi juntos. Lo calculé inofensivo y, la verdad, decidí divertirme. Me pasé la mano sobre la frente para limpiarme el sudor y luego la deslicé suavemente a lo largo de mi rostro, llegué al cuello y seguí descendiendo. En ese hueco que se forma entre mis pechos me detuve un poco, como si me diera un masaje exprés. Me aseguré de que el chavo me miraba y luego me regresé la mano al cuello para volver a limpiarme el sudor. En esta posición busqué sus ojos abiertamente, sonreí y le hice un comentario sobre lo cabrón del calor. Él, claro, se puso nervioso y muy serio me dio la razón. Después le pregunté  en dónde me tenía que bajar para llegar a Plaza Vidriosa, cosa que yo sabía perfectamente. Él me contestó algo. Le pregunté otra cosa y me volvió a contestar. Antes de que hiciera una broma y él riera genuinamente , yo ya me había fijado en sus bíceps y deduje que se trataba de un trabajador de la construcción. Joven y fuerte. Ups.
Nos dijimos nuestros nombres. Resultó que se llamaba Diógenes ¿Para qué? Si se hubiera llamado Lucas o Pedro, el asunto no habría pasado a mayores, pero en cuanto dijo Diógenes me inspiré. Le conté de la lámpara, del filósofo y tanta cosa. Y me escuchó con atención. Diógenes me gustó, es que era Diógenes el albañil, el chalán y el ñero. Diógenes el de los brazotes, el del sudor perfecto, el que no babeaba como animal cuando veía pechos gigantes.
Total, quise saber en dónde iba a bajarse y en dónde vivía. 
-Me bajo en Canguros y vivo en Hipólito el Santo. Casi a la entrada, por el Bar el Cazador y el Motel Ensueño.
Motel- motel- motel- Ensueño- ensueño-ensueño. Esas palabras hicieron ecos en mi cabeza. Ahí sí, ya sin premeditación, le acerqué la boca a la oreja y le dije que me iba a bajar con él, si no había problema. Y pues no hubo. Cuando llegamos a Canguros, nos miramos a los ojos y él fue quien me tomó de la mano. Caminamos unas cuatro cuadras sin pavimentar hasta que llegamos al Motel Ensueño. Yo nunca había estado en esa parte de la ciudad, era como diez paradas después de Plaza Vidriosa. De todos modos pensé que podría desocuparme sin problemas antes de que anocheciera. Así fue. El Ensueño es un lugar humilde pero muy limpio. Diógenes y yo practicamos nuestros mejores trucos esa tarde. El joven albañil resultó ser todo un caballero, cuando terminamos me invitó una cerveza y unos tacos y luego hizo el recorrido en metrobús para devolverme a los rumbos de Plaza Vidriosa. Creo que estoy enamorada, pero más me vale no encontrármelo de nuevo.

miércoles, 5 de agosto de 2015

MalSueño

Estas últimas noches el cuerpo me despierta en situaciones inusuales. Me encuentro destapada y boca abajo con las manos cruzadas en el sexo, o de costado con una pierna forzadamente extendida y la otra doblada a la altura del pecho. Despierto en la oscuridad con los brazos entumidos por dejarlos extendidos en dirección de la cabeza y las piernas colgando fuera del colchón.
Me deshago de las sábanas porque tengo calor y de madrugada, cuando refresca un poco, tengo que gatear a varios metros de la cama para volver a cubrirme. Despierto porque siento que me estoy asfixiando. Es que mis manos me hunden el rostro en una almohada. A veces me muerdo la lengua y me despiertan un dolor localizado y el gusto metálico de la sangre.