martes, 29 de septiembre de 2015

Manzana

Algunos quisieran ser un tigre o un águila. Yo quisiera, nada más de vez en cuando, ser un árbol, ser madera, ser manzana.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El pasadizo.

Estaba tumbada boca abajo en mi recámara. Al entrar cerré la puerta con seguro y el silencio y el cansancio me ayudaron a dormir profundamente. Soñé que la ciudad no era más que un corredor larguísimo con cientos de habitaciones. La mía estaba al principio de ese corredor y yo percibía el vació presente en todas las otras. Sólo en la última, que estaba lejos, en lo que habría sido la periferia de la ciudad, había alguien más. Yo, tumbada boca abajo y exhausta, notaba lo que pasaba en aquella otra habitación.
Era un espacio abigarrado, sobresalía una colección de muñecas y animales de peluche metidos en bolsas transparentes. La mugre y el desorden  se extendían sobre el sofá, la mesa, la parrilla de gas, las cuatro sillas, la cuna y el ropero. Olía a humedad e Inés tenía frío. Era una habitación sin ventanas. Ella tiene la misma edad que yo, lo sé porque la entrevisté por la mañana. Tal vez por eso sueño que vive en el mismo corredor que yo pero ahí donde ya no alcanzaron sábanas de algodón, ni café orgánico, ni aspiradora, ni wifi.
Mientras sueño con ella me da miedo. La veo mirando el televisor mientras pela unos chícharos. Recuerdo que me contó que de pequeña su madre nunca la abrazó, que en la escuela se burlaban mucho de ella y que en casa nadie le hacía caso. Estoy durmiendo y para mí todas las habitaciones a lo largo del pasillo están vacías, la luz va disminuyendo y el ruido va en aumento, La habitación de Inés está en penumbra pero el volumen de la tele es muy fuerte. Ella no ve que hay cucarachas escondidas en su armario, yo a la distancia las percibo: son medianas y cafés y son felices. Hay cochambre, trastes sucios y basura fresca. También está Lili, una niña de tres años a la que nuca le lavan las manos. En mi sueño las cucarachas piensan y platican. Idolatran a Inés y la ayudarían si pudieran. Sin embargo, la felicidad de las cucarachas no alcanza para ella.
Inés está sola y se siente  traicionada por la vida ¿y por qué no? A los trece años se fue  a vivir con Braulio. La trataba bien, le compraba helados, le regaló todos los peluches que guarda de recuerdo. Él era su mundo, la promesa de una vida sin humillaciones ni golpes. En el caso de Inés promesa fue igual a mentira. Al paso de los meses y ya sin las sutilezas propias del enamoramiento, Braulio le prohibía salir, hablar con gente que él no aprobara y hasta arreglarse. Cuando nació Lili las cosas empeoraron. Gritos, golpes, incluso más que cuando vivía con sus papás. De todas esas cosas me habló en la entrevista.
En el sueño Inés limpia chícharos y mira una telenovela. Lilí despierta con hambre y llora. Inés la ignora, Lili llora más fuerte. Inés sigue limpiando chícharos con movimientos mecánicos y precisos. Yo, desde mi cama, noto cómo aprieta los dientes, cómo se le escapan dos lágrimas llenas de rabia y cómo su respiración se vuelve acelerada, Siento con demasiada nitidez, paso a paso, cómo la cólera se apodera de ella. En el sueño recuerdo la realidad de Inés.
Sabía muy bien que podía perder el control de si misma y actuar sin pensar, que guardaba una furia muy grande y que no sabía cómo controlarla. En el sueño yo sabía que Inés era una bomba de tiempo. Mi sueño fue la explosión de Inés: La vi levantarse y aventar el traste con los chícharos, tirar la silla al avanzar hacia la cuna. La escuché maldecir mientras el rostro, un rostro de diecisiete años, se le deformaba a resoplidos. Llegó a la cuna a punto de que le diera un infarto, con la sangre corriéndole en la arterias a mil por hora. Enfurecida. Lilí tenía tres años, hambre, meados en la ropa y una historia de palizas. Gritó y pataleó muy fuerte, pero Inés pataleó mucho más.
Al otro lado de la tripa-corredor yo estaba llena de miedo. En mi habitación  veía y escuchaba todo sin poder hacer nada. Escuchaba cada insulto, cada quejido, cada golpe. Miraba, gracias a la luz del televisor, todo lo que estaba ocurriendo.
Desperté entre lágrimas y sudor, aquel espanto había llegado hasta mi cama. Después de unos minutos me di un baño, me preparé un té, vi una película y me volví a dormir. Nada de corredores ni de tripas que conectan realidades distantes en la ciudad. Sólo dulces sueños
Dos días después causó revuelo el caso de la mujer que asesinó brutalmente a su hija de tres años mientras se encontraba pelando chícharos.

viernes, 4 de septiembre de 2015

De calamares y ríos.


Conducía  sintiendo  las manos hinchadas de ansiedad. Era uno de esos días en los que guardaba charcos de lágrimas atrás de los ojos, como pequeñas presas  a punto de desbordarse. Sentía un nudo ciego y filoso en la garganta. El pico de un calamar invisible le apretaba la tráquea.
Había estado funcionando, en la oficina nadie podría decir que se encontraba mal. Saludó, sonrió, escribió, subió y bajó las escaleras normalmente aunque cada minuto se sintió en peligro de caer adentro de sí misma, o en el vacío, era  lo mismo.
A las seis de la tarde, adentro de su auto, estaba sola. Sudaba de un modo atípico. Atravesando la ciudad, el calamar se multiplicaba. Ya había uno en su pecho y un par más detrás de sus rodillas. El aire, aunque trató de respirar profunda y pausadamente, comenzó a faltarle. Sabía en qué lugar estaba, era una vieja y pequeña celda de tortura en su cabeza: oscura, húmeda, maloliente y estrecha como cualquier buen apando. Necesitaba escapar porque en ese sitio había adelgazado, enfermado, intentado suicidarse, pero ahora tenía hijos  y no podía darse ese lujo. O no quería.
Un río cruzó su mente. Pensó que un río era su ruta de escape.  El bulevar sobre el que conducía en ese momento pasa sobre un río. Ella sabía que se trata de un río contaminado gravemente por la industria local, pero le dio lo mismo. Era el único río posible. Y era urgente.
Tuvo que estacionarse en un sitio alejado del puente y caminar. A esa hora el clima era agradable. Era viernes y la gente común estaba contenta, festejando el comienzo del fin de semana. Ella iba con sus calamares  puestos, cada vez más grandes y salvajes. Cuando comenzó a descender por la barranca  se dejó vencer por el llanto. Lloró a mares y ruidosamente.
Avanzó unos cuantos metros y se quitó las zapatillas. Eran unas negras de ante, las dejó bajo un árbol y siguió caminando descalza y con las manos vacías. Nada era claro en su cabeza, mucho menos el motivo del dolor tan grande que sentía. Caminaba y los pies se le iban llenando de tierra,  caminaba sin preocuparse de andar por pasto  o por piedras. Una sola idea la dominaba: llegar al río contaminado. Había visto, hace mucho, que las aguas de ese río podían ser verdes o azules debido a las fábricas que depositan en él sus desechos. Sabía que si los niños metían allí los pies les resultaban ronchas e infecciones. De cualquier forma, necesitaba ver el río.
Llegó por fin. El agua era marrón y había basura. Respiró profundamente el hedor que despedía, eso debilitó a los calamares. Escudriñó el paisaje. Arriba, el cielo azul rotundo. Un vagabundo yacía  unos metros a su derecha. El viento los hizo intercambiar olores. Ella percibió los orines del borracho y el borracho encontró el sudor de ella mezclado con esencia de rosas.  No se prestaron demasiada atención.
Se sentó en la orilla y cerró los ojos. Se secó las lágrimas  con el dorso de la mano. Pensó en la guerra y en los  asesinatos, en los presos políticos.  Pensó en que ya no era joven y también pensó en sus hijos. Mirando el agua apestosa de ese río, recordó que hay ríos en las montañas. Recordó que existen  cascadas blancas y enormes.  Al probar sus lágrimas saladas recordó la sal del mar. Volteó a ver al borracho y recordó  que hay gente que borracha se divierte y canta y baila. Los calamares  la soltaron despacio, cayeron al suelo y rodaron al río.
 Se había sentado demasiado cerca, sus pies estaban mojados. Los miró. Estaban muy sucios. Notó que comenzaba a anochecer. Se levantó y echó a andar rápidamente. Se hallaba nerviosa, tenía que llegar a ver a los niños, bañarlos, darles de cenar. Comenzó a correr y  de pronto, intempestivamente,  comenzó  a lloviznar.  Resbaló. Se golpeó las rodillas y se lastimó los pies. No logró ubicar el punto en el que había dejado sus zapatillas. Llegó a su auto acompañada de lluvia, sangre y tierra. Sentía la prisa  por volver a casa y el dolor que le había provocado la caída, pero  eso era glorioso comparado con el pico córneo de un calamar mordiéndole el corazón.

Entró a su casa corriendo y diciendo que tenía que hacer caca. Los niños se acercaron a saludarla  y los esquivó para encerrarse en el baño. Allí se lavó los pies, le ardieron las heridas.  Ocho minutos después, entre sonrisas  y una charla ligera, ya estaba cambiándose de ropa, poniéndose sandalias, bañando a sus hijos, preparando la cena.  Funcionando de nuevo.