Se bajó del microbús para volver a entrar en la llovizna, con la sensación
de seguir ignorando todo acerca de él. Acababan de despedirse de mano, sin
mirarse a los ojos, como siempre. Se habían encontrado tres horas antes y
frente a un parque, ella llevaba botas y pantalón que él calificó como
invernales y él, playera roja, pantalón de mezclilla, calcetines y zapatos
negros sobre los que ella no hizo ningún comentario. Comieron en un lugar que él conocía unos tacos que a él le parecían
recomendables. En la taquería ella hizo un esfuerzo por controlar una ansiedad
que últimamente la perturba. El espacio le pareció pequeño y demasiado lleno de
gente, de olores y de humo, sentía que se ahogaba. Le pareció que si hablaba
iba a terminar dando de gritos y escapando a toda velocidad, por eso se limitó a comer. Ellos no suelen
mirarse el uno al otro, ni hablar, no se frecuentan en realidad. Esa tarde se
encontraron porque ella lo propuso, él tenía otras cosas que hacer, pero
accedió.
Cuando terminaron de comer afortunadamente no llovía, así que pudieron
caminar. Caminar para ella era siempre un alivio. Recordaba vagamente la
existencia de un café unas cuadras más adelante y allí se dirigieron. En el
trayecto hablaron poco, de cualquier cosa, de un sueño que ella había tenido en
el que caminaban juntos sobre esa misma calle y charlaban sobre el triunfo de
algún político local. Ese sueño
simple se hizo realidad aquella tarde.
Después de cruzar un puente peatonal estuvieron a punto de entrar en la
cafetería, pero de pronto ella se sintió incapaz de hacerlo. La sola idea de
entrar a aplastarse, otra vez, en otra sucursal de la franquicia local más exitosa le pareció insoportable.
Ya se miraba a sí misma asfixiándose, muriéndose de aburrimiento y de tristeza.
Por supuesto, a él no le dijo todo
esto. Sólo sugirió que podrían caminar, señaló como destino posible una bandera
enorme que ondeaba en un pequeño
cerro cercano. Él, no se sabe si convencido o no, accedió. Ella estaba segura
de que él hubiera preferido sentarse a tomar a café, pero por esa tarde no le
importó y fue completamente egoísta. Animada por la idea de ir a un lugar más
alto, cuando atravesaron el puente por segunda vez, ella le pidió que la
besara. Había pensado que no iba a besarlo más, pero no pudo resistir. Besarlo
en el puente era como un
sueño del que no había tenido
conciencia.
Se besaban largamente,
demasiado largamente según la impresión de ella y se le desataban
sensaciones que la hacían sentirse maravillosamente extraña en su propio
cuerpo. Porque no lo besaba con la boca, lo besaba con todo el cuerpo. Era una
sensación de ir poco a poco alejándose en ese abismo que siempre sentía en el
pecho, una sensación de ir llegando a un lugar desconocido y encender un fuego
que comenzaba en los labios y se extendía hasta el sexo para prenderse como una
araña llameante en el pecho. Ajá, allí donde se guarda el corazón. En fin, se
besaron dos o tres veces, hasta que él, que no tenía fuegos ni abismos dentro,
dijo que el paso de alguien por el puente le causaba vergüenza de besarla.
Siguieron caminando hasta llegar al cerro, ubicaron el mirador, subieron.
En el camino vieron un colibrí y un escrito en un muro “Si no tuvieras miedo
¿qué harías?” Ella siempre ha creído que la ciudad puede hablarle, la pregunta
se la tomó absolutamente en serio y el colibrí le pareció un buen augurio, como
los distintos tonos de verde o el hecho de que él se encontrara dinero tirado en el
piso. Se sentaron a contemplar la ciudad, ella aliviada, él seguramente más
cansado que complacido. Volvieron a besarse, pero los besos no tuvieron ya el
encanto del puente. Ella volvió a sentir que no significaba nada para él. Ya lo
sabía y estaba bien, no tenía por qué ser de otra forma. Se dio cuenta de que,
en realidad, todo el tiempo él actuaba como un reflejo, respondía si le hablaba y nada más.
Accedía. Asentía. Le daba por su lado, pues. Esa tarde, sin embargo, aprendió dos cosas sobre él: que no
le gusta el cableado eléctrico al descubierto en las ciudades (a ella tampoco)
y que a veces observa detalles como que en las tapas de las alcantarillas dice
sanaemiento. Ese es el tipo de rasgos que ella encuentra fascinantes en la gente,
las cosas que le gusta descubrir aunque ya nunca tenga tiempo.
Antes de despedirse hubieron de caminar otro buen tramo, erráticamente,
pues no ubicaban con exactitud el punto en donde podían tomar un autobús que
los regresara sus casas. Atravesaron el puente por tercera vez, ya sin besarse,
había vuelto la distancia. Minutos atrás, en el mirador, ella lo había sentido una cercanía fugaz, como cuando le acarició descuidadamente la espalda en un movimiento de
esos muy familiares y honestos pero desconcertantes. Ella disfrutó tanto la
caricia y a la vez le dio terror que percibiera que su blusa estaba húmeda de
sudor después de la caminata. No lo conocía bien, no estaba segura si él sería
capaz, por ejemplo, de verla sudar y no sentir asco. De todos modos, ya
sentados en la última fila del microbús y rodeados de gente, ella era ella de
verdad, para mal o para bien: transpiraba un poco, seguramente estaba roja y
despeinada. Después de caminar y correr, se hallaba de buen ánimo. Pensaba,
sin embargo, qué él debía estar cansado y más bien aburrido. No lo sabía de
cierto, pero casi estaba convencida de que él habría preferido entrar en el
café y sostener una conversación con cualquier otra mujer, de preferencia una
que no fumara, ni se mordiera la uñas, ni sudara. Ella sabía
que no significaba nada para él, pero
de todos modos esa última tarde decidió ser egoísta y caminar y pedirle que la besara en el
puente para sentir la vida.