viernes, 20 de septiembre de 2013

Última tarde



Se bajó del microbús para volver a entrar en la llovizna, con la sensación de seguir ignorando todo acerca de él. Acababan de despedirse de mano, sin mirarse a los ojos, como siempre. Se habían encontrado tres horas antes y frente a un parque, ella llevaba botas y pantalón que él calificó como invernales y él, playera roja, pantalón de mezclilla, calcetines y zapatos negros sobre los que ella no hizo ningún comentario. Comieron en un lugar que él conocía unos tacos que a él le parecían recomendables. En la taquería ella hizo un esfuerzo por controlar una ansiedad que últimamente la perturba. El espacio le pareció pequeño y demasiado lleno de gente, de olores y de humo, sentía que se ahogaba. Le pareció que si hablaba iba a terminar dando de gritos y escapando a toda velocidad, por eso  se limitó a comer. Ellos no suelen mirarse el uno al otro, ni hablar, no se frecuentan en realidad. Esa tarde se encontraron porque ella lo propuso, él tenía otras cosas que hacer, pero accedió.
Cuando terminaron de comer afortunadamente no llovía, así que pudieron caminar. Caminar para ella era siempre un alivio. Recordaba vagamente la existencia de un café unas cuadras más adelante y allí se dirigieron. En el trayecto hablaron poco, de cualquier cosa, de un sueño que ella había tenido en el que caminaban juntos sobre esa misma calle y charlaban sobre el triunfo de algún político local.  Ese sueño simple se hizo realidad aquella tarde.
Después de cruzar un puente peatonal estuvieron a punto de entrar en la cafetería, pero de pronto ella se sintió incapaz de hacerlo. La sola idea de entrar a aplastarse, otra vez, en otra sucursal  de la franquicia local más exitosa le pareció insoportable. Ya se miraba a sí misma asfixiándose, muriéndose de aburrimiento y de tristeza. Por supuesto, a él no le dijo  todo esto. Sólo sugirió que podrían caminar, señaló como destino posible una bandera enorme que  ondeaba en un pequeño cerro cercano. Él, no se sabe si convencido o no, accedió. Ella estaba segura de que él hubiera preferido sentarse a tomar a café, pero por esa tarde no le importó y fue completamente egoísta. Animada por la idea de ir a un lugar más alto, cuando atravesaron el puente por segunda vez, ella le pidió que la besara. Había pensado que no iba a besarlo más, pero no pudo resistir. Besarlo en el puente era como  un sueño  del que no había tenido conciencia.
Se besaban largamente,  demasiado largamente según la impresión de ella y se le desataban sensaciones que la hacían sentirse maravillosamente extraña en su propio cuerpo. Porque no lo besaba con la boca, lo besaba con todo el cuerpo. Era una sensación de ir poco a poco alejándose en ese abismo que siempre sentía en el pecho, una sensación de ir llegando a un lugar desconocido y encender un fuego que comenzaba en los labios y se extendía hasta el sexo para prenderse como una araña llameante en el pecho. Ajá, allí donde se guarda el corazón. En fin, se besaron dos o tres veces, hasta que él, que no tenía fuegos ni abismos dentro, dijo que el paso de alguien por el puente le causaba vergüenza de besarla. 
Siguieron caminando hasta llegar al cerro, ubicaron el mirador, subieron. En el camino vieron un colibrí y un escrito en un muro “Si no tuvieras miedo ¿qué harías?” Ella siempre ha creído que la ciudad puede hablarle, la pregunta se la tomó absolutamente en serio y el colibrí le pareció un buen augurio, como los distintos tonos de verde o el hecho de que él se encontrara dinero tirado en el piso. Se sentaron a contemplar la ciudad, ella aliviada, él seguramente más cansado que complacido. Volvieron a besarse, pero los besos no tuvieron ya el encanto del puente. Ella volvió a sentir que no significaba nada para él. Ya lo sabía y estaba bien, no tenía por qué ser de otra forma. Se dio cuenta de que, en realidad, todo el tiempo él actuaba como un reflejo,  respondía si le hablaba y nada más. Accedía. Asentía. Le daba por su lado, pues.  Esa tarde, sin embargo, aprendió dos cosas sobre él: que no le gusta el cableado eléctrico al descubierto en las ciudades (a ella tampoco) y que a veces observa detalles como que en las tapas de las alcantarillas dice sanaemiento. Ese es el tipo de rasgos que ella encuentra fascinantes en la gente, las cosas que le gusta descubrir aunque ya nunca tenga tiempo.
Antes de despedirse hubieron de caminar otro buen tramo, erráticamente, pues no ubicaban con exactitud el punto en donde podían tomar un autobús que los regresara sus casas. Atravesaron el puente por tercera vez, ya sin besarse, había vuelto la distancia. Minutos atrás, en el mirador, ella lo había sentido una cercanía fugaz, como cuando le acarició descuidadamente la espalda en un movimiento de esos muy familiares y honestos pero desconcertantes. Ella disfrutó tanto la caricia y a la vez le dio terror que percibiera que su blusa estaba húmeda de sudor después de la caminata. No lo conocía bien, no estaba segura si él sería capaz, por ejemplo, de verla sudar y no sentir asco. De todos modos, ya sentados en la última fila del microbús y rodeados de gente, ella era ella de verdad, para mal o para bien: transpiraba un poco, seguramente estaba roja y despeinada. Después de caminar y correr, se hallaba  de buen ánimo. Pensaba, sin embargo, qué él debía estar cansado y más bien aburrido. No lo sabía de cierto, pero casi estaba convencida de que él habría preferido entrar en el café y sostener una conversación con cualquier otra mujer, de preferencia una que no fumara, ni se mordiera la uñas, ni sudara. Ella sabía que no significaba nada para él, pero  de todos modos esa última tarde  decidió ser egoísta y caminar y pedirle que la besara en el puente para sentir la vida.

martes, 10 de septiembre de 2013

Nariz de brujo.

Tuve una vez un amigo de ojos claros y nariz de brujo que siempre  me decía “que loca estás” mientras se reía de mí. Platicamos muchas veces sentados espalda con espalda lejos de la ciudad, viendo las estrellas y fumando. Le gustaban los gansitos y el boing de mango, como a mí. Alguna vez, en lo más profundo de una tristeza,  descubrí un parque de diversiones en su rostro y también, otra vez, se preocupó mucho por mí cuando estuve enferma. Me obsequió música y mucha vida, muchas vidas, ni un solo sueño, sólo realidades que nunca había imaginado. Me dio además  dibujos y paisajes. Ríos y cascadas cristalinos y helados para lavar la mugre y el sudor de las largas caminatas. Nos deslizamos en las pistas de patinaje de lodo en las que se convierte el campo a veces. Estar con él era encontrarme, era encontrarlo y ser de verdad. Mi amigo ha muerto y hoy, que estoy vacía y sola, lo extraño para siempre.