martes, 10 de septiembre de 2013

Nariz de brujo.

Tuve una vez un amigo de ojos claros y nariz de brujo que siempre  me decía “que loca estás” mientras se reía de mí. Platicamos muchas veces sentados espalda con espalda lejos de la ciudad, viendo las estrellas y fumando. Le gustaban los gansitos y el boing de mango, como a mí. Alguna vez, en lo más profundo de una tristeza,  descubrí un parque de diversiones en su rostro y también, otra vez, se preocupó mucho por mí cuando estuve enferma. Me obsequió música y mucha vida, muchas vidas, ni un solo sueño, sólo realidades que nunca había imaginado. Me dio además  dibujos y paisajes. Ríos y cascadas cristalinos y helados para lavar la mugre y el sudor de las largas caminatas. Nos deslizamos en las pistas de patinaje de lodo en las que se convierte el campo a veces. Estar con él era encontrarme, era encontrarlo y ser de verdad. Mi amigo ha muerto y hoy, que estoy vacía y sola, lo extraño para siempre.

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