miércoles, 30 de diciembre de 2015

Animal de campo





Fui al río y entendí que a nadie puedo contagiarle mi deseo, que no todos pueden establecer un pacto con el agua y con las raíces que se extienden sobre la tierra y abajo de ella. Siento que mis huesos se parecen a la madera que ocultan las gruesas y oscuras cortezas de árboles cuyo nombre ignoro y cuya magia me seduce hasta el llanto.
Soy madera
Soy cielo
Soy río
Soy quien avanza en todas direcciones.
Soy un par de ojos que se vuelven cabras al atardecer o asnos que caminan indefensos con las patas delanteras atadas.
Soy cuatro perros sin raza definida y con ojos brillantes, castaños, igual que la madera.

El muchachito que talla la Y de un charpe con su machete significa algo para mí. Significa todo lo que no sé, todo lo que imagino.
Descender de la montaña, escuchar el sonido que produce el agua cuando acaricia las piedras con suave firmeza, eso es la vida. Hallar una mantis religiosa y sonreírle y conversar con ella, saber que su abdomen es prominente y que sus ojos verdes se distinguen todavía sobre el verde absoluto y alegre de su cuerpo, eso me hace feliz.
Soy un animal de río y de montaña, más amiga de los insectos que de las empleadas de tiendas departamentales. Son felices mis pies en el césped y en la arena, no sé andar con tacones. Voy a un río, al campo o al mar con desesperación, en busca de aliento, de una conexión que la ciudad me estorba.
Voy al agua helada de los ríos, a su sonido, a su poesía.
Estoy hecha para volar, pero la ciudad me hace pesada. El tráfico, las plazas comerciales, todo eso se me junta en el alma como plomo que tengo que limpiar constantemente.
Yo sé, y lo sé muy bien, que soy un animal de campo.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Jardín

En el jardín cada árbol es planeta y esconde una máquina del tiempo
El sol desciende lentamente cuando ella hace preguntas
y el viento enloquece en secreto
mientras las flores resplandecen

Nadie va a creer que vienes del futuro pero puedes quedarte.
Seremos felices, Kazantzakis está cerca.

He escuchado mis propios pasos sobre el pasto seco
y desde el silencio mi sombra sonríe

La vida es un insecto que no vuela porque de momento no hace falta.

Pesadilla

Hace años, una noche que recuerdo perfectamente, soñé que era un cadáver consciente y que se  iban a cerrar sobre mí diez ataúdes. Estaba exhausta, pero no dormida por completo y el terror se apoderó de mí. Mi cuerpo, por cierto, no era mi cuerpo ni mi rostro era mi rostro. Era un cuerpo más bajo y más gordo. Mi cara era una cara regordeta y la papada me hacía desaparecer el cuello. Tenía el cabello ondulado artificialmente y teñido de rubio. Mis tobillos eran demasiado gruesos y telarañas de várices se extendían sobre mis piernas como unas medias tétricas.
Esa que yo veía muerta no se parecía a mí pero era yo. Unos segundos por lo menos mi conciencia estuvo encerrada en ese cuerpo. En esa imágen yo quería hablar y no podía. Esa garganta, oculta en ese cuello inexistente, me aprisionaba la voz con saña. 
Mi alma se encontró atrapada en aquel cuerpo horrible y extraño que estaba a punto de ser depositado en una fosa envuelto en diez ataúdes que iban a ir cerrándose uno a uno frente a mis narices, con ruidos sordos y continuos que harían crecer la oscuridad y disminuir el oxígeno. Me veía petrificada con los labios pintados de un rojo demasiado rojo, casi negro: mórbido-mortal-putrefacto. Mi alma estaba a punto de asfixiarse lentamente y yo me daba cuenta pero no podía ni gritar. Angustia plena.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Asuntos de los pies



Cada vez se me vuelve menos persona y más fetiche, o cada vez es más pies y menos rostro. No puedo evitarlo. La veo de lunes a viernes, es una mujer joven y agradable, acaso más que la mayoría de los que trabajamos aquí. De todos modos hay una parte de mí que la detesta, anda con un desenfado exagerado por la vida, casi siempre está contenta y cuando no, su tristeza o malhumor  son de corta duración y muy livianos. 
Pongámoslo así, yo me levanto a las cinco treinta de la mañana y tardo más dos horas en estar listo: hago ejercicio hasta las seis, después plancho mi pantalón y mi camisa, boleo mis zapatos, me afeito y me ducho. Desayuno huevos revueltos, café y jugo de naranja que yo mismo me preparo. Lavo los trastes. Me cepillo los dientes, me visto y me peino y a las siete cuarenta y cinco estoy metiéndome en el carro para conducir una hora y llegar puntual al trabajo.
Ella entra a la oficina siempre entre las nueve y las nueve con diez de la mañana, con el cabello limpio pero rara vez peinado cuidadosamente, con unos jeans y algo encima que puede ser, según la estación del año, una blusa ligera, una chamarra con capucha o un suéter azul cielo o amarillo chillante. Sé, por pláticas escuchadas casualmente, que suele levantarse a las ocho y que vive a once cuadras de la oficina. Siempre luce fantástica y eso  lo encontraba, hasta hace un par de semanas, misterioso y chocante.
Se sienta en el escritorio que está a lado del mío y desde su primer día en la empresa comenzó a tutearme, no es que sea engreído, pero en la oficina es la única que lo hace, todos los demás se dirigen a mí como Rivas, me hablan de usted y, por supuesto, no se me acercan sonriendo ni oliendo a perfume de cítricos.
Aunque me parecía un poco igualada, no me llamaba la atención. Estoy habituado a concentrarme en mi trabajo, así que su presencia no me distraía de revisar los documentos, verificar direcciones, sacar fotografías y tomar huellas dactilares. Después de todo, es algo que he hecho durante los últimos doce años de una manera precisa y con un ritmo absolutamente eficaz. 
Nadie, en todo este tiempo, se había quejado de mi servicio. Hasta hace poco que nos tocó hacer guardia juntos. Ella intentó conversar pero no quise distraerme y comencé a verificar que los respaldos de los respaldos de mis archivos estuvieran en orden. Se puso los benditos audífonos y me dejó trabajar. 
A las ocho de la noche me levanté, como de costumbre, a hacerme un té. Ella estaba de pie junto al despachador de agua vestida tal como la había visto durante todo el día, salvo por una pequeña diferencia que noté cuando llenaba mi taza: estaba descalza. Sus pies eran medianos, blancos, sus tobillos eran perfectos y llevaba las uñas pintadas de rosa pálido. Sobre la alfombra verde oscuro sus pies parecían de porcelana, una verdadera obra de arte. Tragué saliva y me di la vuelta sin decir nada, no quería que notara la inadecuada y poderosa erección que me había causado.
Ella caminó detrás de mí, preguntando si estaba todo bien. Yo sabía que estaba descalza, que sus pies daban pasos que seguían mis pasos y lo que quería voltearme y arrodillarme  y chuparle los dedos y lamerle las plantas y que me tocara con los pies los testículos y luego llenárselos de semen. Todo eso quería, pero también quería tomar mi té de las ocho de la noche. Le dije que me dejara en paz y que no me molestara, que todo estaba bien.
Después de esa noche, mucha de mi energía se concentra en no mirar hacia abajo, pero fracaso constantemente porque aunque no le vea los pies me los imagino todo el tiempo y de todas las maneras: empacados en botas de minero, con lodo, con sandalias, con las uñas pintadas de negro y de azul cielo. Sobre todo, me los imagino envueltos en un par de medias negras. En esta imagen voy desde la punta de los dedos hasta los muslos, cuando acaban las medias me detengo y comienzo el camino de regreso descubriendo la piel, anhelando el paraíso de sus pies.
Ella ya no me dirige la palabra, la entiendo, yo dejé de devolverle el saludo desde que la ví descalza. Desde que dejó de tener brazos, cuello, pechos y cabeza y se convirtió sólo en pies  y medias negras.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

De las cinco a las nueve

¿Has llegado a la noche en calma? Yo entré a mi habitación temblando calladamente y me acosté en una oscuridad casi plena, respirando trabajosamente por la nariz, tragando saliva con cuidado. Tuve miedo de abrir la boca y gritar, no quería entregarme a un llanto rabioso y poco elegante. Cerré los ojos y en mi mente se hizo de día otra vez. De nuevo eran las cinco de la tarde. De nuevo los pájaros volaron escandalosamente hacia sus nidos.
Llevaba zapatos rojos y caminaba sin prisa, más bien iba cansada, despacio. Tal vez fue ese desánimo lo que hizo que él se fijara en mí. También pensé que mis anteojos podrían haberlo atraído, o que mis dos mochilas le habían anunciado al mundo entero mi indefensión. En muchas cosas pensé después, antes de encontrarlo iba cantando mentalmente una canción de Eric Clapton. Siempre canto, hasta en sueños, aunque lo haga sin voz.
Me metí al parque para cortar camino, las dos mochilas me pesaban y quería llegar rápido a casa, prepararme algo de comer y ver televisión. Acabo de contratar Netflix y estaba ansiosa por seguir viendo Narcos. Esos eran los planes que había fraguado por la mañana, antes de irme al trabajo. Soy mesera en un Tocks, así que en cuanto termina mi turno me suelto el cabello, me pongo jeans, zapatos rojos, mastico chicle y miro a mis semejantes con un dejo de descortesía. 
Normalmente llevo sólo una mochila con mis cosas del gimnasio, hoy llevaba en la otra mi disfraz de mesera con todo y zapatos, me toca lavarlo. Hubiera querido que él me quitara esa mochila, que me relevara de tallar mi vestido rosado, mi delantal blanco y mi estúpida red para el cabello. Pero no. 
Por el camino de los álamos de hoja plateada se me apareció, llevaba una sudadero roja igual que mis zapatos y un pañuelo que le cubría la mitad del rostro, sí, muy de caricatura. Era un ladrón gordo y tartamudo que me llamó "muñeca" ("Muñeca" ¡chinga tu madre pinche pendejo de mierda!). Me dijo que sacara mi celular y todo el varo que llevaba. Yo, con mis dos mochilas, me tardé en reaccionar. El gordo me jaló los audífonos y se apoderó de mi iPod, se llevó una gran selección musical que seguramente no apreciarán sus oiditos reguetoneros. Ya que andaba por mi cuerpo me arrancó la gargantilla y aprovechó para apretarme una teta. Ahí fue cuando se me quitó el cansancio y lo golpeé con las dos mochilas, primero con la del gym y luego con la de mesera de Tocks. Las dos veces con todas mis fuerzas. Me fui corriendo.
Llegué hecha de rabia y de miedo a una parada de autobús y le conté a la gente lo que me acababa de pasar, omití la parte del agarrón de teta porque me pareció, todavía me parece, muy humillante. Una señora me hizo caso y trató de calmarme, una pareja de novios decidió ignorarme y un señor me miró con gesto burlón. 
Me quedé nerviosa, con miedo de que el ladrón estuviera por ahí acechándome, así que entré en una cafetería, pedí un té y estuve un rato sentada junto a mis dos mochilas. Pensé en que era bueno que no me hubieran robado el celular  y en que había tenido suerte de que no me violaran. Pensé en que el ladrón era un maldito pendejo ojete y en que yo era una tonta por no llevar gas pimienta y por no haberle reventado los huevos de un rodillazo. Después, a las nueve de la noche, me fui a mi casa con los puños apretados, con miedo, con el corazón latiéndome a mil por hora.

jueves, 1 de octubre de 2015

¿Cómo podrías saberlo? No puedes, no podrías. Es locura y tú eres un hombre cuerdo. Si te digo: Tengo en el alma un perro rabioso, o te digo: Tengo una tarántula en la garganta, vas a imaginarlo forzadamente y a no entenderlo. Es la verdad. Si ves cómo me quito los audífonos una vez tras otra o cómo en mitad de  trabajos importantes me pongo a buscar un pdf de Carson McCullers o Life is elsewhere, vas a decirme que qué interesante y a no entender. No es tu obligación, no tienes ninguna razón para contenerme. Sólo soy una extraña de piernas bonitas. Las piernas bonitas abundan, en  cualquier otro par puedes repetirte y recrearte sin complicaciones.

martes, 29 de septiembre de 2015

Manzana

Algunos quisieran ser un tigre o un águila. Yo quisiera, nada más de vez en cuando, ser un árbol, ser madera, ser manzana.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El pasadizo.

Estaba tumbada boca abajo en mi recámara. Al entrar cerré la puerta con seguro y el silencio y el cansancio me ayudaron a dormir profundamente. Soñé que la ciudad no era más que un corredor larguísimo con cientos de habitaciones. La mía estaba al principio de ese corredor y yo percibía el vació presente en todas las otras. Sólo en la última, que estaba lejos, en lo que habría sido la periferia de la ciudad, había alguien más. Yo, tumbada boca abajo y exhausta, notaba lo que pasaba en aquella otra habitación.
Era un espacio abigarrado, sobresalía una colección de muñecas y animales de peluche metidos en bolsas transparentes. La mugre y el desorden  se extendían sobre el sofá, la mesa, la parrilla de gas, las cuatro sillas, la cuna y el ropero. Olía a humedad e Inés tenía frío. Era una habitación sin ventanas. Ella tiene la misma edad que yo, lo sé porque la entrevisté por la mañana. Tal vez por eso sueño que vive en el mismo corredor que yo pero ahí donde ya no alcanzaron sábanas de algodón, ni café orgánico, ni aspiradora, ni wifi.
Mientras sueño con ella me da miedo. La veo mirando el televisor mientras pela unos chícharos. Recuerdo que me contó que de pequeña su madre nunca la abrazó, que en la escuela se burlaban mucho de ella y que en casa nadie le hacía caso. Estoy durmiendo y para mí todas las habitaciones a lo largo del pasillo están vacías, la luz va disminuyendo y el ruido va en aumento, La habitación de Inés está en penumbra pero el volumen de la tele es muy fuerte. Ella no ve que hay cucarachas escondidas en su armario, yo a la distancia las percibo: son medianas y cafés y son felices. Hay cochambre, trastes sucios y basura fresca. También está Lili, una niña de tres años a la que nuca le lavan las manos. En mi sueño las cucarachas piensan y platican. Idolatran a Inés y la ayudarían si pudieran. Sin embargo, la felicidad de las cucarachas no alcanza para ella.
Inés está sola y se siente  traicionada por la vida ¿y por qué no? A los trece años se fue  a vivir con Braulio. La trataba bien, le compraba helados, le regaló todos los peluches que guarda de recuerdo. Él era su mundo, la promesa de una vida sin humillaciones ni golpes. En el caso de Inés promesa fue igual a mentira. Al paso de los meses y ya sin las sutilezas propias del enamoramiento, Braulio le prohibía salir, hablar con gente que él no aprobara y hasta arreglarse. Cuando nació Lili las cosas empeoraron. Gritos, golpes, incluso más que cuando vivía con sus papás. De todas esas cosas me habló en la entrevista.
En el sueño Inés limpia chícharos y mira una telenovela. Lilí despierta con hambre y llora. Inés la ignora, Lili llora más fuerte. Inés sigue limpiando chícharos con movimientos mecánicos y precisos. Yo, desde mi cama, noto cómo aprieta los dientes, cómo se le escapan dos lágrimas llenas de rabia y cómo su respiración se vuelve acelerada, Siento con demasiada nitidez, paso a paso, cómo la cólera se apodera de ella. En el sueño recuerdo la realidad de Inés.
Sabía muy bien que podía perder el control de si misma y actuar sin pensar, que guardaba una furia muy grande y que no sabía cómo controlarla. En el sueño yo sabía que Inés era una bomba de tiempo. Mi sueño fue la explosión de Inés: La vi levantarse y aventar el traste con los chícharos, tirar la silla al avanzar hacia la cuna. La escuché maldecir mientras el rostro, un rostro de diecisiete años, se le deformaba a resoplidos. Llegó a la cuna a punto de que le diera un infarto, con la sangre corriéndole en la arterias a mil por hora. Enfurecida. Lilí tenía tres años, hambre, meados en la ropa y una historia de palizas. Gritó y pataleó muy fuerte, pero Inés pataleó mucho más.
Al otro lado de la tripa-corredor yo estaba llena de miedo. En mi habitación  veía y escuchaba todo sin poder hacer nada. Escuchaba cada insulto, cada quejido, cada golpe. Miraba, gracias a la luz del televisor, todo lo que estaba ocurriendo.
Desperté entre lágrimas y sudor, aquel espanto había llegado hasta mi cama. Después de unos minutos me di un baño, me preparé un té, vi una película y me volví a dormir. Nada de corredores ni de tripas que conectan realidades distantes en la ciudad. Sólo dulces sueños
Dos días después causó revuelo el caso de la mujer que asesinó brutalmente a su hija de tres años mientras se encontraba pelando chícharos.

viernes, 4 de septiembre de 2015

De calamares y ríos.


Conducía  sintiendo  las manos hinchadas de ansiedad. Era uno de esos días en los que guardaba charcos de lágrimas atrás de los ojos, como pequeñas presas  a punto de desbordarse. Sentía un nudo ciego y filoso en la garganta. El pico de un calamar invisible le apretaba la tráquea.
Había estado funcionando, en la oficina nadie podría decir que se encontraba mal. Saludó, sonrió, escribió, subió y bajó las escaleras normalmente aunque cada minuto se sintió en peligro de caer adentro de sí misma, o en el vacío, era  lo mismo.
A las seis de la tarde, adentro de su auto, estaba sola. Sudaba de un modo atípico. Atravesando la ciudad, el calamar se multiplicaba. Ya había uno en su pecho y un par más detrás de sus rodillas. El aire, aunque trató de respirar profunda y pausadamente, comenzó a faltarle. Sabía en qué lugar estaba, era una vieja y pequeña celda de tortura en su cabeza: oscura, húmeda, maloliente y estrecha como cualquier buen apando. Necesitaba escapar porque en ese sitio había adelgazado, enfermado, intentado suicidarse, pero ahora tenía hijos  y no podía darse ese lujo. O no quería.
Un río cruzó su mente. Pensó que un río era su ruta de escape.  El bulevar sobre el que conducía en ese momento pasa sobre un río. Ella sabía que se trata de un río contaminado gravemente por la industria local, pero le dio lo mismo. Era el único río posible. Y era urgente.
Tuvo que estacionarse en un sitio alejado del puente y caminar. A esa hora el clima era agradable. Era viernes y la gente común estaba contenta, festejando el comienzo del fin de semana. Ella iba con sus calamares  puestos, cada vez más grandes y salvajes. Cuando comenzó a descender por la barranca  se dejó vencer por el llanto. Lloró a mares y ruidosamente.
Avanzó unos cuantos metros y se quitó las zapatillas. Eran unas negras de ante, las dejó bajo un árbol y siguió caminando descalza y con las manos vacías. Nada era claro en su cabeza, mucho menos el motivo del dolor tan grande que sentía. Caminaba y los pies se le iban llenando de tierra,  caminaba sin preocuparse de andar por pasto  o por piedras. Una sola idea la dominaba: llegar al río contaminado. Había visto, hace mucho, que las aguas de ese río podían ser verdes o azules debido a las fábricas que depositan en él sus desechos. Sabía que si los niños metían allí los pies les resultaban ronchas e infecciones. De cualquier forma, necesitaba ver el río.
Llegó por fin. El agua era marrón y había basura. Respiró profundamente el hedor que despedía, eso debilitó a los calamares. Escudriñó el paisaje. Arriba, el cielo azul rotundo. Un vagabundo yacía  unos metros a su derecha. El viento los hizo intercambiar olores. Ella percibió los orines del borracho y el borracho encontró el sudor de ella mezclado con esencia de rosas.  No se prestaron demasiada atención.
Se sentó en la orilla y cerró los ojos. Se secó las lágrimas  con el dorso de la mano. Pensó en la guerra y en los  asesinatos, en los presos políticos.  Pensó en que ya no era joven y también pensó en sus hijos. Mirando el agua apestosa de ese río, recordó que hay ríos en las montañas. Recordó que existen  cascadas blancas y enormes.  Al probar sus lágrimas saladas recordó la sal del mar. Volteó a ver al borracho y recordó  que hay gente que borracha se divierte y canta y baila. Los calamares  la soltaron despacio, cayeron al suelo y rodaron al río.
 Se había sentado demasiado cerca, sus pies estaban mojados. Los miró. Estaban muy sucios. Notó que comenzaba a anochecer. Se levantó y echó a andar rápidamente. Se hallaba nerviosa, tenía que llegar a ver a los niños, bañarlos, darles de cenar. Comenzó a correr y  de pronto, intempestivamente,  comenzó  a lloviznar.  Resbaló. Se golpeó las rodillas y se lastimó los pies. No logró ubicar el punto en el que había dejado sus zapatillas. Llegó a su auto acompañada de lluvia, sangre y tierra. Sentía la prisa  por volver a casa y el dolor que le había provocado la caída, pero  eso era glorioso comparado con el pico córneo de un calamar mordiéndole el corazón.

Entró a su casa corriendo y diciendo que tenía que hacer caca. Los niños se acercaron a saludarla  y los esquivó para encerrarse en el baño. Allí se lavó los pies, le ardieron las heridas.  Ocho minutos después, entre sonrisas  y una charla ligera, ya estaba cambiándose de ropa, poniéndose sandalias, bañando a sus hijos, preparando la cena.  Funcionando de nuevo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Diálogos de alcoba

-¿Qué cosa crees que podría decirte? Llevamos cinco años en este tugurio y ya estoy harta. No me digas que me quieres, no te creo y en cambio me dan ganas de partirte el hocico de un buen golpe.
Se sienta en la cama, se recoge el cabello en un chongo imperfecto y unos hilos negros caen, como si fueran agua, sobre su espalda lisa, morena y amplia. Inmensa. La cortina está abierta, el sol se está ocultando y la luz rojiza del atardecer se posa sobre su cuerpo.
- ¿Te conté de mi novio el italiano? Se llamaba Giangiacomo -Dice y me dispongo a escuchar por enésima vez una historia con la que ella pretende darme celos, pero que sólo activa el dispositivo de mi lástima. Es una historia que ocurrió hace más de quince años, cuando ella cargaba como veinte kilos menos. Un muchacho italiano que andaba de vacaciones en la ciudad conoció a Liliana y se enamoró de ella. Tuvieron un romance de verano que continuó cuando él volvió a Viareggio. Básicamente hablaron por teléfono y se escribieron cartas hasta que el italiano regresó a verla en Navidad. Entonces decidieron hacer turismo de aventura y se adentraron en las selvas del sur del país: Hubo mucho sexo, temazcales, ríos, mota, ligretto y toda clase de emociones, incluido el mal viaje que supone pasar frente a tanquetas militares llevando una caja de cereal medio llena de droga. El italiano y ella no tenían ni medio gramo de conciencia social, pero se fueron a meter a un nodo de la insurgencia. Apenas si lo notaron entre el sexo y la pachecata. 
Liliana me narra esta aventura casi sin variaciones para hacerme notar que alguna vez fue deseada por otros hombres (el desenlace de la historia consiste en que ella abandona a Giangiacomo para irse con Adam, un británico más joven y más guapo) y que su vida contuvo momentos de transgresión importantes.
Si yo fuera el pendejo que ella cree que soy, sentiría que me hace un favor al estar conmigo. Sentiría que yo, al ser chaparro, chimuelo y jorobado, debo agradecer por la oportunidad de penetrarla y hundir mis manos en sus lonjas. Cree que puede gritarme sólo porque me deja hurgar con la nariz entre sus nalgas gigantes que, dicho sea de paso, son el paraiso.
La verdad es que me encanta y quisiera respetarla. Tenerla tumbada a mi lado, llenando mi cama con su carne, me hace feliz, me da un placer que nunca, bajo ninguna otra circunstancia he podido siquiera vislumbrar. La deseo cuando veo que no cabe en la ropa, que le es difícil atravesar las puertas, que en las sillas se desborda. La deseo de un modo enfermo y babeo, por arriba y por abajo,
como el perro de Pavlov. Pero cuando empieza a hablarme de su viaje a Chiapas con el italiano y de su cuerpo delgado y admirado por hombres perfectos, siento lástima por ella. De inmediato se me vuelve patética y absurda y termino  por recargar mi cabeza en su barriga y decirle:
-Nada más que ya estás bien pinche gorda y solamente yo te hago el favorcito -Con un c´est la vie remato, y ella llora.

martes, 18 de agosto de 2015

Sucedido en Instagram

Conversaciones con uno que es Cuchillo y que pinta casas a domicilio.


La tarde es un veneno que gotea
o un juego de sombras
o no es nada
La tarde es la gota que envenena
El veneno es la tarde que gotea
La tarde es una cosa que se escapa,
un sueño sin pastillas, un gato que te ignora

@lamikimausa: Le voy a cambiar el nombre a los domingos, desde hoy se llaman árbol.
@soycuchillo: Si hoy es árbol mañana es piedra. Después van terciopelo y rocío.
@lamikimausa: El jueves será confeti
@soycuchillo: Los viernes, cohete
@demoiselle_o: El sábado es regalíz

@soycuchillo: El fin de semana ¡pastel vienés!

@soycuchillo: Verano es gato blanco y tenemos pendientes los nombres de las otras estaciones.

martes, 11 de agosto de 2015

Hay sangre

Voy. Estoy.
Me bañé antes de salir de casa  y no he sudado. Todavía huelo bien, a jabón nada más, me olvidé del perfume. Estoy sentada, incapaz de concentrarme, frente a un escritorio. Hay ruido de aspiradora, hay música. Aire y tiempo. Saludos y sonrisas. Todo está bien, sin embargo hay algo afuera que está hecho trizas, hay sangre seca y fresca sobre cráneos de periodistas, en pechos de niños, sangre revuelta con semen de varios hombres en la entrepierna de mujeres que lloran y tiemblan. Sangre roja o tal vez casi negra, no lo sé, no la he visto pero la llevo encima. De alguna forma la siento entre las manos. No sé cómo me ha salpicado el rostro. De una manera rara es sangre mía, aunque haya salido de otros cuerpos y en otras ciudades. Es sangre mía  aunque no haya corrido por mis venas. También hay llanto y gritos y miedo que sin salir de mí me pertenecen ¿Por qué hay gente hoy que va a ser brutalmente asesinada? ¿Por qué hay madres que escriben poemas para sus hijas violadas y muertas?

Hay cosas que pueden explicarse y por eso mismo resultan de una barbarie inverosímil.

viernes, 7 de agosto de 2015

Ensueño de una tarde de verano

Iba de malas, sudando a chorros. A mí el verano, igual que a la mayoría de la gente que nació en esta ciudad, me resulta insoportable, sobre todo a las dos de la tarde a bordo del metrobús. Mi carro estaba descompuesto y yo había tenido que ir a dar un taller para empoderar a las mujeres de San Juan de las Pitayas. Andar en transporte público es un atentado contra la dignidad humana al que estoy habituada, como antropóloga de clase media, no es infrecuente que mi carcacha se halle fuera de circulación.
Iba concentrada en mi sudor y en el sudor de los demás, incrustada en ese calor exasperante que tenía secuestrada a la ciudad y que paralizaba el aire, cuando me di cuenta de que junto a mí estaba un muchacho moreno, más o menos de mi estatura y nada feo, que iba abstraído mirándome los senos. No me ofendí, más bien me pareció extraño su buen gusto porque enfrente llevaba una muchacha más joven, rubia, regordeta y de pechos enormes. Un poco más allá, iba una señora con un escote muy amplio y esos dos pares de pechos captaban la atención de la mayoría.
En fin, aquél iba mirándome a mí, no de una forma francamente lasciva, sino distraída, como buscando mantenerse despierto en el sopor del mediodía. Estábamos de pie, casi juntos. Lo calculé inofensivo y, la verdad, decidí divertirme. Me pasé la mano sobre la frente para limpiarme el sudor y luego la deslicé suavemente a lo largo de mi rostro, llegué al cuello y seguí descendiendo. En ese hueco que se forma entre mis pechos me detuve un poco, como si me diera un masaje exprés. Me aseguré de que el chavo me miraba y luego me regresé la mano al cuello para volver a limpiarme el sudor. En esta posición busqué sus ojos abiertamente, sonreí y le hice un comentario sobre lo cabrón del calor. Él, claro, se puso nervioso y muy serio me dio la razón. Después le pregunté  en dónde me tenía que bajar para llegar a Plaza Vidriosa, cosa que yo sabía perfectamente. Él me contestó algo. Le pregunté otra cosa y me volvió a contestar. Antes de que hiciera una broma y él riera genuinamente , yo ya me había fijado en sus bíceps y deduje que se trataba de un trabajador de la construcción. Joven y fuerte. Ups.
Nos dijimos nuestros nombres. Resultó que se llamaba Diógenes ¿Para qué? Si se hubiera llamado Lucas o Pedro, el asunto no habría pasado a mayores, pero en cuanto dijo Diógenes me inspiré. Le conté de la lámpara, del filósofo y tanta cosa. Y me escuchó con atención. Diógenes me gustó, es que era Diógenes el albañil, el chalán y el ñero. Diógenes el de los brazotes, el del sudor perfecto, el que no babeaba como animal cuando veía pechos gigantes.
Total, quise saber en dónde iba a bajarse y en dónde vivía. 
-Me bajo en Canguros y vivo en Hipólito el Santo. Casi a la entrada, por el Bar el Cazador y el Motel Ensueño.
Motel- motel- motel- Ensueño- ensueño-ensueño. Esas palabras hicieron ecos en mi cabeza. Ahí sí, ya sin premeditación, le acerqué la boca a la oreja y le dije que me iba a bajar con él, si no había problema. Y pues no hubo. Cuando llegamos a Canguros, nos miramos a los ojos y él fue quien me tomó de la mano. Caminamos unas cuatro cuadras sin pavimentar hasta que llegamos al Motel Ensueño. Yo nunca había estado en esa parte de la ciudad, era como diez paradas después de Plaza Vidriosa. De todos modos pensé que podría desocuparme sin problemas antes de que anocheciera. Así fue. El Ensueño es un lugar humilde pero muy limpio. Diógenes y yo practicamos nuestros mejores trucos esa tarde. El joven albañil resultó ser todo un caballero, cuando terminamos me invitó una cerveza y unos tacos y luego hizo el recorrido en metrobús para devolverme a los rumbos de Plaza Vidriosa. Creo que estoy enamorada, pero más me vale no encontrármelo de nuevo.

miércoles, 5 de agosto de 2015

MalSueño

Estas últimas noches el cuerpo me despierta en situaciones inusuales. Me encuentro destapada y boca abajo con las manos cruzadas en el sexo, o de costado con una pierna forzadamente extendida y la otra doblada a la altura del pecho. Despierto en la oscuridad con los brazos entumidos por dejarlos extendidos en dirección de la cabeza y las piernas colgando fuera del colchón.
Me deshago de las sábanas porque tengo calor y de madrugada, cuando refresca un poco, tengo que gatear a varios metros de la cama para volver a cubrirme. Despierto porque siento que me estoy asfixiando. Es que mis manos me hunden el rostro en una almohada. A veces me muerdo la lengua y me despiertan un dolor localizado y el gusto metálico de la sangre.

jueves, 30 de julio de 2015

Captions

At first there is perfection
and then there is a peach
later there was a song and joy
and clap claps in the room
So alive found me the eve
And the night
The night?
It-was justpink

lunes, 20 de julio de 2015

Las rodillas

Es un excelente día para fotografiarse las rodillas y hablar sobre ellas, metafórica y literalmente. A mí me gustan y creo que el mundo ha sido poco justo con ellas porque, por ejemplo, a lo largo de mi vida me han dicho que tengo pies, ojos, piernas y cara bonita, eso por no mencionar los elogios que han recibido mis tetas y mi trasero, pero nunca me han chuleado las rodillas y sé muy bien que sienten una pizca de rencor, por eso me duelen cuando hace frío. Hasta mi nariz y mis orejas han sido lengüeteadas más a menudo que mis rodillas, a pesar de que es ganchuda la primera y son  grandes las segundas. Y ¿por qué? A ver, cuéntenme qué nombre recibe el fetichismo dirigido a las rodillas y cuántas páginas de internet están dedicadas a festejarlo. Debe haber. No puedo ser yo la única persona en el mundo con unas rodillas anhelantes.Y no hablo sólo de sexo, ya sabemos que allí sólo se recuerdan las rodillas cuando se practica la posición llamada de a perrito...bueno ¿a quién engaño? Sí hablo sólo de sexo.

Lunes senuL

Hoy es un lunes de esos en los que se retratan sombras en Italia. Un lunes para escaparse y para hacer todo al revés. Ya sabes: llorar  echando las lágrimas para adentro, carcajearte silenciosamente  y subir las escaleras parada de manos. Usar ropa interior de hombre en lugar de tus vistosos calzones rojos. Desayunar un discreto helado de diez pesos y esperar bailando tecno. Mentarle la madre a tu jefe inmediato en vez de contestarle "por supuesto". 
Es lunes, sí, pero en sentido contrario. Siéntate con las piernas abiertas, que el cunilingus del lunes anda suelto.

sábado, 11 de julio de 2015

Alison

Si pudiera hablar contigo te diría, tal como te hablaba de mi vida de vez en cuando por las mañanas, que hoy me siento muy triste, que siento una explosión muy gris en mi cabeza al pensar en tu muerte. De verdad se me llenan los ojos de lágrimas al imaginar que voy a volver al CAT y atravesaré el pasillo para ver tu oficina vacía y no escuchar tu familiar "buenos días" porque casi siempre estaba la puerta abierta y podíamos verte y a veces escucharte trabajar.
Trabajar contigo fue un placer. Siempre serás para mí como una bisagra con el mundo. Era fascinante conversar contigo porque además del trabajo siempre tratabas cosas personales, compartías tu historia, tus experiencias y tus conocimientos de manera generosa, al menos para conmigo. Tus anécdotas jamás se repetían y siempre eran interesantes. Eras una mujer inteligente y divertida, tu sentido del humor era muy particular y ningún inglés mejor que el tuyo para decir las groserías mexicanas. Tu tono de voz me resuena en la cabeza y me vibra loca y amigablemente. Sí te ví enojada algunas veces pero lo que prevalece nítido en mi memoria es cómo te sabías los nombres de mis hijos y conocías mi historia familiar. Hasta llegué a comentarte de pasada cuando tenía problemas con mi marido. Fue un privilegio haber podido aprender de ti y estar segura de que una no tiene que ser perfecta para hacer algo bueno en el mundo. Recuerdo cuando fuiste a mi baby shower y te presente ante mi familia como mi jefa y con gran humildad les dijiste, no, soy su colega. Por supuesto que no, fue un gran honor haber trabajado bajo tu dirección. Tu vida enseña no solamente que los sueños se pueden conquistar, sino que se puede lograr que trasciendan: que de una intención se puede lograr una gran obra, un legado concreto. Algo que deje prueba fehaciente de que hemos pasado por este mundo. Y tu vida deja una huella enorme, bien delineada, profunda y luminosa en muchas vidas, de muchas maneras. A muchos niveles enseñaste cosas a través de JUCONI porque te entregabas a este proyecto con pasión, convencida y abierta. También estabas dispuesta a aprender y eso hizo de ti una gran persona. Una persona muy cabrona en el mejor sentido de la palabra. Estoy segura de que entenderías los que quiero decir.
A estas horas muchas personas en diferentes partes del mundo se encuentran ensombrecidas por tu partida. No quiero decir muerte, porque muerte me remite a un final, a algo seco, incoloro, inexistente. Eso no te pasó a ti. Porque vas a seguir presente en la vida de mucha gente, te vamos a recordar porque nos enseñaste, porque nos compartiste cosas y fuiste una persona genuina. Todos los proyectos que defendiste tienen ya un anclaje material, tu obra ha trascendido la finitud de tu vida. 
Dejas una lección grande y buena. Lamentamos tu muerte de una manera rocosa, como un golpe. Eso es un hecho, pero eso no es lo mas importante porque la tristeza y el dolor que sentimos hoy se nos van a quitar. Ese dicho de que el tiempo lo cura todo, aunque sea un lugar común es verdadero. O a lo mejor es verdadero porque es un lugar común. viéndolo así nuestro dolor es intrascendente, un reflejo, una situación corriente y ordinaria. Ante una persona como tú, Alison, eso no basta. La sola lamentación está bien para la muerte de alguien que conociste de lejos. Se vale llorar hasta un poco por la muerte del vecino al que nunca le hablabas. 
Los que tuvimos la gran oportunidad de conocer a Alison sabemos no será suficiente con lamentar su muerte. Sabemos que lo único decoroso por hacer es celebrar su vida.

domingo, 5 de julio de 2015

Vecina



Uso corbata, escucho jazz y me encanta el futbol. Llevo casado diez años y en los últimos dos he hecho el amor como seis veces. Mi mujer y yo estamos más que aburridos uno del otro, pero tratamos de llevarnos bien porque tenemos tres hijos. Somos unos enfermos, pues.
No hablo casi con mis vecinos, la verdad ni los conozco. Sí veo sus caras en el ascensor y les digo buenos días o buenas noches, pero no los conozco.
Hace unos meses se mudó una joven española delgada y más bien desgarbada. La conocí porque coincidimos en la minúscula área para fumar del edificio: un patio de cinco metros por cinco metros con cuatro bancas, tres árboles chaparros y una fuente en el centro. Ella y yo tenemos la costumbre de salir  alrededor de las diez de la noche y a menudo se nos une un señor a quien nunca le he preguntado su nombre pero que me cae muy bien.
A veces no llegamos más allá del buenas noches y cada quien se concentra en lo que hay en su propia cabeza. Otras veces, generalmente los viernes, llegamos más tarde, después de haber estado con nuestros amigos en algun bar y nos sentimos más despejados, entonces charlamos más tiempo y nos contamos cosas. Así supe que ella se llama Carola, que trabaja como profesora invitada en la Facultad de historia pero que todo allí le parece arcaico y que no soporta tener que recibir órdenes de gilipollas. Del señor sé que a su esposa le resulta repulsivo el olor a cigarro y que para que puedan tener relaciones sexuales le exige una semana de purificación, o desintoxicación, como se escuche menos perverso.
Todo iba en calma, yo, anodino como me he vuelto con los años, no experimentaba por Carola ninguna atracción. Hasta esa  noche de viernes en la que llegó alterada y más ebria que de ordinario. Venía despeinada como siempre, pero llevaba  zapatillas de tacón muy alto y un vestido negro, un poco más arriba de la rodilla, holgado y con un gran escote. Nunca la había visto así. Tiene las piernas  flacas y esa vez  se le veían demasiado  frágiles. Me parecieron sexys por eso mismo. Apenas la vi llegar, me apeteció tenderla en una cama, penetrarla y arrancarle las piernas.
Ella me saludó y después se soltó a hablarme al mismo tiempo que me obviaba.
Había discutido por fin con la directora de su unidad en la cena que siguió a un examen profesional. Acaloradamente, hubo ofensas personales y todo lo fuera de lugar que yo me pudiera imaginar. Después del pleito Carola se metió a un bar y desde allí llamó a un profesor con el que había salido una vez, pero que luego se dedicó a evitar porque no soportaba su elevada dosis presunción. El caso es que ya borracha se le ocurrió repasar sus contactos de whatssapp, lo vio en linea y le mandó un mensaje. A la media hora el esnob apareció, Carola necesitaba un poco de sexo para procesar su rabia.
Le contó al pendejo de Rodrigo -así lo llamó durante casi todo su monólogo- lo ocurrido en la cena y otras cosas nefastas y le pidió, sí, ella le pidió, que la llevara a un lugar donde pudiera relajarse y fumarse un toque.
Fueron a un buen motel: espejo en el techo, jacuzzi, ducha de cristal. Después de la mota encendieron la tele y encontraron una pornografía que a Carola le resultó inspiradora. Pero no, no  fue posible salvar  la noche.
- ¡Una cosa asquerosa y aburrida! Ni siquiera me agarró las tetas- Dijo amargamente y, asumiendo que yo era de palo, se sacó los pechos  para mostrarme lo ofendidos que se encontraban. Y yo ahí, sentadito en la banca, con sus piernas todavía en las manos y sus tetas  en la cara. Se me cayó el cigarro. Ella siguió contándome con gran irritación que el tipo se dedicó a babearle el cuello y a tallarle la vulva como si estuviera tallando calcetines en el lavadero, que tenía el pene pequeño  y que había comenzado a sudar como marrano casi de inmediato.
En fin, terminó tirándolo de la cama porque no entendió por las buenas. Aplicó unos pocos golpes del karate que había estudiado en su niñez, le pegó en la cabeza con uno de sus tacones, le dijo que cogía peor que un chaval de quince años y que no se imaginara ni por un momento que su pinche y puto pito de jengibre iba a estar adentro de ella nunca. Se vistió y tomó un taxi.
Suspiró, se guardó las tetas y se puso a fumar. Recuperó un poco la compostura y hubo silencio. Después de maldecir al pene de jengibre por veinteaba ocasión soltó en llanto. Volvió a pensar en que podía quedar desempleada y en que no tenía ahorros. Se le ocurrió una brillante idea y la escupió, así, entre sollozos y libremente, como si yo fuera un eunuco:
-Me voy a operar las tetas para conseguirme un cabrón muy rico y voy a tener buen sexo. Al jardinero y al chofer me los voy a coger aunque no quieran. También  haré obras de caridad: a los inválidos y a los pobres se las voy a mamar gratis.  A los aburridos y a los tontos no. A esos ni madres.
Encendí un nuevo cigarro y crucé y descrucé las piernas.

The other side of rainbow Gogol Bordello

jueves, 2 de julio de 2015

Leer en voz alta


Yo no escribo desde la certeza sino desde la duda. No me interesan los hallazgos sino el proceso en el que se intentan. Escribo sobre la gente que enfrenta la vida como un juego de avances y retrocesos. Quienes crean que vivir es ir hacia adelante y hacia arriba no van a encontrarse conmigo. Yo estoy irresuelta y en eso soy definitiva. Al diablo la maquinaria, soy todo lo que tengo que ser, pero soy más y  tengo que encontrar la poesía en alguna parte. O en todas, nada más porque me da la gana.
La vida es un pájaro de alas enormes que se desangra mientras vuela y a quien quiera de la vida sólo la miel y las hojuelas no lo entiendo. De la vida yo lo quiero todo con tal de que me llegue en libertad: las lágrimas, el lodo, los orgasmos, el baile, el cielo y los zancudos. Mi meta es que las personas sientan algo cuando lean lo que escribo. Si logro que alguien se ría, se preocupe o se inquiete con mis historias, entonces me hago humana. Siento que estoy contribuyendo a darle sentido al mundo y por lo tanto a mi misma. A mí lo que me gusta es escribir. Es así como hablo. Es así cuando soy.
Quiero escribir para quienes han andado a rastras por la mañana, llegan a Júpiter por la tarde y en la noche se comen un pan y  fornican rabiosamente.

viernes, 19 de junio de 2015

Algunas razones para brindar

La primera vez brindé por todos los movimientos inconclusos y por aquellos sujetos que en las noches desesperan. Lo dije y nadie dijo nada porque el salón estaba vacío. Sólo allí me era posible hablar, en ese silencio en el que nadie me miraba, grité. Dije en voz alta lo que pensaba, todo lo que sentía en ese momento.
Me refería a toda especie de movimiento inconcluso: desde los que comienzan hasta los que sólo se imaginan, pasando por aquellos que únicamente toman  la forma de un esbozo. Un movimiento inconcluso es todo lo que deseas y no haces, lo que no terminas. Lo que no termina y no se vuelve real, sino que queda suspendido porque se transforma de todos modos  en  un recuerdo. Los actos inconclusos son infinitos de cierta forma.
A quienes se desesperan en las noches los comprendo. Soy ellos. Hay algo perverso e intoxicante en el trance de permanecer con los ojos abiertos en la oscuridad esforzándote por respirar normalmente o levantarte y encender la luz y moverte a la hora en que casi todos los demás se hallan quietos como costales de naranjas. Las noches pueden contener la desesperación de formas muy diversas, puede haber discursos perfectamente articulados, salivación amarga y sueños extra-confusos. O puede no ocurrir nada, salvo que nuestra cabeza caiga como una piedra en un lago. En fin, estas pruebas irrefutables de humanidad también deben celebrarse ¿o qué otra cosa es apropiada frente al insomnio y cualquier otro tipo de  locura grande o pequeña? No lo haremos todos los días, pero brindaremos por  eso.
La siguiente noche volví a entrar y brindé por  los intercambios de secretos y por todo lo que respira sin memoria. Me parece que los intercambios de secretos se explican solos ¿que puede haber más festivamente clandestino que un intercambio de secretos? 
Lo que respira sin memoria... ¿que es eso? Lo que respira sin memoria es lo que hemos olvidado o lo que creemos haber olvidado. Esas cosas que están ahí y que no recordamos, pero que saltarán de súbito para enseñarnos la tristeza mas profunda o una alegría más bien pálida. No sé la razón, y por eso brindo. Esa noche alguien a muchos kilómetros de distancia brindó conmigo. 
Y fue bonito.
Sé que de cierta forma es absurdo justificar las razones de un brindis. Una festeja lo que festeja y nadie tiene que dar explicaciones al respecto, pero me dio la gana de buscar motivos para brindar y explicarlos. La lista continuará, no sé exactamente cuándo pero tengo la esperanza de que sea para siempre.
Salud-


lunes, 15 de junio de 2015

Los platos rotos

Tenía una sed multiplicada de vidrios rotos. Innegable. Durante las dos últimas semanas había experimentado el deseo de aventar un vaso de cristal en el descanso de la escalera o arrojar con todas sus fuerzas un plato al suelo. Quería ver estrellarse una vajilla entera, escuchar el ruido y luego quedarse muy quieta mirando los pedazos. Imaginaba casi con lujuria cómo quedarían distribuidos los fragmentos, quería destrozar los platos  y después llorar.
Esa tarde tampoco rompió nada. Se quedó con toda esa energía atrapada entre las manos. Entró a la conferencia telefónica con la gente del corporativo y salió con los dedos acalambrados, suplicantes de vidrios rotos.
Hubiera sido más sano que antes de hacer la cena fuera al patio a aventar algunos platos contra la pared, pero no, en vez de eso se lavó las manos y preparó quesadillas. Después de que los niños se fueron a la cama  entró al cuarto de baño y se rascó los muslos hasta que notó que tenía sangre en las uñas. No pudo contener las lágrimas. Esa noche soñó con decenas y decenas de platos rompiéndose. Amaneció radiante.

domingo, 14 de junio de 2015

Las lunas de Júpiter de Alice Munro y yo

 Estas últimas noches he estado leyendo a Alice Munro. Ella muestra las complejidades de la gente común evidenciando que ésta  no existe, que todos somos seres que pueden ser personajes extraordinarios y que hasta en quien parece  más simple hay un misterio, una razón inasible que lo individualiza al tiempo que lo pone en relación con los demás.
Munro nos enseña sobre derrotas personales o, mejor dicho, sobre batallas personales que unas veces se ganan y otras no. Exhibe la vida como una guerra contra la soledad que implica hallar un equilibrio que ponga en juego la libertad, el encontrarse y ser uno mismo. Hay también una carrera contra el tiempo, contra el ser social: yo soy en la medida en la que me relaciono con los demás, pero estas relaciones a veces me lastiman, anulan ciertas partes de mi ser y siempre estoy en guerra. No en una guerra de tipo hollywoodense ni en los escenarios más dramáticos de la miseria real, no es una guerra en la que haya grandes explosiones ni cadáveres. Munro se ocupa de batallas  que a cualquiera pueden parecerle familiares. Se trata de una guerra cuerpo a cuerpo, en la que hay heridas invisibles y discursos pronunciados claramente. Una guerra sincronizada a plenitud  con la vida cotidiana ordenada según el discurso dominante.
Munro no me ha ofrecido frases de esas paralizantes y asombrosas. No he hallado secuencias de palabras de las que te electrizan unos segundos. Las Lunas de Júpiter no tiemblan en las manos  como, por ejemplo, Aprendizaje o El libro de  los placeres de Lispector, las lunas de Júpiter se quedan quietas y te obligan a verlas con detenimiento, a analizarlas, Munro pasa por el intelecto antes de convertirse en sensación, en ella no hay sobresaltos, uno siempre puede reflejarse como en un espejo. Munro te remite a tragedias comunes y corrientes que se acomodan  en las vidas de las personas. Es interesante por el equilibrio: los personajes de alguna u otra forma consiguen sobrellevar la monotonía. No  hay rupturas ni estallidos ni conclusiones abiertas. En mi opinión, alguien que escribe debe poder hacer las dos cosas: debe poder hablarle a la gente de cosas que le sean conocidas, con las que pueda leer su propia existencia, pero también debe  producir en el lector  emociones más profundas, ajenas a su cotidianidad.
En Las lunas de Júpiter entendí que lo ordinario también se puede tratar magistralmente.

jueves, 28 de mayo de 2015

Confusión

En ese  punto se preguntó por su destino, por el paso siguiente. Se habían los dos desconectado de la realidad cotidiana sobre la alfombra bermellón, arriba y abajo del sillón blanco. Agotada, se quedó a dormir en  ese departamento que no era el suyo: era más amplio, estaba más ordenado y más limpio, en un piso mucho más alto. Lejos de su piso discreto en Isla Naranja y a una inconmensurable distancia de su pueblo, de la casa de su madre, de su ropa de granjero y de su primer nombre.
Esa noche entendió, después de varios orgasmos, que su presente y su futuro mantenían una relación  de la que su pasado no podía ser sino un rabioso testigo. Por eso no le importó lo que había pasado, sino lo que pasaría. Quería quedarse con él, quedárselo literalmente: tenerlo. Para una mujer que había tenido tan poco y nunca, en realidad, tenido a nadie, la idea contenía una claridad inusual.
- Quiero quedarme contigo- Susurró mientras él comenzaba, de nuevo, a besarle los pies.
- Yo también - Contestó él, al tiempo que  la sangre se le agolpaba en el sexo. No hablaban de lo mismo y Roxanna lo sabía, pero decidió aprovechar la confusión.
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lunes, 20 de abril de 2015

lunes, 6 de abril de 2015

Parménides vs Parménides vs Parménides vs mí



Lo vi y no lo vi. Estaba y se ausentó. Cerró los ojos pero me estaba mirando. Se cayó y se fue volando. Se calló mientras gritaba a voz en cuello. No sé bien por qué  me he relacionado con hombres desequilibrados siempre. Siempre. Comenzando por mi padre (ya sé que los psicólogos y las psicólogas van a decir que eso lo explica todo, cuestión que me parece simplista por más sofisticación teórica que se le añada) y terminando por Parménides.
Cuando lo conocí pensé en el filósofo, ese que era griego y que hablaba de no sé qué, pero rápidamente me contó que sus padres eran admiradores de García Saldaña, ya saben, el amigo de José Agustín y de Elenita, ese que escribió Pasto verde y que llamaba a las mujeres gordas y golfas en sus relatos, lo que es comprensible porque entonces no estaba tan de moda la perspectiva de género.
En fin, Parménides, a diferencia del otro Parménides, no tenía talento para la escritura, es más, sinceramente no poseía talento alguno: no era bueno para los deportes ni para el arte, no adivinaba ni los acertijos más sencillos, en la cama era bastante predecible, carecía por completo de sentido del humor y de ingenio debía tener gramo y medio. Sin embargo, tenía un par de ojos profundos y era muy callado, calladísimo, así que resultaba un hombre interesante. Con esa bandera navegaba por el mundo y las mujeres de atención dispersa, como yo, solían chocar con él como un pájaro con una ventana inmaculada. Ahora que lo pienso con detenimiento me doy cuenta de que el misterioso mutismo de Parménides obedecía a una ignorancia absoluta, a que vivía (acaso vive) como los animales, en un presente perpetuo.
Con todo, debo admitir que me encantó salir con él, sobre todo por la gente que lo rodeaba: hijos de las amistades de sus padres, consumidores de drogas adinerados y cultos, melómanos perfumados, conductores de coches deportivos y residentes de casas con albercas. El mundo con el que siempre soñé, pues. En ese mundo me paseaba a lado de Parménides. Con ese nombre revestido de intelectualidad, talento y rebeldía, él no necesitaba más que entornar los ojos atrás de la copa o de la cortinilla de humo y callar para que los demás lo respetaran y desearan su compañía. Con él aprendí  a enmudecer poniendo gesto de mujer fatal, a mirar sin ver, o como se diga, y me divertí nadando, bebiendo, fumando, fornicando y despreciando todo secretamente. Pero llegó la tarde en la que sopló el viento de mi desgracia, así, como el tal Gabriel dijo que le pasó a la cándida.
Ese viernes descubrí que mi novio tenía en común con su tocayo nada más la-lo-cu-ra. Mientras fumábamos en su habitación se levantó de pronto y pegó la oreja a la pared murmurando que del otro lado, en el baño, había gente hablando mal de él (estábamos solos en la casa). Cuando traté de calmarlo me dio tan tremendo bofetadón que quedé sentada en el suelo chillando de dolor. No quisiera  contar que entró al baño para buscar a sus enemigos y que destrozó todo, casi  le faltó solamente arrancar el inodoro del suelo. Recordar que rompió las ventanas a puñetazos me causa horror, pero no tanto como pensar en las horas que pasé desnuda y atada en una silla en medio de la sala mientras me interrogaba como un policía despiadado. Peor aún fue cuando desapareció después de vendarme los ojos para dejarme a solas con el tic-tac tétrico del reloj.

Cuando llegaron sus padres el domingo en la noche, Parménides, exhausto,  corrió a refugiarse en el abrazo de su mamá. Su padre me desató y me ayudó a vestirme, absolutamente conmocionado. Las lágrimas y el desconcierto de los cuatro combinaban perfectamente con el desastre que contenía la casa y que se extendía hasta el jardín para hundirse en la alberca. No he vuelto a ver a Parménides ni a sus padres. Supe que ha entrado y salido de clínicas psiquiátricas,  igual que lo hizo su homónimo.

jueves, 19 de febrero de 2015

Las manos son extrañas

Confiamos en las manos sin razón para hacerlo.
Creemos que son nuestras y que nos pertenecen
sólo porque las tenemos pegadas a los brazos
por ese simple hecho
Pero ellas son extrañas
Si habitaran solas en  rincones oscuros, nos provocarían miedo
Si volaran por el aire a las seis de la tarde de regreso a sus nidos
nos producirían una mezcla de asombro con envidia
Si fueran diminutas y anduvieran corriendo en grupo
podrían hacernos cosquillas
o darnos el impulso de aplastarlas usando un matamoscas
Si fueran más grandes que nosotros las encerraríamos en jaulas
Pero no
Tienen el tamaño perfecto y andan con nosotros
parecen domésticas
¿será que les da el aire con frecuencia?
¿será que las conmueven nuestras lágrimas?
¿o que se encariñan con nuestra fragilidad cuando nos alimentan o nos limpian?
Misterio para mí
¿Por qué no me traicionan estas manos? ¿Por qué no me abandonan?
Aunque no por completo, creo en las historias que me cuentan
después de todo, no son pies
Los pies ejecutan su voluntad sin miramientos
Son animales ciegos y sabios, conectados con el pulso onírico del suelo
Si estuvieran puestos al final de los brazos
(terminar esta frase resultaría un dispendio de  palabras)

martes, 17 de febrero de 2015

Anuncio: Laboratorio de escritura colectiva

Laboratorio de escritura colectiva

Este laboratorio tiene por objetivo que los participantes exploren sus capacidades de creación construyendo una voz grupal. Además de alentar la práctica de la escritura a través de ejercicios específicos que permitan el descubrimiento y la puesta en práctica de habilidades individuales, esta experiencia busca fortalecer el sentido de comunidad y la empatía entre los asistentes para generar una producción única en la que el autor sea, genuinamente, un colectivo.
Imparte: Elsa Herrera Bautista
Jueves de 18:00 a 20:00 horas
Inicia: 26 de febrero
Termina: 21 de mayo

viernes, 13 de febrero de 2015

Un viernes extraordinario

Hace mucho que no atravesaba un viernes como este: con mucha basura en las banquetas y demasiados objetos a la venta en un caos de baratijas rosas, abigarradas entre el smog y colgadas del ruido. 
Oí sus voces y reconocí un grupo de narices deformadas por nacer y crecer en contextos malolientes, cerca estaban, por supuesto, los pares de ojos avidriados y las orejas carcomidas, vociferantes, enojadas. Además vi  un número excesivo de niñas prostituidas: una sola.
Disculpen si vomito  verde y rojo o si me hacen una broma y les pongo en las manos un juego de lombrices. Es que de momento todo lo encuentro repulsivo.





miércoles, 28 de enero de 2015

Caída

Acabo de caerme por completo y en episodios contundentes: 
tobillos que se doblan
rodillas que aterrizan
manos extendidas que tratan de frenar
incluso un leve rozón en la barbilla
Dos raspones y un dolor que todavía me dura
De todos modos una especie de contento,
llevaba mucho tiempo sin caer.
(la zanja no cuenta, era una trampa,
la caída de hoy fue toda mía)



miércoles, 14 de enero de 2015

Mis mejores deseos

-¿Qué día es hoy?
- No sé, pero hoy me siento como un perro.
- Como un perro. ¿En qué sentido?
- Como un perro abandonado que brega por su sobrevivencia. Uno de esos perros flacos y pulgosos que producen un sentimiento intermedio entre la lástima y el asco.
- ¡Oh! espero que vengan días mejores, en los que te sientas como el chihuahueño de Paris Hilton.