domingo, 14 de junio de 2015

Las lunas de Júpiter de Alice Munro y yo

 Estas últimas noches he estado leyendo a Alice Munro. Ella muestra las complejidades de la gente común evidenciando que ésta  no existe, que todos somos seres que pueden ser personajes extraordinarios y que hasta en quien parece  más simple hay un misterio, una razón inasible que lo individualiza al tiempo que lo pone en relación con los demás.
Munro nos enseña sobre derrotas personales o, mejor dicho, sobre batallas personales que unas veces se ganan y otras no. Exhibe la vida como una guerra contra la soledad que implica hallar un equilibrio que ponga en juego la libertad, el encontrarse y ser uno mismo. Hay también una carrera contra el tiempo, contra el ser social: yo soy en la medida en la que me relaciono con los demás, pero estas relaciones a veces me lastiman, anulan ciertas partes de mi ser y siempre estoy en guerra. No en una guerra de tipo hollywoodense ni en los escenarios más dramáticos de la miseria real, no es una guerra en la que haya grandes explosiones ni cadáveres. Munro se ocupa de batallas  que a cualquiera pueden parecerle familiares. Se trata de una guerra cuerpo a cuerpo, en la que hay heridas invisibles y discursos pronunciados claramente. Una guerra sincronizada a plenitud  con la vida cotidiana ordenada según el discurso dominante.
Munro no me ha ofrecido frases de esas paralizantes y asombrosas. No he hallado secuencias de palabras de las que te electrizan unos segundos. Las Lunas de Júpiter no tiemblan en las manos  como, por ejemplo, Aprendizaje o El libro de  los placeres de Lispector, las lunas de Júpiter se quedan quietas y te obligan a verlas con detenimiento, a analizarlas, Munro pasa por el intelecto antes de convertirse en sensación, en ella no hay sobresaltos, uno siempre puede reflejarse como en un espejo. Munro te remite a tragedias comunes y corrientes que se acomodan  en las vidas de las personas. Es interesante por el equilibrio: los personajes de alguna u otra forma consiguen sobrellevar la monotonía. No  hay rupturas ni estallidos ni conclusiones abiertas. En mi opinión, alguien que escribe debe poder hacer las dos cosas: debe poder hablarle a la gente de cosas que le sean conocidas, con las que pueda leer su propia existencia, pero también debe  producir en el lector  emociones más profundas, ajenas a su cotidianidad.
En Las lunas de Júpiter entendí que lo ordinario también se puede tratar magistralmente.

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