Tenía una sed multiplicada de vidrios rotos. Innegable. Durante las dos últimas semanas había experimentado el deseo de aventar un vaso de cristal en el descanso de la escalera o arrojar con todas sus fuerzas un plato al suelo. Quería ver estrellarse una vajilla entera, escuchar el ruido y luego quedarse muy quieta mirando los pedazos. Imaginaba casi con lujuria cómo quedarían distribuidos los fragmentos, quería destrozar los platos y después llorar.
Esa tarde tampoco rompió nada. Se quedó con toda esa energía atrapada entre las manos. Entró a la conferencia telefónica con la gente del corporativo y salió con los dedos acalambrados, suplicantes de vidrios rotos.
Hubiera sido más sano que antes de hacer la cena fuera al patio a aventar algunos platos contra la pared, pero no, en vez de eso se lavó las manos y preparó quesadillas. Después de que los niños se fueron a la cama entró al cuarto de baño y se rascó los muslos hasta que notó que tenía sangre en las uñas. No pudo contener las lágrimas. Esa noche soñó con decenas y decenas de platos rompiéndose. Amaneció radiante.

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