lunes, 15 de junio de 2015

Los platos rotos

Tenía una sed multiplicada de vidrios rotos. Innegable. Durante las dos últimas semanas había experimentado el deseo de aventar un vaso de cristal en el descanso de la escalera o arrojar con todas sus fuerzas un plato al suelo. Quería ver estrellarse una vajilla entera, escuchar el ruido y luego quedarse muy quieta mirando los pedazos. Imaginaba casi con lujuria cómo quedarían distribuidos los fragmentos, quería destrozar los platos  y después llorar.
Esa tarde tampoco rompió nada. Se quedó con toda esa energía atrapada entre las manos. Entró a la conferencia telefónica con la gente del corporativo y salió con los dedos acalambrados, suplicantes de vidrios rotos.
Hubiera sido más sano que antes de hacer la cena fuera al patio a aventar algunos platos contra la pared, pero no, en vez de eso se lavó las manos y preparó quesadillas. Después de que los niños se fueron a la cama  entró al cuarto de baño y se rascó los muslos hasta que notó que tenía sangre en las uñas. No pudo contener las lágrimas. Esa noche soñó con decenas y decenas de platos rompiéndose. Amaneció radiante.

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