Al Bar El Loco pasé hoy para saludar a doña Diana y contarle de la muerte de mi amigo. No es que crea que ella sienta o haya sentido por nosotros un aprecio particular, pero seguro que estaba acostumbrada a vernos.
Todos los viernes llegábamos a eso de las seis de la tarde. Eran días de Rodrigo. Al mediodía me aparecía por su cubículo con la mejor de mis sonrisas y los ojos se le encendían de inmediato. No terminábamos de decirnos hola cuando él ya estaba apagando la computadora y guardando en el cajón de su escritorio cualquier cosa que tuviera en las manos. Me sonreía y decía "ya te estaba esperando, muchacha". Salíamos del edificio hablando de cualquier cosa y pronto, prontísimo, llegábamos al botanero. El lugar no era bonito, de hecho, era concurrido mayormente por hombres de clase trabajadora y borracha. Cuando empecé a ir había cero oficinistas y Rodrigo y sus amistades eran los únicos clasemedieros que lo frecuentaban, el resto eran algo así como obreros y albañiles. Era emocionante entrar y ser mirada, Rodrigo era la envidia de los borrachos. No es que yo sea extraordinariamente bonita, pero Rodrigo era como veinte años mayor que yo y era imposible que no nos notaran. En fin, en ese lugar servían abundante comida, aunque la cerveza no era tan barata. Comíamos caldo de pescado y tostadas, nos tomábamos dos o tres cervezas y después cruzábamos la calle para ir al Bar el Loco. Aunque también es un bar con puertitas del Viejo Oeste, el ambiente allí es diferente. La barra es atendida por la señora Diana, una mujer amable y corpulenta, y su hijo, de unos ocho años, anda por ahí haciendo su tarea, viendo la tele o jugando. El Loco es un lugar pequeño y limpio, frecuentado por hombres que van a entregarse a la bebida porque allí sí no dan ni un cacahuate. Rodrigo y yo llegábamos, igual que todos, a terminar de emborracharnos. Y a charlar, claro, él y yo hablábamos mucho. Mucho. No me pregunten de qué.
Después de tanto hablar y tanto beber nos íbamos a encerrar a un motel y ahí sí pasaba de todo, veíamos estrellas un rato. Ya entrada la noche, volvíamos a aterrizar en la ciudad. A veces asistíamos a alguna fiesta en casa de sus amigos, a veces pasábamos a cenar tacos. A veces. A veces, pero ya no. Un día Rodrigo enfermó. Fui a verlo para abrazarlo muy fuerte y poner un pedazo de mi corazón en su pecho. Lloré mientras pensaba en él y deseaba que no muriera.
Todas las cantinas con puertitas del Viejo Oeste y todos los moteles del mundo serán un poco tristes de hoy en adelante.
miércoles, 8 de octubre de 2014
To fuck or not to fuck? esa es la pregunta
A veces quisiera ir a Garibaldi a buscar putas, como que me entra nostalgia por los cuerpos reales, por los olores, el sudor y la temperatura ajenos, pero cuando lo pienso un poco más me siento absurdo, para empezar porque no tengo dinero para comprarme la compañia de una mujer exuberante que me deje toquetearle el trasero y que me diga Tigre. No soy malparecido pero trabajo todo el día, tengo tres hijos y una esposa a la que le gusta hacerse manicure y exfoliarse la piel cada quincena. El dinero no me alcanza y soy ridículo. Vaya a donde vaya no me siento cómodo, no combino con ninguna decoración, no hay sitio en el que me pueda camuflajear. Aparezco siempre como un garabato, soy la mancha de pasta dental en la camisa nueva o en la vieja, es igual.
De todos modos, cuando quieran los conduzco a una sala llena de asiáticas que hablan un inglés deficiente y que están dispuestas a mirar penes erectos y a fingir que se excitan, es un lugar un poco frío en donde todas utilizan nombres falsos y ansían mostrar sus genitales para escapar del aburrimiento. Yo llegué una tarde de septiembre con el corazón roto y los bolsillos vacíos. Me inventé un nombre, dije que soy mexicano, que me gusta la cerveza y que soy divertido y me presenté tal como había salido de la licenciatura: peinado, delgado, bronceado y descansado.
El inglés, que hasta ese día me había servido sólo para hacer negocios, en aquella sala me permitió descubrir a Mandy098, a Sweetsmile y Vodkaontherocks. todas preciosas, jóvenes y jugosas: La más ardiente resultó ser Vodkaontherocks, por supuesto. Ella me devolvió mi lugar en el universo. No le importaron ni el tamaño discreto de mi pene, ni mi barriga de cuarentañero sedentario. Se me descubrió sin pudor aquella tarde, absolutamente, de una sola vez y para nunca más. Después de entonces no ha vuelto a contestar ni uno solo de los "Hello sexy" que le he enviado.
Madrugada tras madrugada voy de un salón a otro en busca de excitación y casi siempre la encuentro, siempre hay alguien dispuesta a intercambiar fotografías y escuchar lo muy hot y sexy que es, alguien que se alegra de ponerme horny as hell y que quiere escuchar o leer dirty words ¡Cuánta utilidad tiene el inglés!
Lo malo es que llevo meses sin dormir, tengo unas ojeras de miedo y un humor del carajo. Ni en la oficina ni en las fiestas me atrevería siquiera a mirar con lascivia a las mujeres que están a mi alrededor, después de todo, ellas no son como las asiáticas de la sala, tienen hijos, maridos, novios y recato. Necesitaría valor, energía y dinero que no tengo para involucrarme con alguna mujer de carne y hueso. Además estoy casado, ya lo dije, y aunque rara vez tengo sexo con mi mujer, respeto mi matrimonio.
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