La ropa está en el escritorio y ese no es su lugar, eso lo sé. Avanzo torpemente para tomarla y por un minuto me quedo parada frente al escritorio, no, a un lado, con la ropa en las manos. Tampoco. Mis manos no son lugar para la ropa, todo está en desorden. Trago saliva, recuerdo. También me trago un recuerdo. Anoche, ayer, estuve en una fiesta, comí bocadillos de atún y tomé varios martinis. Me apesta la boca.
Extiendo la ropa y me doy cuenta: no es mía. Demasiado pequeña, lentejuelas, encaje. Dudo de todas maneras, porque sí, por costumbre. Además, no veo más ropa cerca. No hay muchas cosas, pero todo está fuera de su lugar. Las sábanas en el suelo, la cajetilla en la cama, colillas cerca de mis pies, papel higiénico arrugado sobre el buró, manchas en el espejo. Las manchas van en cualquier parte, pienso. Esas están en su lugar.
Hay silencio.
La duda me da qué hacer y trato de meterme en una minifalda roja en la que mi cadera no cabe. Estoy inquieta ¿usar unos calzones ajenos es mejor que no usar calzones? Mi ropa debe estar en algún lado. Fuera de su lugar porque su lugar soy yo. Yo soy el lugar en donde va mi ropa. Recuerdo mis pantalones azules de pana, mi calzones negros, mi blusa rosada, mis calcetines a rayas. Lo imagino todo hecho bolas, vacío, absurdo e inútil. Todo lo compré hace una semana, con mi primer sueldo. También compré una pashmina para mi madre. Ella, cuando se enoja conmigo me llama diabla. Desde niña, diabla me parece una palabra horrible.
Si me pusiera esta minifalda roja y una diadema con cuernos sí parecería una diabla, en especial si me quedara con las tetas de fuera. Lloro, siempre que mi madre me llama diabla, lloro. Cuando me dice gorda siento coraje.
Tal vez mi ropa se haya escondido bajo la cama.
Sólo están mis botas, amo mis botas. Rudas y polvosas. Me las llevé a la montaña cuando fui con Gerardo.
¡Gerardo! Esta es la casa de Gerardo. Tendría que ser, pero no parece, ni aparece mi ropa ¿por qué no existe la magia? Cómo quisiera mover la nariz y estar vestida y en mi cuarto. O practicar un hechizo para no ser vista por quien está a punto de abrir la puerta.