viernes, 29 de marzo de 2013

De vuelta.


Cuando me dijeron que el rock no se hubiera dado jamás de no haber sido por la depresión económica del 29, no pude evitar advertir cierta ironía en la conexión ni sorprenderme por lo definitivo y escurridizo de las relaciones. Se supone que en la crisis la gente dejó de tener dinero para  pagar grandes orquestas que amenizaran las fiestas y que la escasez obligó la formación de grupos de tres o cuatro músicos. Así comenzó esto del rocanrol. Tal es mi pensamiento al aterrizar en una ciudad de aire azulado, limpia y tecnológica hasta el cielo, en la que mi mejor amiga enloqueció, mi hermana mató a su primogénito, mi vecina fue asesinada y mi cantante favorito se ahorcó.
Por supuesto, es mi ciudad natal y el centro del mundo. El sitio en el que crecí, al que repudié y al que ahora vuelvo. Aquí todo tiene un aire fantasmal, frío, casi ultratúmbico. En el baño del restaurante: el mórbido y perenne despachador de droga; en el taxi, los indispensables catálogos de armas. Todo sigue igual, seguramente el chofer es un buen padre de familia, pésimo deportista, gran bebedor y amante mediocre. Huele a televisión y papas fritas. Me mira con sus ojos de sapo y me extiende un muestrario de armas blancas, lo rechazo y exhibo mi farmacodependencia con desenfado, me pide que lo invite y nos castigamos al mismo tiempo.
Un único cambio noto en la ciudad: un nuevo bulevar la atraviesa, se llama del Veneno y corre desde la zona galáctica hasta el lago. Al bajar del taxi escucho el alboroto de un concierto, entro en los brazos de la noche y en el bar La Pecera la música es colores y figuras geométricas en movimiento. El mesero me pregunta qué deseo y le contesto con el tacto, le hablo con mis uñas y un  puñetazo me deja sin sentido. Alguien tira de mis cabellos y me encierra en la cajuela de un auto, de terror vomito…me asfixio. Despierto sudando hasta el globo ocular. Suspiro al notar que estar a punto de morir fue sólo un sueño.
Yajkielón parece bastante familiar a pesar de todo el tiempo que estuve fuera, un lugar azul profundo y gris piedra. De seguro mis amigos tendrán su apariencia famélica y el cementerio conservará su aire refrescante. Al menos eso me sugiere el aeropuerto antes de que pequeña bomba estalle y tenga que tirarme al suelo empujada por esta desagradable confusión. Hay fuego y algo muy pesado está sobre mi espalda. Casi no puedo moverme, algunos gritos entran en mi cuerpo junto con el olor a quemado, es todo cuánto alcanzo a percibir además de un insecto que pasa cerca de mis ojos.
¿Cómo saber que es el principio de una guerra? Cómo estar consciente de que mis amigos amables y viciosos han muerto esperándome en la entrada del aeropuerto y de que mi anciana madre se ha vuelto angustia mirando el boletín informativo de última hora. Imposible. Sólo sé que mis calambres se tornan poco a poco dolores de dimensión oceánica y que tantos lamentos lastiman el aire hasta casi reventarlo.
Supongo que el tiempo es el mismo de siempre, pero este espacio lo hace l-a-r-g-o. Sólo estoy aquí y ahora como aconsejan los terapeutas que vivir es saludable. No pienso en lo injusto que es que los presidentes decidad, fatalmente, el destino de las personas, ni tampoco en que tengo veinte años, no me he enamorado y acabo de recibir una beca para hacer una investigación en el santuario de los osos cranchevos. Solamente siento una herida en mi pierna hervir en sangre y el audífono que se me entierra en el oído. Claro que mis amigos no están muertos con su apacibilísimo aspecto cadavérico sino con violentas máscaras sanguinolentas, pero eso no puede lastimarme porque lo ignoro y sintiendo que el oxígeno se agota es difícil pensar. Mi walkman está en play. Escucho rock como de costumbre, un grupo extranjero en su período instrumental. Entiendo que el ritmo cardiaco se me lentifica y que el aire en esta parte de la Tierra ya no tiene utilidad. Lloro y la sangre se me sale por la cabeza y por la pierna. Me extingo sin saber que esta guerra durará un par de pares de años, que a dos metros de mi una mujer embarazada murió hace una hora y que en la resaca de todo esto todavía quedará pasión para crear.
De nuevo el sobresalto. Alterada, miro por la ventanilla las luces de mi ciudad. No viajo en un avión sino en un autobús de ínfima y tampoco tengo amigos esperándome, incluso soy huérfana y no fui más que dos semanas a trabajar de mesera en un bar fronterizo.
Vomito en la bolsa en la que un rato antes estuvo mi almuerzo y mientras trato de recordar la música de la guerra ya no estoy segura si despierto para soñar que muero o si es todo al revés.

jueves, 28 de marzo de 2013

Sueño.

Mis padres eran Héctor Suárez y Leticia Perdigón, sí, la pareja protagónica del film mexicano "Lagunilla, mi barrio". Mi hermana y yo estábamos sentados a la mesa con ellos en un típico ritual dominical: comer en la casa de la abuela, que si digo la verdad, parecía una bruja, pero una bruja verdadera y no mamadas. Además, la demencia senil completaba su espectralidad.
Yo ya me había terminado el primer plato de mole cuando Chona, mi hermana menor, quien tenía un retraso mental severo, se sentó en las piernas de la abuela. No es por ser cruel, aunque creo que lo soy, pero siempre pensé que hacían una pareja excepcional: ambas babeaban, no conseguían articular palabra y ostentaban la motricidad más torpe, así que cuando estaban juntas parecían entenderse a la perfección. Por eso nadie se sorprendió cuando comenzaron a gritar y a gemir. La abuela miraba fijamente a Ladrón, nuestro perro, y mi hermanita se desgarraba la garganta emitiendo cacofonías.
Después de la comida nos despedimos de la abuela, que le daba vuelo a su coprofilia encerrada en el cuarto de baño. Papá cargó a Chona y no fue sino hasta que llegamos a la estación del metro cuando nos percatamos de que le sangraba a chorros la entrepierna. Mi mamá se asustó y le bajó los calzones para revisarla. Yo también me asusté, pues al voltearla dos pellejos cayeron al suelo. Mi padre estaba colérico empujando y mentándole la madre a todos los curiosos que contemplaban, entre horrorizados y divertidos, el culo de Chona.
De inmediato regresamos a la vecindad. Encontramos a la abuela peinándose en la fuente. Papá la sujetó de los cabellos y mi madre le revisó las manos:
       - Tiene las pinches uñas llenas de sangre.
Entramos a la casa. Yo me quedé con Chona, que parecía haber recuperado la calma mientras oliscaba desangelada los diminutos jirones ensangrentados de su piel bajo la silla de la abuela. Pronto salieron mis padres de la cocina con las ropas llenas de sangre. Lucían agitados, mi madre traía unas tijeras para cortar pollo que guardó en una bolsa de plástico. Papá sacó un gordo fajo de billetes de detrás de un retrato del abuelo y tomó a Chona en sus brazos. Iba a preguntar por la abuela, pero supuse que estaría en la cocina jugando con su excremento.



sábado, 16 de marzo de 2013

La noche de Etrino



I.

La máquina estaba ahí, desnuda y sola en la madrugada. En la calle semioscura los pasos de Etrino sonaban arrítmicos. Se dirigía a confirmar el momento y la hora de su muerte, estaba nervioso pero no echaría marcha atrás.
Introdujo la tarjeta,  tecleó el código, colocó su pulgar en el escáner y contestó dos preguntas de carácter personal. A los pocos minutos la máquina escupió un ticket más o menos de siete centímetros en el que se leía: Muerte apacible, ya entrada la vejez.
Etrino arrugó el papel con rabia, sintió el frío de las dos de la mañana y le castañearon los dientes. Se controló de inmediato. Recordó la soga que había dejado perfectamente atada en una viga en el techo de su cuarto y recordó también el pequeño banco de madera que había comprado el día anterior. Se miró a sí mismo ahorcado y con la máscara puesta, con la lengua de fuera y una erección notable.
Cuando llegó a su casa lo esperaba su madre. Una lágrima viviente. Había bajado la soga y llevádose el banco.

II.

Se había acostumbrado poco a poco. La primera vez que salió enmascarado las miradas de la gente lo incomodaron, lo hicieron frotarse las manos, sudar, bajar la vista. Varias veces lo detuvieron elementos de la policía municipal pero terminaron por dejarlo en paz. Etrino pensaba que se había ganado su respeto, pero en realidad todos lo miraban como el loco del pueblo. En el imaginario de su barrio Etrino era como un perro herido al que podían arrojarle sobras o correrlo a palos, según su humor.
Aunque les había explicado a sus amigos las razones que tenía para ir vestido de luchador todo el tiempo, sin retirarse la máscara ni para lavarse la cara de vez en cuando, la verdad es que nadie lo comprendía y a casi nadie le interesaba.
Todas y cada una de las conversaciones que sostenía Etrino contenían la pregunta ¿Por qué no te quitas la máscara? Él a veces explicaba, pero casi siempre no.
Pocas personas podían soportar la vista del enmascarado, especialmente con el paso de los días. Su madre, su amigo el tabernero y hasta la empleada de la perfumería le recordaban diariamente que la máscara estaba sucia y que era insoportable.

III.

Etrino miró a su madre con odio y le habló con rabia. Las lágrimas de ella lo molestaron desde niño. Nunca se cuestionó la razón. Esta vez, otra vez, había ido demasiado lejos: se había llevado el banco y descolgado la soga. Aprovechó que había salido a confirmar su destino para interponer su mano, como siempre, estropeándolo todo. Anulando su voluntad, omitiéndolo.
En la penumbra la madre lloraba sosteniendo la cuerda. Con la mirada ella le repitió las únicas palabras genuinas que tenía para él:
-Eres una bestia.-  Eso sintió desde que lo vio por primera vez y nunca pudo dejar de decírselo con los ojos.
Desde la puerta de la habitación, Etrino miró a su madre con odio y le habló con rabia:
-Lárgate de aquí.
La mujer salió con una máscara de lágrimas.

IV.

Ya solo, Etrino golpeó un par de veces su cabeza contra la pared. La furia no le cabía en el cuerpo. No sólo era la furia que le acababan de provocar su madre y el anuncio de que su muerte sería apacible y estaba lejana. Eran rencores y soledades que habían nacido y crecido con él.
Repentinamente el rostro comenzó a arderle. Sentía punzadas profundas y calientes. Se rascó con fuerza y utilizó un tenedor para llegar más lejos, pero se detuvo cuando la máscara se rompió un poco. Por los contornos de ojos y boca se pasó las uñas con desesperación. Sentía cientos de tornillos entrando y saliendo de su pecho y sus entrañas. Quería arrancarse la cabeza. No soportaba más. Por eso había colocado la soga.