I.
La máquina
estaba ahí, desnuda y sola en la madrugada. En la calle semioscura los pasos de
Etrino sonaban arrítmicos. Se dirigía a confirmar el momento y la hora de su
muerte, estaba nervioso pero no echaría marcha atrás.
Introdujo la
tarjeta, tecleó el código, colocó
su pulgar en el escáner y contestó dos preguntas de carácter personal. A los pocos
minutos la máquina escupió un ticket más o menos de siete centímetros en el que
se leía: Muerte apacible, ya entrada la vejez.
Etrino arrugó el
papel con rabia, sintió el frío de las dos de la mañana y le castañearon los
dientes. Se controló de inmediato. Recordó la soga que había dejado
perfectamente atada en una viga en el techo de su cuarto y recordó también el
pequeño banco de madera que había comprado el día anterior. Se miró a sí mismo
ahorcado y con la máscara puesta, con la lengua de fuera y una erección
notable.
Cuando llegó a
su casa lo esperaba su madre. Una lágrima viviente. Había bajado la soga y
llevádose el banco.
II.
Se había
acostumbrado poco a poco. La primera vez que salió enmascarado las miradas de
la gente lo incomodaron, lo hicieron frotarse las manos, sudar, bajar la vista.
Varias veces lo detuvieron elementos de la policía municipal pero terminaron
por dejarlo en paz. Etrino pensaba que se había ganado su respeto, pero en
realidad todos lo miraban como el loco del pueblo. En el imaginario de su
barrio Etrino era como un perro herido al que podían arrojarle sobras o
correrlo a palos, según su humor.
Aunque les había
explicado a sus amigos las razones que tenía para ir vestido de luchador todo
el tiempo, sin retirarse la máscara ni para lavarse la cara de vez en cuando,
la verdad es que nadie lo comprendía y a casi nadie le interesaba.
Todas y cada una
de las conversaciones que sostenía Etrino contenían la pregunta ¿Por qué no te
quitas la máscara? Él a veces explicaba, pero casi siempre no.
Pocas personas
podían soportar la vista del enmascarado, especialmente con el paso de los
días. Su madre, su amigo el tabernero y hasta la empleada de la perfumería le
recordaban diariamente que la máscara estaba sucia y que era insoportable.
III.
Etrino miró a su
madre con odio y le habló con rabia. Las lágrimas de ella lo molestaron desde
niño. Nunca se cuestionó la razón. Esta vez, otra vez, había ido demasiado
lejos: se había llevado el banco y descolgado la soga. Aprovechó que había
salido a confirmar su destino para interponer su mano, como siempre,
estropeándolo todo. Anulando su voluntad, omitiéndolo.
En la penumbra
la madre lloraba sosteniendo la cuerda. Con la mirada ella le repitió las
únicas palabras genuinas que tenía para él:
-Eres una bestia.- Eso
sintió desde que lo vio por primera vez y nunca pudo dejar de decírselo con los
ojos.
Desde la puerta
de la habitación, Etrino miró a su madre con odio y le habló con rabia:
-Lárgate de aquí.
La mujer salió
con una máscara de lágrimas.
IV.
Ya solo, Etrino
golpeó un par de veces su cabeza contra la pared. La furia no le cabía en el
cuerpo. No sólo era la furia que le acababan de provocar su madre y el anuncio
de que su muerte sería apacible y estaba lejana. Eran rencores y soledades que
habían nacido y crecido con él.
Repentinamente
el rostro comenzó a arderle. Sentía punzadas profundas y calientes. Se rascó
con fuerza y utilizó un tenedor para llegar más lejos, pero se detuvo cuando la
máscara se rompió un poco. Por los contornos de ojos y boca se pasó las uñas
con desesperación. Sentía cientos de tornillos entrando y saliendo de su pecho
y sus entrañas. Quería arrancarse la cabeza. No soportaba más. Por eso había
colocado la soga.
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