sábado, 16 de marzo de 2013

La noche de Etrino



I.

La máquina estaba ahí, desnuda y sola en la madrugada. En la calle semioscura los pasos de Etrino sonaban arrítmicos. Se dirigía a confirmar el momento y la hora de su muerte, estaba nervioso pero no echaría marcha atrás.
Introdujo la tarjeta,  tecleó el código, colocó su pulgar en el escáner y contestó dos preguntas de carácter personal. A los pocos minutos la máquina escupió un ticket más o menos de siete centímetros en el que se leía: Muerte apacible, ya entrada la vejez.
Etrino arrugó el papel con rabia, sintió el frío de las dos de la mañana y le castañearon los dientes. Se controló de inmediato. Recordó la soga que había dejado perfectamente atada en una viga en el techo de su cuarto y recordó también el pequeño banco de madera que había comprado el día anterior. Se miró a sí mismo ahorcado y con la máscara puesta, con la lengua de fuera y una erección notable.
Cuando llegó a su casa lo esperaba su madre. Una lágrima viviente. Había bajado la soga y llevádose el banco.

II.

Se había acostumbrado poco a poco. La primera vez que salió enmascarado las miradas de la gente lo incomodaron, lo hicieron frotarse las manos, sudar, bajar la vista. Varias veces lo detuvieron elementos de la policía municipal pero terminaron por dejarlo en paz. Etrino pensaba que se había ganado su respeto, pero en realidad todos lo miraban como el loco del pueblo. En el imaginario de su barrio Etrino era como un perro herido al que podían arrojarle sobras o correrlo a palos, según su humor.
Aunque les había explicado a sus amigos las razones que tenía para ir vestido de luchador todo el tiempo, sin retirarse la máscara ni para lavarse la cara de vez en cuando, la verdad es que nadie lo comprendía y a casi nadie le interesaba.
Todas y cada una de las conversaciones que sostenía Etrino contenían la pregunta ¿Por qué no te quitas la máscara? Él a veces explicaba, pero casi siempre no.
Pocas personas podían soportar la vista del enmascarado, especialmente con el paso de los días. Su madre, su amigo el tabernero y hasta la empleada de la perfumería le recordaban diariamente que la máscara estaba sucia y que era insoportable.

III.

Etrino miró a su madre con odio y le habló con rabia. Las lágrimas de ella lo molestaron desde niño. Nunca se cuestionó la razón. Esta vez, otra vez, había ido demasiado lejos: se había llevado el banco y descolgado la soga. Aprovechó que había salido a confirmar su destino para interponer su mano, como siempre, estropeándolo todo. Anulando su voluntad, omitiéndolo.
En la penumbra la madre lloraba sosteniendo la cuerda. Con la mirada ella le repitió las únicas palabras genuinas que tenía para él:
-Eres una bestia.-  Eso sintió desde que lo vio por primera vez y nunca pudo dejar de decírselo con los ojos.
Desde la puerta de la habitación, Etrino miró a su madre con odio y le habló con rabia:
-Lárgate de aquí.
La mujer salió con una máscara de lágrimas.

IV.

Ya solo, Etrino golpeó un par de veces su cabeza contra la pared. La furia no le cabía en el cuerpo. No sólo era la furia que le acababan de provocar su madre y el anuncio de que su muerte sería apacible y estaba lejana. Eran rencores y soledades que habían nacido y crecido con él.
Repentinamente el rostro comenzó a arderle. Sentía punzadas profundas y calientes. Se rascó con fuerza y utilizó un tenedor para llegar más lejos, pero se detuvo cuando la máscara se rompió un poco. Por los contornos de ojos y boca se pasó las uñas con desesperación. Sentía cientos de tornillos entrando y saliendo de su pecho y sus entrañas. Quería arrancarse la cabeza. No soportaba más. Por eso había colocado la soga.

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