viernes, 19 de junio de 2015

Algunas razones para brindar

La primera vez brindé por todos los movimientos inconclusos y por aquellos sujetos que en las noches desesperan. Lo dije y nadie dijo nada porque el salón estaba vacío. Sólo allí me era posible hablar, en ese silencio en el que nadie me miraba, grité. Dije en voz alta lo que pensaba, todo lo que sentía en ese momento.
Me refería a toda especie de movimiento inconcluso: desde los que comienzan hasta los que sólo se imaginan, pasando por aquellos que únicamente toman  la forma de un esbozo. Un movimiento inconcluso es todo lo que deseas y no haces, lo que no terminas. Lo que no termina y no se vuelve real, sino que queda suspendido porque se transforma de todos modos  en  un recuerdo. Los actos inconclusos son infinitos de cierta forma.
A quienes se desesperan en las noches los comprendo. Soy ellos. Hay algo perverso e intoxicante en el trance de permanecer con los ojos abiertos en la oscuridad esforzándote por respirar normalmente o levantarte y encender la luz y moverte a la hora en que casi todos los demás se hallan quietos como costales de naranjas. Las noches pueden contener la desesperación de formas muy diversas, puede haber discursos perfectamente articulados, salivación amarga y sueños extra-confusos. O puede no ocurrir nada, salvo que nuestra cabeza caiga como una piedra en un lago. En fin, estas pruebas irrefutables de humanidad también deben celebrarse ¿o qué otra cosa es apropiada frente al insomnio y cualquier otro tipo de  locura grande o pequeña? No lo haremos todos los días, pero brindaremos por  eso.
La siguiente noche volví a entrar y brindé por  los intercambios de secretos y por todo lo que respira sin memoria. Me parece que los intercambios de secretos se explican solos ¿que puede haber más festivamente clandestino que un intercambio de secretos? 
Lo que respira sin memoria... ¿que es eso? Lo que respira sin memoria es lo que hemos olvidado o lo que creemos haber olvidado. Esas cosas que están ahí y que no recordamos, pero que saltarán de súbito para enseñarnos la tristeza mas profunda o una alegría más bien pálida. No sé la razón, y por eso brindo. Esa noche alguien a muchos kilómetros de distancia brindó conmigo. 
Y fue bonito.
Sé que de cierta forma es absurdo justificar las razones de un brindis. Una festeja lo que festeja y nadie tiene que dar explicaciones al respecto, pero me dio la gana de buscar motivos para brindar y explicarlos. La lista continuará, no sé exactamente cuándo pero tengo la esperanza de que sea para siempre.
Salud-


lunes, 15 de junio de 2015

Los platos rotos

Tenía una sed multiplicada de vidrios rotos. Innegable. Durante las dos últimas semanas había experimentado el deseo de aventar un vaso de cristal en el descanso de la escalera o arrojar con todas sus fuerzas un plato al suelo. Quería ver estrellarse una vajilla entera, escuchar el ruido y luego quedarse muy quieta mirando los pedazos. Imaginaba casi con lujuria cómo quedarían distribuidos los fragmentos, quería destrozar los platos  y después llorar.
Esa tarde tampoco rompió nada. Se quedó con toda esa energía atrapada entre las manos. Entró a la conferencia telefónica con la gente del corporativo y salió con los dedos acalambrados, suplicantes de vidrios rotos.
Hubiera sido más sano que antes de hacer la cena fuera al patio a aventar algunos platos contra la pared, pero no, en vez de eso se lavó las manos y preparó quesadillas. Después de que los niños se fueron a la cama  entró al cuarto de baño y se rascó los muslos hasta que notó que tenía sangre en las uñas. No pudo contener las lágrimas. Esa noche soñó con decenas y decenas de platos rompiéndose. Amaneció radiante.

domingo, 14 de junio de 2015

Las lunas de Júpiter de Alice Munro y yo

 Estas últimas noches he estado leyendo a Alice Munro. Ella muestra las complejidades de la gente común evidenciando que ésta  no existe, que todos somos seres que pueden ser personajes extraordinarios y que hasta en quien parece  más simple hay un misterio, una razón inasible que lo individualiza al tiempo que lo pone en relación con los demás.
Munro nos enseña sobre derrotas personales o, mejor dicho, sobre batallas personales que unas veces se ganan y otras no. Exhibe la vida como una guerra contra la soledad que implica hallar un equilibrio que ponga en juego la libertad, el encontrarse y ser uno mismo. Hay también una carrera contra el tiempo, contra el ser social: yo soy en la medida en la que me relaciono con los demás, pero estas relaciones a veces me lastiman, anulan ciertas partes de mi ser y siempre estoy en guerra. No en una guerra de tipo hollywoodense ni en los escenarios más dramáticos de la miseria real, no es una guerra en la que haya grandes explosiones ni cadáveres. Munro se ocupa de batallas  que a cualquiera pueden parecerle familiares. Se trata de una guerra cuerpo a cuerpo, en la que hay heridas invisibles y discursos pronunciados claramente. Una guerra sincronizada a plenitud  con la vida cotidiana ordenada según el discurso dominante.
Munro no me ha ofrecido frases de esas paralizantes y asombrosas. No he hallado secuencias de palabras de las que te electrizan unos segundos. Las Lunas de Júpiter no tiemblan en las manos  como, por ejemplo, Aprendizaje o El libro de  los placeres de Lispector, las lunas de Júpiter se quedan quietas y te obligan a verlas con detenimiento, a analizarlas, Munro pasa por el intelecto antes de convertirse en sensación, en ella no hay sobresaltos, uno siempre puede reflejarse como en un espejo. Munro te remite a tragedias comunes y corrientes que se acomodan  en las vidas de las personas. Es interesante por el equilibrio: los personajes de alguna u otra forma consiguen sobrellevar la monotonía. No  hay rupturas ni estallidos ni conclusiones abiertas. En mi opinión, alguien que escribe debe poder hacer las dos cosas: debe poder hablarle a la gente de cosas que le sean conocidas, con las que pueda leer su propia existencia, pero también debe  producir en el lector  emociones más profundas, ajenas a su cotidianidad.
En Las lunas de Júpiter entendí que lo ordinario también se puede tratar magistralmente.