miércoles, 30 de diciembre de 2015

Animal de campo





Fui al río y entendí que a nadie puedo contagiarle mi deseo, que no todos pueden establecer un pacto con el agua y con las raíces que se extienden sobre la tierra y abajo de ella. Siento que mis huesos se parecen a la madera que ocultan las gruesas y oscuras cortezas de árboles cuyo nombre ignoro y cuya magia me seduce hasta el llanto.
Soy madera
Soy cielo
Soy río
Soy quien avanza en todas direcciones.
Soy un par de ojos que se vuelven cabras al atardecer o asnos que caminan indefensos con las patas delanteras atadas.
Soy cuatro perros sin raza definida y con ojos brillantes, castaños, igual que la madera.

El muchachito que talla la Y de un charpe con su machete significa algo para mí. Significa todo lo que no sé, todo lo que imagino.
Descender de la montaña, escuchar el sonido que produce el agua cuando acaricia las piedras con suave firmeza, eso es la vida. Hallar una mantis religiosa y sonreírle y conversar con ella, saber que su abdomen es prominente y que sus ojos verdes se distinguen todavía sobre el verde absoluto y alegre de su cuerpo, eso me hace feliz.
Soy un animal de río y de montaña, más amiga de los insectos que de las empleadas de tiendas departamentales. Son felices mis pies en el césped y en la arena, no sé andar con tacones. Voy a un río, al campo o al mar con desesperación, en busca de aliento, de una conexión que la ciudad me estorba.
Voy al agua helada de los ríos, a su sonido, a su poesía.
Estoy hecha para volar, pero la ciudad me hace pesada. El tráfico, las plazas comerciales, todo eso se me junta en el alma como plomo que tengo que limpiar constantemente.
Yo sé, y lo sé muy bien, que soy un animal de campo.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Jardín

En el jardín cada árbol es planeta y esconde una máquina del tiempo
El sol desciende lentamente cuando ella hace preguntas
y el viento enloquece en secreto
mientras las flores resplandecen

Nadie va a creer que vienes del futuro pero puedes quedarte.
Seremos felices, Kazantzakis está cerca.

He escuchado mis propios pasos sobre el pasto seco
y desde el silencio mi sombra sonríe

La vida es un insecto que no vuela porque de momento no hace falta.

Pesadilla

Hace años, una noche que recuerdo perfectamente, soñé que era un cadáver consciente y que se  iban a cerrar sobre mí diez ataúdes. Estaba exhausta, pero no dormida por completo y el terror se apoderó de mí. Mi cuerpo, por cierto, no era mi cuerpo ni mi rostro era mi rostro. Era un cuerpo más bajo y más gordo. Mi cara era una cara regordeta y la papada me hacía desaparecer el cuello. Tenía el cabello ondulado artificialmente y teñido de rubio. Mis tobillos eran demasiado gruesos y telarañas de várices se extendían sobre mis piernas como unas medias tétricas.
Esa que yo veía muerta no se parecía a mí pero era yo. Unos segundos por lo menos mi conciencia estuvo encerrada en ese cuerpo. En esa imágen yo quería hablar y no podía. Esa garganta, oculta en ese cuello inexistente, me aprisionaba la voz con saña. 
Mi alma se encontró atrapada en aquel cuerpo horrible y extraño que estaba a punto de ser depositado en una fosa envuelto en diez ataúdes que iban a ir cerrándose uno a uno frente a mis narices, con ruidos sordos y continuos que harían crecer la oscuridad y disminuir el oxígeno. Me veía petrificada con los labios pintados de un rojo demasiado rojo, casi negro: mórbido-mortal-putrefacto. Mi alma estaba a punto de asfixiarse lentamente y yo me daba cuenta pero no podía ni gritar. Angustia plena.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Asuntos de los pies



Cada vez se me vuelve menos persona y más fetiche, o cada vez es más pies y menos rostro. No puedo evitarlo. La veo de lunes a viernes, es una mujer joven y agradable, acaso más que la mayoría de los que trabajamos aquí. De todos modos hay una parte de mí que la detesta, anda con un desenfado exagerado por la vida, casi siempre está contenta y cuando no, su tristeza o malhumor  son de corta duración y muy livianos. 
Pongámoslo así, yo me levanto a las cinco treinta de la mañana y tardo más dos horas en estar listo: hago ejercicio hasta las seis, después plancho mi pantalón y mi camisa, boleo mis zapatos, me afeito y me ducho. Desayuno huevos revueltos, café y jugo de naranja que yo mismo me preparo. Lavo los trastes. Me cepillo los dientes, me visto y me peino y a las siete cuarenta y cinco estoy metiéndome en el carro para conducir una hora y llegar puntual al trabajo.
Ella entra a la oficina siempre entre las nueve y las nueve con diez de la mañana, con el cabello limpio pero rara vez peinado cuidadosamente, con unos jeans y algo encima que puede ser, según la estación del año, una blusa ligera, una chamarra con capucha o un suéter azul cielo o amarillo chillante. Sé, por pláticas escuchadas casualmente, que suele levantarse a las ocho y que vive a once cuadras de la oficina. Siempre luce fantástica y eso  lo encontraba, hasta hace un par de semanas, misterioso y chocante.
Se sienta en el escritorio que está a lado del mío y desde su primer día en la empresa comenzó a tutearme, no es que sea engreído, pero en la oficina es la única que lo hace, todos los demás se dirigen a mí como Rivas, me hablan de usted y, por supuesto, no se me acercan sonriendo ni oliendo a perfume de cítricos.
Aunque me parecía un poco igualada, no me llamaba la atención. Estoy habituado a concentrarme en mi trabajo, así que su presencia no me distraía de revisar los documentos, verificar direcciones, sacar fotografías y tomar huellas dactilares. Después de todo, es algo que he hecho durante los últimos doce años de una manera precisa y con un ritmo absolutamente eficaz. 
Nadie, en todo este tiempo, se había quejado de mi servicio. Hasta hace poco que nos tocó hacer guardia juntos. Ella intentó conversar pero no quise distraerme y comencé a verificar que los respaldos de los respaldos de mis archivos estuvieran en orden. Se puso los benditos audífonos y me dejó trabajar. 
A las ocho de la noche me levanté, como de costumbre, a hacerme un té. Ella estaba de pie junto al despachador de agua vestida tal como la había visto durante todo el día, salvo por una pequeña diferencia que noté cuando llenaba mi taza: estaba descalza. Sus pies eran medianos, blancos, sus tobillos eran perfectos y llevaba las uñas pintadas de rosa pálido. Sobre la alfombra verde oscuro sus pies parecían de porcelana, una verdadera obra de arte. Tragué saliva y me di la vuelta sin decir nada, no quería que notara la inadecuada y poderosa erección que me había causado.
Ella caminó detrás de mí, preguntando si estaba todo bien. Yo sabía que estaba descalza, que sus pies daban pasos que seguían mis pasos y lo que quería voltearme y arrodillarme  y chuparle los dedos y lamerle las plantas y que me tocara con los pies los testículos y luego llenárselos de semen. Todo eso quería, pero también quería tomar mi té de las ocho de la noche. Le dije que me dejara en paz y que no me molestara, que todo estaba bien.
Después de esa noche, mucha de mi energía se concentra en no mirar hacia abajo, pero fracaso constantemente porque aunque no le vea los pies me los imagino todo el tiempo y de todas las maneras: empacados en botas de minero, con lodo, con sandalias, con las uñas pintadas de negro y de azul cielo. Sobre todo, me los imagino envueltos en un par de medias negras. En esta imagen voy desde la punta de los dedos hasta los muslos, cuando acaban las medias me detengo y comienzo el camino de regreso descubriendo la piel, anhelando el paraíso de sus pies.
Ella ya no me dirige la palabra, la entiendo, yo dejé de devolverle el saludo desde que la ví descalza. Desde que dejó de tener brazos, cuello, pechos y cabeza y se convirtió sólo en pies  y medias negras.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

De las cinco a las nueve

¿Has llegado a la noche en calma? Yo entré a mi habitación temblando calladamente y me acosté en una oscuridad casi plena, respirando trabajosamente por la nariz, tragando saliva con cuidado. Tuve miedo de abrir la boca y gritar, no quería entregarme a un llanto rabioso y poco elegante. Cerré los ojos y en mi mente se hizo de día otra vez. De nuevo eran las cinco de la tarde. De nuevo los pájaros volaron escandalosamente hacia sus nidos.
Llevaba zapatos rojos y caminaba sin prisa, más bien iba cansada, despacio. Tal vez fue ese desánimo lo que hizo que él se fijara en mí. También pensé que mis anteojos podrían haberlo atraído, o que mis dos mochilas le habían anunciado al mundo entero mi indefensión. En muchas cosas pensé después, antes de encontrarlo iba cantando mentalmente una canción de Eric Clapton. Siempre canto, hasta en sueños, aunque lo haga sin voz.
Me metí al parque para cortar camino, las dos mochilas me pesaban y quería llegar rápido a casa, prepararme algo de comer y ver televisión. Acabo de contratar Netflix y estaba ansiosa por seguir viendo Narcos. Esos eran los planes que había fraguado por la mañana, antes de irme al trabajo. Soy mesera en un Tocks, así que en cuanto termina mi turno me suelto el cabello, me pongo jeans, zapatos rojos, mastico chicle y miro a mis semejantes con un dejo de descortesía. 
Normalmente llevo sólo una mochila con mis cosas del gimnasio, hoy llevaba en la otra mi disfraz de mesera con todo y zapatos, me toca lavarlo. Hubiera querido que él me quitara esa mochila, que me relevara de tallar mi vestido rosado, mi delantal blanco y mi estúpida red para el cabello. Pero no. 
Por el camino de los álamos de hoja plateada se me apareció, llevaba una sudadero roja igual que mis zapatos y un pañuelo que le cubría la mitad del rostro, sí, muy de caricatura. Era un ladrón gordo y tartamudo que me llamó "muñeca" ("Muñeca" ¡chinga tu madre pinche pendejo de mierda!). Me dijo que sacara mi celular y todo el varo que llevaba. Yo, con mis dos mochilas, me tardé en reaccionar. El gordo me jaló los audífonos y se apoderó de mi iPod, se llevó una gran selección musical que seguramente no apreciarán sus oiditos reguetoneros. Ya que andaba por mi cuerpo me arrancó la gargantilla y aprovechó para apretarme una teta. Ahí fue cuando se me quitó el cansancio y lo golpeé con las dos mochilas, primero con la del gym y luego con la de mesera de Tocks. Las dos veces con todas mis fuerzas. Me fui corriendo.
Llegué hecha de rabia y de miedo a una parada de autobús y le conté a la gente lo que me acababa de pasar, omití la parte del agarrón de teta porque me pareció, todavía me parece, muy humillante. Una señora me hizo caso y trató de calmarme, una pareja de novios decidió ignorarme y un señor me miró con gesto burlón. 
Me quedé nerviosa, con miedo de que el ladrón estuviera por ahí acechándome, así que entré en una cafetería, pedí un té y estuve un rato sentada junto a mis dos mochilas. Pensé en que era bueno que no me hubieran robado el celular  y en que había tenido suerte de que no me violaran. Pensé en que el ladrón era un maldito pendejo ojete y en que yo era una tonta por no llevar gas pimienta y por no haberle reventado los huevos de un rodillazo. Después, a las nueve de la noche, me fui a mi casa con los puños apretados, con miedo, con el corazón latiéndome a mil por hora.