lunes, 28 de diciembre de 2015

Pesadilla

Hace años, una noche que recuerdo perfectamente, soñé que era un cadáver consciente y que se  iban a cerrar sobre mí diez ataúdes. Estaba exhausta, pero no dormida por completo y el terror se apoderó de mí. Mi cuerpo, por cierto, no era mi cuerpo ni mi rostro era mi rostro. Era un cuerpo más bajo y más gordo. Mi cara era una cara regordeta y la papada me hacía desaparecer el cuello. Tenía el cabello ondulado artificialmente y teñido de rubio. Mis tobillos eran demasiado gruesos y telarañas de várices se extendían sobre mis piernas como unas medias tétricas.
Esa que yo veía muerta no se parecía a mí pero era yo. Unos segundos por lo menos mi conciencia estuvo encerrada en ese cuerpo. En esa imágen yo quería hablar y no podía. Esa garganta, oculta en ese cuello inexistente, me aprisionaba la voz con saña. 
Mi alma se encontró atrapada en aquel cuerpo horrible y extraño que estaba a punto de ser depositado en una fosa envuelto en diez ataúdes que iban a ir cerrándose uno a uno frente a mis narices, con ruidos sordos y continuos que harían crecer la oscuridad y disminuir el oxígeno. Me veía petrificada con los labios pintados de un rojo demasiado rojo, casi negro: mórbido-mortal-putrefacto. Mi alma estaba a punto de asfixiarse lentamente y yo me daba cuenta pero no podía ni gritar. Angustia plena.

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