viernes, 18 de diciembre de 2015

Asuntos de los pies



Cada vez se me vuelve menos persona y más fetiche, o cada vez es más pies y menos rostro. No puedo evitarlo. La veo de lunes a viernes, es una mujer joven y agradable, acaso más que la mayoría de los que trabajamos aquí. De todos modos hay una parte de mí que la detesta, anda con un desenfado exagerado por la vida, casi siempre está contenta y cuando no, su tristeza o malhumor  son de corta duración y muy livianos. 
Pongámoslo así, yo me levanto a las cinco treinta de la mañana y tardo más dos horas en estar listo: hago ejercicio hasta las seis, después plancho mi pantalón y mi camisa, boleo mis zapatos, me afeito y me ducho. Desayuno huevos revueltos, café y jugo de naranja que yo mismo me preparo. Lavo los trastes. Me cepillo los dientes, me visto y me peino y a las siete cuarenta y cinco estoy metiéndome en el carro para conducir una hora y llegar puntual al trabajo.
Ella entra a la oficina siempre entre las nueve y las nueve con diez de la mañana, con el cabello limpio pero rara vez peinado cuidadosamente, con unos jeans y algo encima que puede ser, según la estación del año, una blusa ligera, una chamarra con capucha o un suéter azul cielo o amarillo chillante. Sé, por pláticas escuchadas casualmente, que suele levantarse a las ocho y que vive a once cuadras de la oficina. Siempre luce fantástica y eso  lo encontraba, hasta hace un par de semanas, misterioso y chocante.
Se sienta en el escritorio que está a lado del mío y desde su primer día en la empresa comenzó a tutearme, no es que sea engreído, pero en la oficina es la única que lo hace, todos los demás se dirigen a mí como Rivas, me hablan de usted y, por supuesto, no se me acercan sonriendo ni oliendo a perfume de cítricos.
Aunque me parecía un poco igualada, no me llamaba la atención. Estoy habituado a concentrarme en mi trabajo, así que su presencia no me distraía de revisar los documentos, verificar direcciones, sacar fotografías y tomar huellas dactilares. Después de todo, es algo que he hecho durante los últimos doce años de una manera precisa y con un ritmo absolutamente eficaz. 
Nadie, en todo este tiempo, se había quejado de mi servicio. Hasta hace poco que nos tocó hacer guardia juntos. Ella intentó conversar pero no quise distraerme y comencé a verificar que los respaldos de los respaldos de mis archivos estuvieran en orden. Se puso los benditos audífonos y me dejó trabajar. 
A las ocho de la noche me levanté, como de costumbre, a hacerme un té. Ella estaba de pie junto al despachador de agua vestida tal como la había visto durante todo el día, salvo por una pequeña diferencia que noté cuando llenaba mi taza: estaba descalza. Sus pies eran medianos, blancos, sus tobillos eran perfectos y llevaba las uñas pintadas de rosa pálido. Sobre la alfombra verde oscuro sus pies parecían de porcelana, una verdadera obra de arte. Tragué saliva y me di la vuelta sin decir nada, no quería que notara la inadecuada y poderosa erección que me había causado.
Ella caminó detrás de mí, preguntando si estaba todo bien. Yo sabía que estaba descalza, que sus pies daban pasos que seguían mis pasos y lo que quería voltearme y arrodillarme  y chuparle los dedos y lamerle las plantas y que me tocara con los pies los testículos y luego llenárselos de semen. Todo eso quería, pero también quería tomar mi té de las ocho de la noche. Le dije que me dejara en paz y que no me molestara, que todo estaba bien.
Después de esa noche, mucha de mi energía se concentra en no mirar hacia abajo, pero fracaso constantemente porque aunque no le vea los pies me los imagino todo el tiempo y de todas las maneras: empacados en botas de minero, con lodo, con sandalias, con las uñas pintadas de negro y de azul cielo. Sobre todo, me los imagino envueltos en un par de medias negras. En esta imagen voy desde la punta de los dedos hasta los muslos, cuando acaban las medias me detengo y comienzo el camino de regreso descubriendo la piel, anhelando el paraíso de sus pies.
Ella ya no me dirige la palabra, la entiendo, yo dejé de devolverle el saludo desde que la ví descalza. Desde que dejó de tener brazos, cuello, pechos y cabeza y se convirtió sólo en pies  y medias negras.

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