lunes, 15 de diciembre de 2014

La Difuntita

A la casa, un cuarto de bloc superpuesto, se llega atravesando un campo de crecidas hierbas. Hay otras casas cerca, aunque desde la calle  son invisibles. Doña Chelo y sus hijos viven rodeados  de basura. Ella es pepenadora. Un hilo de agua contaminada y pestilente corre a tus pies.
Te acercas con paso vacilante, temiendo que Muñeco, la mascota,  salga a recibirte con su  estentóreo concierto de ladridos. Pero no, detrás de la improvisada puerta de lámina se asoma Lina, la misma niñita flaca, despeinada y sucia que conociste hace pocos meses. Sigue sin ir a la escuela. Preguntas por su mamá y entra corriendo a buscarla. Doña Chelo también lleva el cabello sin peinar, te saluda de buena gana pero no te invita a pasar. Conversarás con ella cerca de una hora, bajo un débil sol de invierno. Cuando le preguntas por su hijo Daniel, quien aparece en tu lista de sujetos a entrevistar, te dice que se fue a trabajar temprano. Él es malabarista y escupe fuego en la calle, no volverá  sino hasta ya entrada la noche y a lo largo de su jornada deberá cambiar varias veces de crucero porque la policía municipal tiene la consigna de mantener despejada la vía pública.
En casa sólo está Fernando, de quince años, se empleaba como aprendiz en una herrería hasta hace pocos meses, cuando su madre discutió con su patrón y le prohibió volver al  taller. Fernando acató la orden de mala gana y ahora busca trabajo sin urgencia. 
Inti y Felipe, los niños  menores, trabajan en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada, respectivamente. Doña Chelo te explica que a Felipe, con sus diez años de edad, no hubo poder humano que lo hiciera desistir en su empeño por trabajar. Ella le decía: Estás chico, eres un niño, no debes de trabajar todavía. Felipe contestaba: Soy un hombre y voy a trabajar.  Ahora anuncia a gritos la venta de los garrafones de agua, cobra, limpia, ayuda en lo que se ofrezca. Su patrón le da dos comidas al día.
 A Felipe lo expulsaron de la primaria porque es un niño muy inquieto, de pronto grita, de pronto corre, de pronto golpea a las niñas. Simplemente  dijeron que no podían con él. De todos modos, doña Chelo no tenía  dinero para los uniformes y las cuotas de inscripción ni de él, ni de Lina.
Mientras la señora te cuenta todo esto,  Fernando permanece cerca de ustedes, afuera de la casa. Conversaste con él la vez pasada y recuerdas que no sabe leer ni escribir y que asistía semanalmente al catecismo.
Doña Chelo  te habla de sus pesadillas, que le parecen terribles. Anoche soñó  que un ladrón era perseguido por tres policías a la orilla de la carretera y que la persecución terminaba dentro de su casa. Despertó sobresaltada y volvió a dormirse para soñar que un hombre altísimo y calvo estaba de pie cerca de su cama. Ella tomaba un tubo para golpearlo con furia, en defensa de sus hijos.  Supone que sus malos sueños se deben a que apenas asesinaron a un muchacho a dos cuadras de donde estás parada tú ahora. También te narra, sin el menor asombro, que hace un par de semanas hallaron el cadáver desnudo de una mujer violada en la barranca cercana.
Doña Chelo no puede evitar hablar de su hija muerta. La llama La Difuntita  y aunque trata de mantenerse compuesta, por momentos se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la voz. Sin embargo, su llanto no sale atropellando sus palabras, como sucedió en tu visita anterior.
El recuerdo de La Difuntita, se activa cuando le preguntas a Doña Chelo si le gustaría vivir en un lugar distinto. Ella te contesta que se ha mudado, pero que regresa porque siempre siente que algo le hace falta. No te lo sabe explicar, no es una idea, quiere que te quede claro, es algo que siente en su corazón. Siente que su hija está allí, en el basurero que miras, de alguna forma. Por eso  no puede alejarse definitivamente. 
Para ti, La Difuntita (no te atreves a preguntar por el nombre de pila) es una adolescentes que murió hace más de dos años en condiciones poco claras: La policía dijo que fue un suicidio, Doña Chelo no está de acuerdo, ella piensa que alguien mató a su hija, dice que los policías ni siquiera investigaron, que simplemente porque su hija tenía un mecate enredado en el cuello dijeron: ella solita se ahorcó. Doña Chelo se culpa por no haber insistido en que investigaran, porque ella, lo dice varias veces, no cree que su niña se matara. Era alegre, era muy buena.
 Doña Chelo también te cuenta que cuando se fueron a vivir a otro lado,  ésta, su verdadera casa, se incendió. El cuarto que se erigía antes en ese terreno era todo de cartón y una noche fueron a avisarle que se estaba quemando. El fuego consumió un palo –debe hablar de un árbol pero no eres capaz de interrumpirla y preguntarle— que le recordaba mucho a La Difuntita. No sabe por qué pero cada vez que miraba el palo se llenaba de rabia, de maledicencias. Después del incendio, doña Chelo se sintió aliviada, el palo se hizo cenizas junto con todo lo demás y el recuerdo de su hija encontró una especie de sosiego. Los vecinos le dijeron que unas horas antes del fuego habían visto a una niña bailando alegremente, de lejos, con el cabello suelto, delgada. Doña Chelo te dice, como queriéndote contagiar su asombro,   que le describieron, sin haberla conocido, a La Difuntita.
Como puedes te despides. Tienes náuseas y un fuerte mareo. El suelo que pisas es de chicle y te sorprende que de esas casas y esas esquinas en donde aparecen quincenalmente personas asesinadas, salgan madres cargando a sus bebés, adolescentes uniformadas y sonrientes y niños en bicicleta con los ojos enormes y luminosos. Te parece extraño que brille el sol y que las ancianas rían. Lo lógico para ti sería que el cielo estuviera pesado y negro, que el suelo fuera un lodo que atrapara los pasos de todos y que en cada rostro se anidara indefinidamente un gesto de terror.

Quieres entender. Unos pensamientos como elefantes de plomo se abren paso en tu cabeza. Ya de vuelta al centro de la ciudad, al internet y al pavimento, piensas en cómo lo que ocurre en el mundo real se soluciona en el plano metafísico. Te das cuenta de que lo que no resuelven las autoridades puede resolverlo el fuego. Un sentimiento sustituye la necesidad de una explicación racional. Doña Chelo ha encontrado una especie de consuelo sólo porque el espíritu de La Difuntita danzó alegremente entre la hierba y la basura. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Fumar, los domingos y diciembre.

Vámonos preguntando por qué fumamos, por qué además los domingos no son de nuestro agrado y malqueremos diciembre ¿Hay alguien en este salón para quien valga la pena plantearse estas preguntas? Seguramente no, pero no importa.
Vamos a tratar de entender (mi yo misma y mi yo ajena) por qué si  nuestras vidas son perfectas queremos arruinarlas un poco, mancharles la orillita con la esperanza de que no se note demasiado.

Fumo porque bajo el sol la sombra del humo sale de mi sombra y parece que produzco algo.
Fumo porque aprendí a fumar con un hombre que me amaba y al que amé profundamente.
Fumo porque puedo fumar sola, porque para fumar no necesito a nadie.
Fumo porque fumar le da sentido al tiempo ¿qué haces? Estoy fumando.
Fumo porque encuentro placer en llenar con humo el vació que tengo adentro.
Fumo porque el humo combina con la luna y con el frío, con la madrugada, con el alcohol y con las fiestas, con las reflexiones extensas y, por supuesto, con la muerte y  con el llanto.
Fumo porque quiero fumar y porque hay cosas que no he dicho.



¿Y los domingos?
Los domingos los percibo lentos, mortales. Sí, un domingo contuvo la muerte de mi padre y eso escondió una gota de veneno en todos los domingos. Los domingos la gente es y no es, debe haber sol en las calles y risas en las bocas de los niños, pero a veces no hay. Por un tiempo en mi niñez los domingos no significaron más que tristeza, incertidumbre y despedidas. Ya sé que los domingos no tuvieron responsabilidad en estos hechos y que ahora soy mayor, pero ¿qué? aquí se deja sentir el peso del sujeto en la noción del objeto y se revela que las experiencias infantiles determinan en mucho las percepciones y la personalidad adulta. Therefore, Sundays do not fit me right.

Diciembre
¿Qué culpa tiene diciembre de no caerme bien? Esto es más difícil de contestar...tal vez. Es que diciembre es un mes lleno de personas y mercancía, de convivencia forzada y alegría obligatoria. La verdad es que aunque diciembre huela exquisito (a ponche), sepa mejor (a pavo, pierna y chipotles navideños) y tenga momentos sublimes (como ciertos abrazos y reuniones), no le perdono su aire dominical y que ponga presión en mí para ir a centros comerciales atestados y  mezclarme entre la gente.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

A veces me pongo muy triste y me quedo mirando la pared por largo rato. A veces sucede lo mismo pero al revés, los muros se entristecen y me contemplan mucho tiempo.



Piense en turco, hable en turco, fornique en turco
(a ver si de veras).

martes, 4 de noviembre de 2014

Dream of the collective project

I like when everything moves fast and in silence
but I like it better with music
I wait for you at my green night
come on, take me to Bratislava to see the plumber
Let´s mix facts and sounds:
car´s engines will sound as laughter
birds will sing like the tic tac of a clock
human voices will be like water falls
All is perfect
We are bright tender monsters.


miércoles, 8 de octubre de 2014

El Loco Bar

Al Bar El Loco pasé hoy para saludar a doña Diana y contarle de la muerte de mi amigo. No es que crea que ella sienta o haya sentido por nosotros un aprecio particular, pero seguro que estaba acostumbrada a vernos.
Todos los viernes  llegábamos a eso de las seis de la tarde. Eran días de Rodrigo. Al mediodía me aparecía por su cubículo con la mejor  de mis sonrisas y los ojos se le encendían de inmediato. No terminábamos de decirnos hola cuando él ya estaba apagando la computadora y guardando en el cajón de su escritorio cualquier cosa que tuviera en las manos. Me sonreía y decía "ya te estaba esperando, muchacha". Salíamos del edificio hablando de cualquier cosa y pronto, prontísimo, llegábamos al botanero. El lugar no era bonito, de hecho, era concurrido mayormente por hombres de clase trabajadora y borracha. Cuando empecé a ir había cero oficinistas y Rodrigo y sus amistades eran los únicos clasemedieros que lo frecuentaban, el resto eran algo así como obreros y albañiles. Era emocionante entrar y ser mirada, Rodrigo era la envidia de los borrachos. No es que yo sea extraordinariamente bonita, pero Rodrigo era como veinte años mayor que yo y era imposible que no nos notaran. En fin, en ese lugar servían abundante comida, aunque la cerveza no era tan barata. Comíamos caldo de pescado y tostadas, nos tomábamos dos o tres cervezas y después cruzábamos la calle para ir al Bar el Loco. Aunque también es un bar con puertitas del Viejo Oeste, el ambiente allí es diferente. La barra es atendida por la señora Diana, una  mujer amable y corpulenta, y su hijo, de unos ocho años, anda por ahí  haciendo su tarea, viendo la tele o jugando. El Loco es un lugar pequeño y limpio, frecuentado por hombres que van a entregarse a la bebida porque allí sí no dan ni un cacahuate. Rodrigo y yo llegábamos, igual que todos, a terminar de emborracharnos. Y a charlar, claro, él y yo hablábamos mucho. Mucho. No me pregunten de qué.
Después de tanto hablar y tanto beber nos íbamos a encerrar a un motel y ahí sí pasaba de todo,  veíamos estrellas un rato. Ya entrada la noche, volvíamos a aterrizar en la ciudad. A veces asistíamos a alguna fiesta en casa de sus amigos, a veces pasábamos a cenar tacos. A veces. A veces, pero ya no. Un día Rodrigo enfermó. Fui a verlo para abrazarlo muy fuerte y poner un pedazo de mi corazón en su pecho. Lloré mientras pensaba en él y deseaba que no muriera.
Todas las cantinas con puertitas del Viejo Oeste y todos los moteles del mundo serán un poco tristes de hoy en adelante.

To fuck or not to fuck? esa es la pregunta

A veces quisiera ir a Garibaldi a buscar putas, como que me entra nostalgia por los cuerpos reales, por los olores, el sudor y la temperatura ajenos, pero cuando lo pienso un poco más me siento absurdo, para empezar porque no tengo dinero para comprarme la compañia de una mujer exuberante que me deje toquetearle el trasero y que me diga Tigre. No soy malparecido pero trabajo todo el día, tengo tres hijos y una esposa a la que le gusta hacerse manicure y exfoliarse la piel cada quincena. El dinero no me alcanza y soy ridículo. Vaya a donde vaya no me siento cómodo, no combino con ninguna decoración, no hay sitio en el que me pueda camuflajear. Aparezco siempre como un garabato, soy la mancha de pasta dental en la camisa nueva o en la vieja, es igual.
De todos modos, cuando quieran los conduzco a una sala llena de asiáticas que hablan un inglés deficiente y que están dispuestas a mirar penes erectos y a fingir que se excitan, es un lugar un poco frío en donde todas utilizan nombres falsos y ansían mostrar sus genitales para escapar del aburrimiento. Yo llegué una tarde de septiembre con el corazón roto y los bolsillos vacíos. Me inventé un nombre, dije que soy mexicano, que me gusta la cerveza y que soy divertido y me presenté tal como había salido de la licenciatura: peinado, delgado, bronceado y descansado.
El inglés, que hasta ese día me había servido sólo para hacer negocios, en aquella sala me permitió descubrir a Mandy098, a Sweetsmile y Vodkaontherocks. todas preciosas, jóvenes y jugosas: La  más ardiente resultó ser Vodkaontherocks, por supuesto. Ella me devolvió mi lugar en el universo. No le importaron ni el tamaño discreto de mi pene, ni mi barriga de cuarentañero sedentario. Se me descubrió sin pudor aquella tarde, absolutamente, de una sola vez y para nunca más. Después de entonces no ha vuelto a contestar ni uno solo de los "Hello sexy" que le he enviado. 
Madrugada tras madrugada voy de un salón a otro en busca de excitación y casi siempre la encuentro, siempre hay alguien dispuesta a intercambiar fotografías y escuchar lo muy hot y sexy que es, alguien que se alegra de ponerme horny as hell y que quiere escuchar o leer dirty words ¡Cuánta utilidad tiene el inglés!
Lo malo es que llevo meses sin dormir, tengo unas ojeras de miedo y un humor del carajo. Ni en la oficina ni en las fiestas me atrevería siquiera a mirar con lascivia a las mujeres que están a mi alrededor, después de todo, ellas no son como las asiáticas de la sala, tienen hijos, maridos, novios y recato. Necesitaría valor, energía y dinero que no tengo para involucrarme con alguna mujer de carne y hueso. Además estoy casado, ya lo dije, y aunque rara vez tengo sexo con mi mujer, respeto mi matrimonio.


miércoles, 27 de agosto de 2014

Nostalgia

¿Ahogarla con alcohol? ¿Emborracharla?
 Ignorarla y ponerte a trabajar, comprarle cosas, mirarla de frente y quedarte a solas con ella en casa, caminar  bajo la lluvia, llevarla a ver el mar, darle un cigarrillo tras otro. Hacerla escuchar la misma canción cien veces.
¿Qué haces cuando se te aparece, así, sin previo aviso? ¿Cuándo se presenta liviana, pálida y, por eso mismo, poderosa y verdadera? Te visita mucho, entra en tu corazón y en tu casa con una solidez de piedra que, extrañamente, te resulta cálida. Nada te da la tibieza que te da ella, ni la toxicidad que produce gastar fuerzas deseando lo imposible, pensando en lo imposible. Ella te coloca en una disyuntiva fundamental: arrastrarte a sus pies, dejarte caer y amputarte los brazos y las piernas, o ignorarla, trabajar y trabajar como loco y fingir que no la conoces, que no existe. Por terrible que suene, la primera alternativa te resulta tentadora, la idea de envolverte en su tela te seduce porque  en ella se hunden las heridas de tu esencia, no tienes  que aparentar nada, te lastima porque se ajusta a cada huella importante de tu historia, es  un mapa de tu alma. Es tu pasado. Eres tú. Al quedarte con ella, a merced de ti mismo, morirías presa de un sufrimiento que a los ojos de los demás parecería absurdo. Por eso pones un esfuerzo casi demencial en  ignorarla,  te levantas temprano y funcionas, funcionas, funcionas pretendiendo que no la conoces, pero eres ridículo, la conoces tan bien y la deseas tanto que la tienes encerrada en las pupilas.


domingo, 3 de agosto de 2014

Ruido

No tenía que estar en casa a esa hora. Entró todavía agitada, sabía que había trastes sucios, polvo, cosas fuera de su lugar, pero pasó de largo y se encerró en su recámara. Allí, contra toda suposición, el desorden era menor. Nunca sale sin tender su cama y es casi obsesiva respecto a la ropa en el armario y los objetos de tocador. Siempre deja la ventana abierta y la cortina corrida, así que la habitación se sentía fresca y la iluminación era agradable. Como casi nunca estaba en casa a esa hora, la atmósfera le pareció extraña. 
Se dejó caer boca abajo sobre la cama y sólo entonces, con la cara aplastada contra la colcha de rayas blancas y negras, se permitió llorar de verdad. Había tenido un desencuentro grave con Vicente, pero no lloraba por eso. Ojalá fuera así de simple.
Si hubiera sido sólo eso, con encender un cigarrillo le habría bastado para recuperar la estabilidad y pasar el día sin mirarlo ni hablarle, pero el problema era otro. No pudo más que tomar su bolso, salir corriendo por la puerta que había atravesado quince minutos antes, conducir con los músculos tensos el camino de vuelta, tomar el ascensor apretando los dientes, entrar azotando la puerta, obviar  el desorden y tumbarse, derribarse, a llorar.
¿Qué la perturbaba? Dos cosas nada más: vivir como un robot y el ruido. Se levanta todos los días a la misma hora (seis en punto, para ser exactos) y sus días tienen una precisión asombrosa, ligues y borracheras incluidas. Todo es cíclico hasta las náuseas, tiene la sensación de estar en un remolino que conoce como la palma de su mano y no la desconcierta jamás. Peor que eso, sin embargo, le resulta el ruido. La ciudad, con su imparable tormenta de sonidos, es como un lago en el que ella se hunde. El ruido entra en ella como agua en sus pulmones, la lastima, la ahoga. A veces, estando en el bar,  corre a encerrarse en el baño para taparse las orejas y llorar de desesperación. También, sucede con frecuencia que se escapa a la azotea de su oficina para fumar y alejarse de las voces de sus compañeros, del ruido que hacen las computadoras, de la música con la que otros pretenden hacer más llevadera la jornada laboral y que ella encuentra insufrible.
En su casa tiene una computadora que utiliza de vez en cuando, ningún otro aparato eléctrico. No encendería ni por accidente una licuadora, el ruido que produce la desquicia. Aspiradoras, lavadoras y ollas express, de niña la asustaban, ahora le causan repulsión si están fuera de uso y cuando están encendidas la enfurecen.
Vicente es un tipo callado, guapo y fuerte. Un licenciado en algo que va al gimnasio a diario, para mayores señas. Ella no lo quiere, pero al principio le divertían sus maneras hoscas, su falta de refinamiento, se  lo describía a si misma como un Tarzán  con corbata. En general,  se acercan básicamente para tener sexo sin preámbulos ni formalismos. Vicente es un amante aplicado, la cuestión con él es estallar  a cualquier hora y en cualquier lugar. En principio esto  le causó una suerte de  fascinación: se sentía como en el sueño de las bestias o algo así, no se había relacionado con nadie en los exclusivos términos del placer y  accedía siempre, cuanto más inapropiados el sitio y la hora, mayor la excitación. Todo iba bien: no discutían jamás y fornicaban a menudo. Así, hasta esta mañana cuando se encontraron en el corredor. Vicente se le acercó con la intención habitual, predefinida, pero ella  lo rechazó. Él no comprendió e insistió incrédulo empujándola contra la pared, metiéndole la mano entre las piernas, babeándole el cuello y jalándole los cabellos. Desde la calle subían la voz del vendedor de tamales, la música que anunciaba la venta de gas, el tráfico de las nueve en punto, el radio de la vecina, desde el baño se escuchaba un grifo abierto. Ella no lo pudo soportar, le dio un rodillazo a Vicente en los güevos y salió corriendo completamente alterada, enferma de realidad. Sólo un rato después, sumida en el silencio de su habitación a costa de ser amonestada por una falta injustificada en el trabajo, recuperaría  la calma.









jueves, 31 de julio de 2014

Del insecticida, la teta y la foto

En tu oficina las horas pasan lentamente, en especial si están tus compañeros y si hace calor. Tu  escritorio está en el tercer piso,  cerca de la escalera y lejos de las ventanas. Preferirías trabajar en el cuartito de la azotea con tal de no tener que pasar tanto tiempo rodeada de gente, pero claro, no lo dirás jamás porque quieres parecer normal. Cuando te sientes cansada  bajas a la cocina, te preparas un té deloquehay y vuelves a  tu lugar para beberlo mientras revisas el facebook en tu celular. Escribes alguna estupidez, asignas algunos likes, juzgas la falta de sensibilidad, el optimismo hueco o el escaso juicio de tus contactos e intentas un comentario inteligente para algo que consideras importante.  Antes de que la taza se vacíe, pero cuando el té ya está tibio, regresas a trabajar. Puc, puc, puc-pucpucpuc, pu, puc, puc, el ir y venir de tus dedos sobre el teclado te parece un bailecito entretenido, al principio evita que te duermas pero después de un par de horas se convierte en un arrullo y vuelves a levantarte. Esta vez vas al baño.

Sigues pensando en tu trabajo: como siempre, anuncias lo efectivo que es el producto que fabrica la empresa: acaba con cucarachas, hormigas y una amplia variedad de insectos voladores y rastreros, no tiene ninguna clase de efecto nocivo en los seres humanos ni en las mascotas, su aroma a rosas se desvanece en cuestión de una hora y no sólo no daña el medio ambiente sino que restaura la capa de ozono. Llevas en ese empleo  casi dos años y piensas que lo único que no has dicho es que el insecticida es tan saludable como la leche materna.  En esa idea absurda te detienes, te subes los calzones, te acomodas la falda.  Después de lavarte las manos, burlonamente te sacas una teta frente al espejo y te  la imaginas con el logo del Súper Insecticida: Mata todo, hasta el aburrimiento. Sería una gran imagen publicitaria ¿Y por qué no?  Tienes pechos bonitos, ni  muy grandes ni muy pequeños.  Jugosos y del tamaño perfecto, según te lo han dicho varias veces.  Tomas tu celular y enfocas, claro que lo tienes a la mano, no lo dejas ni para ir a mear.  Ahí, en el baño de la empresa que produce el  mejor insecticida del mundo,  para distraerte te fotografías  enseñando una chichi. Revisas la imagen, nada mal.

De nuevo frente al monitor, no te concentras con rapidez, te inquieta la foto que tomaste. Con discreción vuelves a verla. Ciertamente es muy buena  “¿Mmhh qué haré con esto?” te preguntas. Se la podrías enviar a ese novio que tienes, pero  la relación se ha tornado aburrida y la idea ya no te entusiasma. Publicarla en facebook… eso sería bueno, pero te da pena. Un poco de pena ¿qué podría pasar? La  web está llena de imágenes  mil veces más atrevidas ¿qué dirían tus contactos?   sobre todo ¿qué dirían tus contactas? Seguro que  a  tus amigos hombres les gustaría la foto, tienes algunos listos que la apreciarían   sin  morbo. Pero tus contactas no van a bajarte de  puta y liviana. No es que eso  sea demasiado grave, porque tu  problema, de hecho, es que no eres tan puta ni  tan  liviana como quisieras. En fin, sigue haciendo calor, se hace tarde y todavía no acabas de hablar del insecticida: pucpucpuc, puc---puc ---Puc, puc. Ya  decidirás luego qué hacer con la foto.



domingo, 27 de julio de 2014

Defecto visual

Lo mejor que podría hacer sería dormir profundamente, pero en su condición es imposible porque tiene el cuerpo cubierto de ojos. Cada poro suyo es un ojo diminuto deseando ver algo, encontrar en la oscuridad una respuesta. Cada uno lanza una pregunta microscópica como una mordida al aire, permanece abierto y ante el vacío, sólo queda el hambre. Los ojos en su piel sienten fastidio pero no se cierran jamás todos al mismo tiempo. Deberían hacerlo, debería ser cuestión de controlar sólo el par de ojos bajo su frente, pero no. Sus millones de ojitos se encuentran anhelantes: los ojos de sus mejillas, los de su abdomen, los ojos en su boca y sus orejas. Los ojos de su sexo y de sus nalgas están enloquecidos, nunca duermen. Los ojos de los pies y de las yemas de sus dedos son, no obstante, los más difíciles de controlar, ellos guardan gran parte de su caos.
Cuando logra cerrar por un instante la mitad de los ojos que posee, entonces, deja de demandarle al mundo todo lo que nadie puede darle y se le quita el miedo. Cree que si pudiera coordinar sus parpadeos, sumirse en la oscuridad completamente, respirar  y dejar de desearlo todo a cada instante se sentiría mejor. Ilusa, en ese momento lloraría sangre.

jueves, 17 de julio de 2014

Las clases de taekwondo.

Me tiemblan las manos sin razón aparente. Se trata de un lunes como cualquier lunes, lo único extraordinario es que me caí de camino a la oficina y me raspé las rodillas, o de eso tengo que convencerme. Nadie debería sorprenderse porque, en general, soy bastante torpe.  Soy de esa gente que olvida y pierde todo: el hilo de la conversación, las llaves, los anteojos. Lo he perdido todo menos el miedo, el tiempo lo pierdo siempre: todos los días me quedo en la cama hasta treinta minutos después de que suena el despertador. No me vuelvo a dormir, ni me acurruco, ni me masturbo. Me quedo mirando el techo, deseando estar en otro lugar o no salir nunca de casa.  Cuando no aguanto las ganas de orinar me levanto de un salto, paso por la regadera,  me visto como sea  y salgo. Llego a trabajar a las 9 con diez minutos, sólo para que la gente de  Erre Ache no pueda sancionarme. Digo buenos días, pongo la cafetera, limpio mis lentes, sonrío.
Me duelen las rodillas, en la izquierda tengo una herida que sangra un poco, en la derecha un raspón y un morete. Mientras me lavo, alguien llora en el pasillo, alguien más levanta la voz, quien llora se aleja corriendo.  Fuera del baño está  Vicente, nunca me ha caído bien,  ahora tiene el rostro enrojecido y aprieta los puños. Nos saludamos apenas.  La que lloraba debió ser  Pipis, la secretaria del jefe. Los clichés son aburridos y los clichés de oficina son además patéticos.

Frente a la computadora, dos horas después, las heridas aun me punzan. Caí con fuerza, también en las palmas de las manos me queda memoria de la caída. ¿Dónde estará él? Debió pensar que robarme el celular iba a ser fácil porque tengo poca altura, porque toda mi atención estaba puesta en sacar una buena toma de aquel árbol para mi galería en instagram. Pobre, no contaba con que mi mamá me llevó a clases de taekwondo desde los ocho años ni con que la rabia que traigo adentro se dispara como eyaculación de preso en visita conyugal. Seguro lo golpeé de más. Seguro que la lluvia de patadas  en su cabeza fue algo innecesario. De cualquier forma, espero que a este sí  lo identifiquen como ladrón de celulares y no que lo hagan aparecer como una blanca paloma muerta a manos de un  psicópata equis.  La vida no  es justa: Yo soy una persona que llega puntualmente a su trabajo, ellos  son ladronzuelos que no tienen empacho en arrebatarle a la gente lo que ha ganado con el sudor de su frente. Es lógico que desaten mi furia. 

viernes, 27 de junio de 2014

De sed y de gusanos.


¿Nunca un recuerdo te ha hecho temblar por adentro?
La única manera de curar una adicción es con un vicio. Y yo quiero.
Tengo un animal adentro, una cosa como un pulpo con tentáculos eléctricos. Tengo una sed trepidante de  caerme  hasta el fondo de las cosas. Quiero ser un gusano compulsivo y compulsivamente hacer y ser un túnel en la tierra o en la carne podrida. La oscuridad es mi único deseo. Si salgo a respirar, si toco el aire, me marchito. El corazón, tal como lo traen todos, no me sirve.


sábado, 14 de junio de 2014

Papá.

El cementerio luce muy distinto desde la última vez. Hará diez años que no lo visitaba, acaso un poco más. Sobrepoblado, abigarrado. Flores marchitas aquí y allá. En tu tumba no hay flores y yo vengo, como suelo andar, con las manos vacías. Volver a ver tu nombre inscrito en la loza blanca me causa una impresión honda, un malestar. Aun es temprano y el lugar está casi desierto, una mujer a varios metros de mí acomoda flores blancas y amarillas en un florero. Llovió y el olor a tierra mojada me llena por completo.
Tengo frío, los rayos del sol se tienden como las largas y delgadas patas de una araña sigilosa, con la precisión exacta para sostenerme de pie frente a tu tumba. Sobre el suelo, tu nombre. Abajo ¿qué? No puedo evitar preguntarme qué queda ¿tu esqueleto? ¿trazas de ese traje azul horrible con el que creo que te enterraron? ¿algo del ataúd? ¿Nada? Después de veinticuatro años, probablemente sólo quedan tus huesos.
Lloro y me miro las manos, bajo más la vista y me veo los zapatos.  Estos botines se han hecho viejos muy pronto. Camino mucho con ellos y no suelo lavarlos, hoy no lucen polvosos sólo a causa de la lluvia que mojó el pasto anoche.
¿Qué onda papá? ¿qué pensarías de mí si me conocieras? A veces tengo la idea de que me haces falta, de que si hubiera convivido más contigo habría entendido más cosas en un plano distinto. Por supuesto, sería otra, tal vez habría sido más cauta para fornicar y para beber (es broma). Tal vez no habría crecido sintiéndome tan sola y en la casa habría habido menos silencio y más luz, tal vez  habría hallado menos complicado relacionarme con los hombres, o tal vez no. Quizás mi vida habría sido algo terrible sin tu muerte  o  yo sería exactamente la misma. Nadie puede saberlo.
No es que sea fundamental, pero si pudiera elegir una versión alterna de mi vida, elegiría aquella en la que no te daban tres infartos cerebrales y yo rebasaba los catorce años con un padre sano, sólo para conocerte y saber quién eras.

Pero ya, el hecho es que tengo nada más como ocho o diez recuerdos de ti, inconexos, borrosos, tristísimos un par, y que lamento no haber llorado tu muerte sin freno, no haberme deshecho en llanto durante meses enteros. Lamento haber resistido, porque hoy, tanto tiempo después, conservo una parte del corazón irresuelta y tu recuerdo me es como una piedra pequeñita que sangra.
No creo volver pronto por aquí y no voy venir a colocar flores en tu tumba, pero siempre te imagino.