miércoles, 27 de agosto de 2014

Nostalgia

¿Ahogarla con alcohol? ¿Emborracharla?
 Ignorarla y ponerte a trabajar, comprarle cosas, mirarla de frente y quedarte a solas con ella en casa, caminar  bajo la lluvia, llevarla a ver el mar, darle un cigarrillo tras otro. Hacerla escuchar la misma canción cien veces.
¿Qué haces cuando se te aparece, así, sin previo aviso? ¿Cuándo se presenta liviana, pálida y, por eso mismo, poderosa y verdadera? Te visita mucho, entra en tu corazón y en tu casa con una solidez de piedra que, extrañamente, te resulta cálida. Nada te da la tibieza que te da ella, ni la toxicidad que produce gastar fuerzas deseando lo imposible, pensando en lo imposible. Ella te coloca en una disyuntiva fundamental: arrastrarte a sus pies, dejarte caer y amputarte los brazos y las piernas, o ignorarla, trabajar y trabajar como loco y fingir que no la conoces, que no existe. Por terrible que suene, la primera alternativa te resulta tentadora, la idea de envolverte en su tela te seduce porque  en ella se hunden las heridas de tu esencia, no tienes  que aparentar nada, te lastima porque se ajusta a cada huella importante de tu historia, es  un mapa de tu alma. Es tu pasado. Eres tú. Al quedarte con ella, a merced de ti mismo, morirías presa de un sufrimiento que a los ojos de los demás parecería absurdo. Por eso pones un esfuerzo casi demencial en  ignorarla,  te levantas temprano y funcionas, funcionas, funcionas pretendiendo que no la conoces, pero eres ridículo, la conoces tan bien y la deseas tanto que la tienes encerrada en las pupilas.


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