¿Ahogarla con
alcohol? ¿Emborracharla?
Ignorarla y ponerte a trabajar, comprarle cosas,
mirarla de frente y quedarte a solas con ella en casa, caminar bajo la
lluvia, llevarla a ver el mar, darle un cigarrillo tras otro. Hacerla escuchar
la misma canción cien veces.
¿Qué haces cuando se te aparece, así, sin previo
aviso? ¿Cuándo se presenta liviana, pálida y, por eso mismo, poderosa y verdadera? Te visita mucho, entra en tu corazón y en tu casa con una solidez de piedra
que, extrañamente, te resulta cálida. Nada te da la tibieza que te da ella, ni
la toxicidad que produce gastar fuerzas deseando lo imposible, pensando en lo
imposible. Ella te coloca en una disyuntiva fundamental: arrastrarte a sus pies,
dejarte caer y amputarte los brazos y las piernas, o ignorarla, trabajar y
trabajar como loco y fingir que no la conoces, que no existe. Por terrible
que suene, la primera alternativa te resulta tentadora, la idea de envolverte en
su tela te seduce porque en ella se
hunden las heridas de tu esencia, no tienes que aparentar nada, te lastima
porque se ajusta a cada huella importante de tu historia, es un mapa de tu alma. Es tu pasado. Eres tú. Al quedarte
con ella, a merced de ti mismo, morirías presa de un sufrimiento que a los ojos
de los demás parecería absurdo. Por eso pones un esfuerzo casi demencial en ignorarla, te levantas temprano y funcionas, funcionas,
funcionas pretendiendo que no la conoces, pero eres ridículo, la conoces tan bien
y la deseas tanto que la tienes encerrada en las pupilas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario