domingo, 3 de agosto de 2014

Ruido

No tenía que estar en casa a esa hora. Entró todavía agitada, sabía que había trastes sucios, polvo, cosas fuera de su lugar, pero pasó de largo y se encerró en su recámara. Allí, contra toda suposición, el desorden era menor. Nunca sale sin tender su cama y es casi obsesiva respecto a la ropa en el armario y los objetos de tocador. Siempre deja la ventana abierta y la cortina corrida, así que la habitación se sentía fresca y la iluminación era agradable. Como casi nunca estaba en casa a esa hora, la atmósfera le pareció extraña. 
Se dejó caer boca abajo sobre la cama y sólo entonces, con la cara aplastada contra la colcha de rayas blancas y negras, se permitió llorar de verdad. Había tenido un desencuentro grave con Vicente, pero no lloraba por eso. Ojalá fuera así de simple.
Si hubiera sido sólo eso, con encender un cigarrillo le habría bastado para recuperar la estabilidad y pasar el día sin mirarlo ni hablarle, pero el problema era otro. No pudo más que tomar su bolso, salir corriendo por la puerta que había atravesado quince minutos antes, conducir con los músculos tensos el camino de vuelta, tomar el ascensor apretando los dientes, entrar azotando la puerta, obviar  el desorden y tumbarse, derribarse, a llorar.
¿Qué la perturbaba? Dos cosas nada más: vivir como un robot y el ruido. Se levanta todos los días a la misma hora (seis en punto, para ser exactos) y sus días tienen una precisión asombrosa, ligues y borracheras incluidas. Todo es cíclico hasta las náuseas, tiene la sensación de estar en un remolino que conoce como la palma de su mano y no la desconcierta jamás. Peor que eso, sin embargo, le resulta el ruido. La ciudad, con su imparable tormenta de sonidos, es como un lago en el que ella se hunde. El ruido entra en ella como agua en sus pulmones, la lastima, la ahoga. A veces, estando en el bar,  corre a encerrarse en el baño para taparse las orejas y llorar de desesperación. También, sucede con frecuencia que se escapa a la azotea de su oficina para fumar y alejarse de las voces de sus compañeros, del ruido que hacen las computadoras, de la música con la que otros pretenden hacer más llevadera la jornada laboral y que ella encuentra insufrible.
En su casa tiene una computadora que utiliza de vez en cuando, ningún otro aparato eléctrico. No encendería ni por accidente una licuadora, el ruido que produce la desquicia. Aspiradoras, lavadoras y ollas express, de niña la asustaban, ahora le causan repulsión si están fuera de uso y cuando están encendidas la enfurecen.
Vicente es un tipo callado, guapo y fuerte. Un licenciado en algo que va al gimnasio a diario, para mayores señas. Ella no lo quiere, pero al principio le divertían sus maneras hoscas, su falta de refinamiento, se  lo describía a si misma como un Tarzán  con corbata. En general,  se acercan básicamente para tener sexo sin preámbulos ni formalismos. Vicente es un amante aplicado, la cuestión con él es estallar  a cualquier hora y en cualquier lugar. En principio esto  le causó una suerte de  fascinación: se sentía como en el sueño de las bestias o algo así, no se había relacionado con nadie en los exclusivos términos del placer y  accedía siempre, cuanto más inapropiados el sitio y la hora, mayor la excitación. Todo iba bien: no discutían jamás y fornicaban a menudo. Así, hasta esta mañana cuando se encontraron en el corredor. Vicente se le acercó con la intención habitual, predefinida, pero ella  lo rechazó. Él no comprendió e insistió incrédulo empujándola contra la pared, metiéndole la mano entre las piernas, babeándole el cuello y jalándole los cabellos. Desde la calle subían la voz del vendedor de tamales, la música que anunciaba la venta de gas, el tráfico de las nueve en punto, el radio de la vecina, desde el baño se escuchaba un grifo abierto. Ella no lo pudo soportar, le dio un rodillazo a Vicente en los güevos y salió corriendo completamente alterada, enferma de realidad. Sólo un rato después, sumida en el silencio de su habitación a costa de ser amonestada por una falta injustificada en el trabajo, recuperaría  la calma.









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