jueves, 27 de diciembre de 2018

Raíz

Blackbird fly
Into the light of the dark black night…





Siento que algo de mí morirá cuando ella muera, algo pequeño, como el extremo de una raíz que se seca. La veo acostada en la habitación de una casa en donde últimamente ha habido muchas discusiones. Apacible en una ciudad violenta junto al mar, mi abuela es de verdad. Tiene el cabello blanco y luminoso, su piel parece hecha de una tela absurdamente fina que seduce mi tacto. Le acaricio las manos y  los bracitos. Alguna vez fueron brazos entusiastas que atendieron negocios, criaron hijos, nadaron en el mar ¿Cuánto se puede hacer en cien años, o en noventa, o en veinte? No lo sé, pero el final de la vida me conmueve. 
Una vez le rezongué a mi abuela. Fuimos a la feria, me subí a las tazas voladoras y vomité. Las siguientes dos horas se la pasó preguntándome si seguía mareada, si ya me sentía bien. Yo estaba más bien muerta de vergüenza -vomitar me resultaba particularmente vergonzoso- a la quinta vez que me preguntó, volteé para decirle con los ojos muy abiertos y apretando los puños que ya no me estuviera molestando. Fui muy grosera, pero sé que no me delató y no volvió a preguntarme.
Otra vez la acompañé a comprarse unos zapatos, con actitud anodina le sugerí unos zapatos negros sin adornos, eligió unos con un broche plateado y me aleccionó "los zapatos bonitos son los que tienen algo que brilla, a mí me gusta que brillen" Nunca lo he olvidado.
Pasó una Navidad en casa, pocos meses antes mi madre había tenido una operación de columna y mi abuela estuvo con nosotros durante su recuperación. Claro, cocinando y ayudando en todo lo que podía. Preparaba unas tortitas de papa exquisitas, las freía una por una, con mucha paciencia y cariño, supongo. Esa Navidad estuvimos contentas porque mi mamá estaba casi recuperada de la cirugía. Recuerdo que con una alegría un poco forzada, le dije a mi abuela que bailara conmigo. La hice dar de vueltas en la sala durante un par de cumbias. 
Cuando me casé, vino a la boda con su hermana Colombina, me abrazó y me dio su bendición. También vino a la boda de mi hermano. Tengo carpetas bordadas por sus manos y cobijas tejidas también por esas manos que ahora se mueven sordomudas en un presente que ya no significa nada.
Tengo el corazón un poco roto porque he comprobado que al cuerpo le cabe poca vida, porque la muerte es como un lobo de cien cabezas invisibles que tarde o temprano, rápido o poco a poco, se comerá el corazón de quienes amo y el mío propio.
Había unas muñecas de trapo, hermosas, pequeñas, medianas y grandes. No se si las hacía ella o mi bisabuela, eran unas muñecas hermosas... no conservo ninguna.


martes, 20 de noviembre de 2018

Automática escritura




Una noche me puse a escribir en themostdangerouswrtingapp.com solamente porque quería relajarme. Es verdad, me relajo escribiendo, aunque a veces lo olvide. En la computadora escribir no me divierte ¿divertía? tanto, soy de mentalidad tradicional en muchas cosas, aunque lo niegue ¿intente negarlo? todo el tiempo.
La verdad es que no creo que esta aplicación se me cierre antes de que transcurran los cinco minutos. La primera vez que la  usé escribí un texto al que titulé Cosas de gatos. Elegí escribir sobre los gatos porque tengo un gato, iba a escribir que es obvio, pero en relaidad creo que no hay nada obvio en esta vida. Por ejemplo, yo hubiera podido elegir escribir sobre gatos porque me gustan, porque deseo tener un gato o porque los detesto. Una vez una chica me impresionó con un texto escrito con bastante claridad y con mucha rapidez, luego  me di cuenta de que su texto era una copia de El perfume. Entonces me pareció una parodia el texto y a la chica le perdí el respeto y la admiración.
Acabo de notar que la aplicación cuenta cinco minutos de teclear letras, borrar no vale. Logré escribir cinco minutos en themostdangerouswrttingapp sin decir absolutamente nada relevante, ese récord debe contar... en algún lugar.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Diccionario

Alas: s. Lo que le sale a tu mente después de pasar más de dos horas en una junta de trabajo.
Amor: s. El sentimiento más difícil de cultivar hacía uno mismo.
Amistad: s. La relación más feliz y libre que puede establecerse entre dos personas.
Microbus: s. Medio de transporte colectivo en el que generalmente se arriesga la seguridad y se pierde un poco de dignidad.
Basura: s. Aquello que contamina y de lo que debes deshacerte.
Bailar: v. Mover el cuerpo al ritmo de la música suspendiendo la acción de  pensar.
Bello: adj. Que te hace sonreír y desear que se detenga el tiempo.
Biroibo: s. Niño guapo y escandaloso.
Bonda: s. Niña bonita y traviesa.
Bondobandear: v. Echar altas dosis de desmadre.
Bondobandos: s. Gemelos bivitelinos menores de diez años.
Calle: s. Espacio público en reparación permanente.
Calor: s. Lo que te hace falta cuando sientes que te congelas.
Cama: s. Mueble que el cuerpo humano más reclama cuando está lleno de cansancio.
Caminar: v. Dar pasos tropezando de vez en cuando.
Casa: s. Espacio privado en donde el polvo y el desorden aparecen por todas partes.
Ciudad: s. Lugar en donde el silencio no existe.
Delicioso: adj. Que produce una fiesta en los sentidos.
Dormir: v. Dar la vuelta por otra realidad.
Escribir: v. Poner en duda la verdad.
Escuchar: v. Dejar entrar partes del mundo por los oídos.
Facebook: s. Waste of time.
Felicidad: s. Pueblo pequeño por donde todos pasan pero en el que nadie se queda.
Fregadero: s. Lugar de la cocina en donde aparecen trastes sucios de modo ininterrumpido.
Frío: s. Lo que crees que necesitas cuando hace mucho calor. adj. Que tiene baja  temperatura.
Hombros: s. Parte del cuerpo en la que se acumula la tensión.
Mascota: s. Preocupación principal a la hora de planear unas vacaciones familiares.
Salud: s. Junto con el trabajo, lo que más temes perder cuando tienes hijos.
Tristeza: s. Una casa que uno se construye dentro.


miércoles, 6 de junio de 2018

Cristóbal



Ese que sonríe se llamaba Cristóbal. Una tarde, cuando íbamos en tercero de secundaria, la maestra hizo una pregunta sobre cómo lograr la paz en el mundo. Todos mis compañeros tuvieron una opinión, yo me quedé callada pensando que estaban diciendo pendejadas (aunque no hubiera sabido decir por qué). Al final habló Cristóbal y dijo que la paz no era para los seres humanos, que la paz no podía instalarse por completo en ninguna comunidad porque hay una guerra que es imposible terminar, la guerra que cada quien tiene adentro de sí mismo, que siempre habría una guerra en nuestros pensamientos. El salón se quedó en silencio y la maestra tartamudeó un poco antes de pasar a otro tema.
Esa noche Cristóbal y yo nos hicimos novios, cuatro años después él se ahorcó en su habitación. Han pasado 23 años desde entonces y creo que es la primera vez que lo evoco sin un poco de resentimiento.

domingo, 13 de mayo de 2018

De la infancia



Leí el libro hace como dos años (o tal vez tres o cuatro) y de alguna forma la historia me atrapó, aunque por ese entonces tenía poca energía. En esa época andaba con la inquietud de organizar un ciclo de cine sobre infancia, mi trabajo consistía básicamente en buscar maneras de hacer visible que la pobreza y la violencia son una combinación nefasta para el desarrollo infantil y, por ende, para la humanidad, así que comencé a googlear:
películas niñez
películas infancia violencia
peículas mexicanas infancia violencia o frases parecidas, supongo, y qe se me aparece De la infancia, película dirigida por Carlos Carrera y basada en la novela de Mario González Suárez. Hice un rastreo en internet, no estaba disponible por ninguna parte. Le pregunté a una de las personas más conocedoras de cine en Puebla, se puso a investigar y me comentó que, según alguien que había trabajado en la producción, la película existía, había ganado un premio internacional,  no se había exhibido de modo comercial y era absolutamente inaccesible.
Claro, se despertó mi curiosidad pero, sobre todo, la imaginación se me echó a volar. Pensé, no sé por qué, que si la película existía tal vez podríamos hacer una función especial en apoyo a la causa y la fundación en donde trabajaba.
Le escribí al contacto que había estado en el equipo de producción. Me respondió en tono relajado que lo último que había sabido de la película era que seguía "enlatada"
Hablé con gente del Consejo directivo de la Fundación y conseguí el mail de la guionista. Escribí un cordial saludo, presenté a la Fundación y encuadré el proyecto. Por segunda vez, muy amablemente me dijeron que la película no podía exhibirse, que estaba enlatada.
Pues bueno, muchas gracias.
Mientras esto pasaba en la oficina, en mi casa tenía ya el libro. De esa primera lectura, me  gustó la contundencia con que se plantea la cuestión de la transmisión intergeneracional de la pobreza, la violencia familiar y la importancia de lo sobrenatural. Más o menos eso fue lo que entendí en ese tiempo en el que concentrarme era difícil.
El tiempo pasó.
El autor de la novela vino a la ciudad a dar una conferencia sobre José Revueltas. Muy buena, fue un placer escucharlo hablar. Al final le pregunté por la película. No estaba seguro de la razón por la que había sido enlatada, que si deudas de posproducción, que si la consideraron no apta para la idiosincrasia mexicana. El misterio, la curiosidad ahí.
Hace poco estrenaron por fín la película en la Ciudad de México. Estuve a punto de hacer el viaje exclusivamente para verla en la Cineteca Nacional. No fuí, me frustré un poco pero no estuvo tan mal porque pude releer el libro. Esta vez  me impresionó mucho más, pude fijar mejor mi atención en los personajes y hubo muchos pasajes en los que pensé "esto debe ser muy difícil de poner en una pelicula"
Hace un par de semanas comenzó el Festival Internacional 5 de Mayo en la Ciudad de Puebla, me brincó el corazón cuando ví anunciada De la infancia. Hay muchas diferencias entre el libro y la película, pero me parece que en esencia la fuerza transgresora de la historia radica en que muestra una humanidad que se devora a sí misma, una sociedad caníbal de la que acaso se puede escapar aplicando la fuerza correctiva de la imaginación. 

domingo, 8 de abril de 2018

Paseo matinal


Siete de la mañana. Domingo. Gandalf, mi perro, se queja en el patio, quiere entrar a la casa, que le acaricie la panza o, más bien, ha de querer salir a caminar. Dar un paseo temprano. Respiro hondo. Un paseo sería bueno para los dos. Me estiro, en menos de diez minutos puedo estar lista: tengo una gorra roja que utilizo para ocultar el desastre de mi cabellera y un cajón lleno de bufandas para envolverme el cuello. Sí, aunque sea primavera, mi garganta es débil y el fresco de la mañana siempre le hace mella.
Paso al baño, me pongo pantalones, tenis y una chamarra de mezclilla. Gorra, bufanda rosa. Cero en estilo, pero Gandalf me pone diez en puntualidad y diversión. A las 7:10 am salimos a la calle.
Audífonos, música en el celular. Playlist que combina Patti Smith, Gogol Bordello, Cerati y Joaquin Sabina, entre otros. Gandalf, el husky siberiano, su correa y yo nos entregamos a la ciudad. Decido ir en dirección al sur, las calles están vacías y hay menos basura que si camino al oriente. Siempre voy hacia el sur o hacia el oriente, aunque no exactamente sobre las mismas calles, me hace ilusión romper la rutina en los ejercicios que parecen más insignificantes. Así me digo que ningún día es igual a otro y que nunca me aplastará lo ordinario.
Gandalf camina alterado, guiado por su olfato se detiene en rincones, en las raíces de los árboles, frente a las viviendas de otros perros. A veces los perros ladran desde el interior de sus casa, parecen enojados. Quizá les molesta que otros de su especie anden afuera, paseando, aunque lo hagan atados por el cuello y controlados por humanos.
Las calles están casi desiertas y a esta hora el sol es agradable, se insinúa con cortesía, acompaña sin molestar. A las doce del día comenzará a hartarse de la Tierra y de sus habitantes y a las dos de la tarde nos mentará la madre. El sol. A las dos de la tarde adentro de un coche en medio del tráfico. Infernal. Pero nada, a las ocho de la mañana es inofensivo. Hemos caminado trece calles. Paz total. Paz en los pies. Paz mental.
A veces Gandalf quiere correr y yo le pongo el freno jalando la correa, diciéndole ¡No! Tal vez debería simplemente echarme a correr, pero me siento incapaz, pesada. Tengo siete kilos de más, es la verdad. Sé que caminar con mi perro no es ejercicio suficiente, pero me consuelo pensando que peor sería no hacer nada y seguir echada bajo las sábanas, tan tibia y tan cómoda, volviéndome obesa más y más. Qué bonito es decir obesa en vez de gorda. En todo caso, me motiva más escapar de la obesidad, que escapar de la gordura. De cariño te pueden llamar gordita, pero obesita sonaría indefectiblemente a una gran burla.
Llegamos al parque, ahí aprovecho para sentarme. Afortunadamente no hay nadie, Gandalf se dedica a oliscar aquí y allá. Tierra, pasto, concreto, árboles. Considero un deber sacarlo a pasear porque la idea de que pase el día entero en el patio me enferma. Será que yo no soporto sentirme encerrada. Bostezo, en realidad no me habría caído mal dormir otro rato. Vámonos, es hora de regresar. Ojalá ya esté hecho el desayuno.
Ya cansado, es más fácil caminar contigo. El olfato ya no te domina y vas más lento, más a mi paso. Elijo explorar las privadas, paso por mi antigua oficina. Me alegro de haberla dejado. Frente a un cristal nos detenemos, me acomodo el gorro, te miras con desinterés.
Tardamos más o menos una hora y cuarenta y cinco minutos en recorrer veintiséis calles. Creo que no somos muy veloces, pero es domingo temprano ¿quién tiene prisa? Ni tú, ni yo. Eres muy guapo. A veces te imagino humanizado, alto y caminando en dos patas, vestido con ropa casual. Suena Calamaro "Gandalf, no me claves tus puñales por la espalda" canto en mi mente y sonrío.
Hemos regresado a casa. Vete al patio que voy a hacer el jugo.

viernes, 16 de febrero de 2018

La ropa

 La ropa está en el escritorio y ese no es su lugar, eso lo sé. Avanzo torpemente para tomarla y por un minuto me quedo parada frente al escritorio, no, a un lado, con la ropa en las manos. Tampoco. Mis manos no son lugar para la ropa, todo está en desorden. Trago saliva, recuerdo. También me trago un recuerdo. Anoche, ayer, estuve en una fiesta, comí bocadillos de atún y tomé varios martinis. Me apesta la boca.
Extiendo la ropa y me doy cuenta: no es mía. Demasiado pequeña, lentejuelas, encaje. Dudo de todas maneras, porque sí, por costumbre. Además, no veo más ropa cerca. No hay muchas cosas, pero todo está fuera de su lugar. Las sábanas en el suelo, la cajetilla en la cama, colillas cerca de mis pies, papel higiénico arrugado sobre el buró, manchas en el espejo. Las manchas van en cualquier parte, pienso. Esas están en su lugar.
Hay silencio.
La duda me da qué hacer y trato de meterme en una minifalda roja en la que mi cadera no cabe. Estoy inquieta ¿usar unos calzones ajenos es mejor que no usar calzones? Mi ropa debe estar en algún lado. Fuera de su lugar porque su lugar soy yo. Yo soy el lugar en donde va mi ropa. Recuerdo mis pantalones azules de pana, mi calzones negros, mi blusa rosada, mis calcetines a rayas. Lo imagino todo hecho bolas, vacío, absurdo e inútil. Todo lo compré hace una semana, con mi primer sueldo. También compré una pashmina para mi madre. Ella, cuando se enoja conmigo me llama diabla. Desde niña, diabla me parece una palabra horrible.
Si me pusiera esta minifalda roja y una diadema con cuernos sí parecería una diabla, en especial si me quedara con las tetas de fuera. Lloro, siempre que mi madre me llama diabla, lloro. Cuando me dice gorda siento coraje.
Tal vez mi ropa se haya escondido bajo la cama.
Sólo están mis botas, amo mis botas. Rudas y polvosas. Me las llevé a la montaña cuando fui con Gerardo.
¡Gerardo! Esta es la casa de Gerardo. Tendría que ser, pero no parece, ni aparece mi ropa ¿por qué no existe la magia? Cómo quisiera mover la nariz y estar vestida y en mi cuarto. O practicar un hechizo para  no ser vista por quien está a punto de abrir la puerta.

domingo, 14 de enero de 2018

Cuando una llora mucho
duele la cara, duelen los ojos y atrás de los ojos
se te mete el mundo contaminado y entero en la cabeza
explota todo
la boca se hincha y la nariz se inunda
y es un peso aplastante y un alivio
porque sabes que el mundo está lleno
de bocas inundadas
y tu boca se derrumba y se derriba
y adentro del corazón te da zarpazos
un gato-monstruo de afiladìsimas garras
Al llorar de verdad el cuerpo se desbarata
se transfigura  y se deforma
Nada importa y duele el universo entero



martes, 2 de enero de 2018

Propósitos




Una no se propone ser una misma
Se propone ser otra
Más puntual
Más ordenada
Más deportista
Más feliz
Más sociable
Otra persona, pues.
Una persona diferente
Alguien extraño
Una quiere dejar de ser
Mudar de existencia
Escapar constantemente