Blackbird fly
Into the light of the dark black night…
Into the light of the dark black night…
Siento que algo de mí morirá cuando ella muera, algo pequeño, como el extremo de una raíz que se seca. La veo acostada en la habitación de una casa en donde últimamente ha habido muchas discusiones. Apacible en una ciudad violenta junto al mar, mi abuela es de verdad. Tiene el cabello blanco y luminoso, su piel parece hecha de una tela absurdamente fina que seduce mi tacto. Le acaricio las manos y los bracitos. Alguna vez fueron brazos entusiastas que atendieron negocios, criaron hijos, nadaron en el mar ¿Cuánto se puede hacer en cien años, o en noventa, o en veinte? No lo sé, pero el final de la vida me conmueve.
Una vez le rezongué a mi abuela. Fuimos a la feria, me subí a las tazas voladoras y vomité. Las siguientes dos horas se la pasó preguntándome si seguía mareada, si ya me sentía bien. Yo estaba más bien muerta de vergüenza -vomitar me resultaba particularmente vergonzoso- a la quinta vez que me preguntó, volteé para decirle con los ojos muy abiertos y apretando los puños que ya no me estuviera molestando. Fui muy grosera, pero sé que no me delató y no volvió a preguntarme.
Otra vez la acompañé a comprarse unos zapatos, con actitud anodina le sugerí unos zapatos negros sin adornos, eligió unos con un broche plateado y me aleccionó "los zapatos bonitos son los que tienen algo que brilla, a mí me gusta que brillen" Nunca lo he olvidado.
Pasó una Navidad en casa, pocos meses antes mi madre había tenido una operación de columna y mi abuela estuvo con nosotros durante su recuperación. Claro, cocinando y ayudando en todo lo que podía. Preparaba unas tortitas de papa exquisitas, las freía una por una, con mucha paciencia y cariño, supongo. Esa Navidad estuvimos contentas porque mi mamá estaba casi recuperada de la cirugía. Recuerdo que con una alegría un poco forzada, le dije a mi abuela que bailara conmigo. La hice dar de vueltas en la sala durante un par de cumbias.
Cuando me casé, vino a la boda con su hermana Colombina, me abrazó y me dio su bendición. También vino a la boda de mi hermano. Tengo carpetas bordadas por sus manos y cobijas tejidas también por esas manos que ahora se mueven sordomudas en un presente que ya no significa nada.Tengo el corazón un poco roto porque he comprobado que al cuerpo le cabe poca vida, porque la muerte es como un lobo de cien cabezas invisibles que tarde o temprano, rápido o poco a poco, se comerá el corazón de quienes amo y el mío propio.
Había unas muñecas de trapo, hermosas, pequeñas, medianas y grandes. No se si las hacía ella o mi bisabuela, eran unas muñecas hermosas... no conservo ninguna.






