Siete de la mañana. Domingo. Gandalf, mi perro, se queja en el patio, quiere entrar a la casa, que le acaricie la panza o, más bien, ha de querer salir a caminar. Dar un paseo temprano. Respiro hondo. Un paseo sería bueno para los dos. Me estiro, en menos de diez minutos puedo estar lista: tengo una gorra roja que utilizo para ocultar el desastre de mi cabellera y un cajón lleno de bufandas para envolverme el cuello. Sí, aunque sea primavera, mi garganta es débil y el fresco de la mañana siempre le hace mella.
Paso al baño, me pongo pantalones, tenis y una chamarra de mezclilla. Gorra, bufanda rosa. Cero en estilo, pero Gandalf me pone diez en puntualidad y diversión. A las 7:10 am salimos a la calle.
Audífonos, música en el celular. Playlist que combina Patti Smith, Gogol Bordello, Cerati y Joaquin Sabina, entre otros. Gandalf, el husky siberiano, su correa y yo nos entregamos a la ciudad. Decido ir en dirección al sur, las calles están vacías y hay menos basura que si camino al oriente. Siempre voy hacia el sur o hacia el oriente, aunque no exactamente sobre las mismas calles, me hace ilusión romper la rutina en los ejercicios que parecen más insignificantes. Así me digo que ningún día es igual a otro y que nunca me aplastará lo ordinario.
Gandalf camina alterado, guiado por su olfato se detiene en rincones, en las raíces de los árboles, frente a las viviendas de otros perros. A veces los perros ladran desde el interior de sus casa, parecen enojados. Quizá les molesta que otros de su especie anden afuera, paseando, aunque lo hagan atados por el cuello y controlados por humanos.
Las calles están casi desiertas y a esta hora el sol es agradable, se insinúa con cortesía, acompaña sin molestar. A las doce del día comenzará a hartarse de la Tierra y de sus habitantes y a las dos de la tarde nos mentará la madre. El sol. A las dos de la tarde adentro de un coche en medio del tráfico. Infernal. Pero nada, a las ocho de la mañana es inofensivo. Hemos caminado trece calles. Paz total. Paz en los pies. Paz mental.
A veces Gandalf quiere correr y yo le pongo el freno jalando la correa, diciéndole ¡No! Tal vez debería simplemente echarme a correr, pero me siento incapaz, pesada. Tengo siete kilos de más, es la verdad. Sé que caminar con mi perro no es ejercicio suficiente, pero me consuelo pensando que peor sería no hacer nada y seguir echada bajo las sábanas, tan tibia y tan cómoda, volviéndome obesa más y más. Qué bonito es decir obesa en vez de gorda. En todo caso, me motiva más escapar de la obesidad, que escapar de la gordura. De cariño te pueden llamar gordita, pero obesita sonaría indefectiblemente a una gran burla.
Llegamos al parque, ahí aprovecho para sentarme. Afortunadamente no hay nadie, Gandalf se dedica a oliscar aquí y allá. Tierra, pasto, concreto, árboles. Considero un deber sacarlo a pasear porque la idea de que pase el día entero en el patio me enferma. Será que yo no soporto sentirme encerrada. Bostezo, en realidad no me habría caído mal dormir otro rato. Vámonos, es hora de regresar. Ojalá ya esté hecho el desayuno.
Ya cansado, es más fácil caminar contigo. El olfato ya no te domina y vas más lento, más a mi paso. Elijo explorar las privadas, paso por mi antigua oficina. Me alegro de haberla dejado. Frente a un cristal nos detenemos, me acomodo el gorro, te miras con desinterés.
Tardamos más o menos una hora y cuarenta y cinco minutos en recorrer veintiséis calles. Creo que no somos muy veloces, pero es domingo temprano ¿quién tiene prisa? Ni tú, ni yo. Eres muy guapo. A veces te imagino humanizado, alto y caminando en dos patas, vestido con ropa casual. Suena Calamaro "Gandalf, no me claves tus puñales por la espalda" canto en mi mente y sonrío.
Hemos regresado a casa. Vete al patio que voy a hacer el jugo.

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