jueves, 31 de julio de 2014

Del insecticida, la teta y la foto

En tu oficina las horas pasan lentamente, en especial si están tus compañeros y si hace calor. Tu  escritorio está en el tercer piso,  cerca de la escalera y lejos de las ventanas. Preferirías trabajar en el cuartito de la azotea con tal de no tener que pasar tanto tiempo rodeada de gente, pero claro, no lo dirás jamás porque quieres parecer normal. Cuando te sientes cansada  bajas a la cocina, te preparas un té deloquehay y vuelves a  tu lugar para beberlo mientras revisas el facebook en tu celular. Escribes alguna estupidez, asignas algunos likes, juzgas la falta de sensibilidad, el optimismo hueco o el escaso juicio de tus contactos e intentas un comentario inteligente para algo que consideras importante.  Antes de que la taza se vacíe, pero cuando el té ya está tibio, regresas a trabajar. Puc, puc, puc-pucpucpuc, pu, puc, puc, el ir y venir de tus dedos sobre el teclado te parece un bailecito entretenido, al principio evita que te duermas pero después de un par de horas se convierte en un arrullo y vuelves a levantarte. Esta vez vas al baño.

Sigues pensando en tu trabajo: como siempre, anuncias lo efectivo que es el producto que fabrica la empresa: acaba con cucarachas, hormigas y una amplia variedad de insectos voladores y rastreros, no tiene ninguna clase de efecto nocivo en los seres humanos ni en las mascotas, su aroma a rosas se desvanece en cuestión de una hora y no sólo no daña el medio ambiente sino que restaura la capa de ozono. Llevas en ese empleo  casi dos años y piensas que lo único que no has dicho es que el insecticida es tan saludable como la leche materna.  En esa idea absurda te detienes, te subes los calzones, te acomodas la falda.  Después de lavarte las manos, burlonamente te sacas una teta frente al espejo y te  la imaginas con el logo del Súper Insecticida: Mata todo, hasta el aburrimiento. Sería una gran imagen publicitaria ¿Y por qué no?  Tienes pechos bonitos, ni  muy grandes ni muy pequeños.  Jugosos y del tamaño perfecto, según te lo han dicho varias veces.  Tomas tu celular y enfocas, claro que lo tienes a la mano, no lo dejas ni para ir a mear.  Ahí, en el baño de la empresa que produce el  mejor insecticida del mundo,  para distraerte te fotografías  enseñando una chichi. Revisas la imagen, nada mal.

De nuevo frente al monitor, no te concentras con rapidez, te inquieta la foto que tomaste. Con discreción vuelves a verla. Ciertamente es muy buena  “¿Mmhh qué haré con esto?” te preguntas. Se la podrías enviar a ese novio que tienes, pero  la relación se ha tornado aburrida y la idea ya no te entusiasma. Publicarla en facebook… eso sería bueno, pero te da pena. Un poco de pena ¿qué podría pasar? La  web está llena de imágenes  mil veces más atrevidas ¿qué dirían tus contactos?   sobre todo ¿qué dirían tus contactas? Seguro que  a  tus amigos hombres les gustaría la foto, tienes algunos listos que la apreciarían   sin  morbo. Pero tus contactas no van a bajarte de  puta y liviana. No es que eso  sea demasiado grave, porque tu  problema, de hecho, es que no eres tan puta ni  tan  liviana como quisieras. En fin, sigue haciendo calor, se hace tarde y todavía no acabas de hablar del insecticida: pucpucpuc, puc---puc ---Puc, puc. Ya  decidirás luego qué hacer con la foto.



domingo, 27 de julio de 2014

Defecto visual

Lo mejor que podría hacer sería dormir profundamente, pero en su condición es imposible porque tiene el cuerpo cubierto de ojos. Cada poro suyo es un ojo diminuto deseando ver algo, encontrar en la oscuridad una respuesta. Cada uno lanza una pregunta microscópica como una mordida al aire, permanece abierto y ante el vacío, sólo queda el hambre. Los ojos en su piel sienten fastidio pero no se cierran jamás todos al mismo tiempo. Deberían hacerlo, debería ser cuestión de controlar sólo el par de ojos bajo su frente, pero no. Sus millones de ojitos se encuentran anhelantes: los ojos de sus mejillas, los de su abdomen, los ojos en su boca y sus orejas. Los ojos de su sexo y de sus nalgas están enloquecidos, nunca duermen. Los ojos de los pies y de las yemas de sus dedos son, no obstante, los más difíciles de controlar, ellos guardan gran parte de su caos.
Cuando logra cerrar por un instante la mitad de los ojos que posee, entonces, deja de demandarle al mundo todo lo que nadie puede darle y se le quita el miedo. Cree que si pudiera coordinar sus parpadeos, sumirse en la oscuridad completamente, respirar  y dejar de desearlo todo a cada instante se sentiría mejor. Ilusa, en ese momento lloraría sangre.

jueves, 17 de julio de 2014

Las clases de taekwondo.

Me tiemblan las manos sin razón aparente. Se trata de un lunes como cualquier lunes, lo único extraordinario es que me caí de camino a la oficina y me raspé las rodillas, o de eso tengo que convencerme. Nadie debería sorprenderse porque, en general, soy bastante torpe.  Soy de esa gente que olvida y pierde todo: el hilo de la conversación, las llaves, los anteojos. Lo he perdido todo menos el miedo, el tiempo lo pierdo siempre: todos los días me quedo en la cama hasta treinta minutos después de que suena el despertador. No me vuelvo a dormir, ni me acurruco, ni me masturbo. Me quedo mirando el techo, deseando estar en otro lugar o no salir nunca de casa.  Cuando no aguanto las ganas de orinar me levanto de un salto, paso por la regadera,  me visto como sea  y salgo. Llego a trabajar a las 9 con diez minutos, sólo para que la gente de  Erre Ache no pueda sancionarme. Digo buenos días, pongo la cafetera, limpio mis lentes, sonrío.
Me duelen las rodillas, en la izquierda tengo una herida que sangra un poco, en la derecha un raspón y un morete. Mientras me lavo, alguien llora en el pasillo, alguien más levanta la voz, quien llora se aleja corriendo.  Fuera del baño está  Vicente, nunca me ha caído bien,  ahora tiene el rostro enrojecido y aprieta los puños. Nos saludamos apenas.  La que lloraba debió ser  Pipis, la secretaria del jefe. Los clichés son aburridos y los clichés de oficina son además patéticos.

Frente a la computadora, dos horas después, las heridas aun me punzan. Caí con fuerza, también en las palmas de las manos me queda memoria de la caída. ¿Dónde estará él? Debió pensar que robarme el celular iba a ser fácil porque tengo poca altura, porque toda mi atención estaba puesta en sacar una buena toma de aquel árbol para mi galería en instagram. Pobre, no contaba con que mi mamá me llevó a clases de taekwondo desde los ocho años ni con que la rabia que traigo adentro se dispara como eyaculación de preso en visita conyugal. Seguro lo golpeé de más. Seguro que la lluvia de patadas  en su cabeza fue algo innecesario. De cualquier forma, espero que a este sí  lo identifiquen como ladrón de celulares y no que lo hagan aparecer como una blanca paloma muerta a manos de un  psicópata equis.  La vida no  es justa: Yo soy una persona que llega puntualmente a su trabajo, ellos  son ladronzuelos que no tienen empacho en arrebatarle a la gente lo que ha ganado con el sudor de su frente. Es lógico que desaten mi furia.