martes, 8 de noviembre de 2011

En el intErior

Aunque las he deseado siempre, no podría vivir dos vidas si las tuviera. Estoy hecha para las raíces, aunque ansío los vuelos. Por eso soy una excelente soñadora y tengo dos cisnes enredados por el cuello ocultos en mi caja torácica: uno es azul, como la mayoría de la ropa que guardo en mis cajones; el otro es dorado, como el color que siempre quise utilizar en mis dibujos infantiles.

viernes, 14 de octubre de 2011

Sin uno

Me busco en la prisa, sin pretensiones ya. Sólo quiero atravesar los minutos y quedar en buen estado. No hace falta sonreir, con no estrellarme es suficiente. Si pudiera quitarme el laberinto lo haría. Si pudiera dejar de atraer alimañas con mi magia no dejaría de hacerlo. Es viernes y los viernes son todo menos una piedra en el zapato.

lunes, 26 de septiembre de 2011

De vez en cuando así.

¿Y qué? Estoy harta de soñar y  creo que la gente habla de más casi todo el tiempo. Pocas son las palabras que valen la pena. Es prácticamente imposible escapar de la redundancia. Se quejó un joven albañil: "Hay gente que nada más habla porque tiene boca"

jueves, 7 de julio de 2011

Alucinaciones

Lucho contra mi concentración difusa que es, por lo tanto, inexistente. La locura no puedo permitirmela. De día la gente debe trabajar, tener ideas brillantes, espíritu de lider, sentirse bien ¿Cómo y por qué lo encuentro tan difícil? ¿Por qué tengo un fantasma en esta esquina y en esa otra hay un abismo? ¿Por qué? si los demás ven un escritorio y una lámpara nomás.

jueves, 2 de junio de 2011

¿Qué más?

Una tregua. Un sueño. Un parpadeo y cinco segundos en Wonderland. Había un parque de diversiones en su rostro antes de que se convirtiera en un dragón de Komodo. Todo estaba resuelto entonces, cuando atravesamos el rio para acostarnos en el cielo...Ahora, del trabajo a la casa, hasta los muebles se encuentran inconclusos, ni la risa ni el llanto contienen ya certeza alguna.

martes, 17 de mayo de 2011

Boca que duda

Estoy en cama y sueño. Me preguntan mi nombre, qué hago en mi tiempo libre, qué recuerdos conservo, a qué animal me parezco, qué canción me describe. Respuestas imposibles pero algo seré capaz de inventar. Pediré que me llamen Sisi, diré que juego ajedrez, leo y resuelvo crucigramas. Que soy uno de esos animales que de tanto vivir en la oscuridad ya no tienen ojos, que ninguna canción podría describirme y que del pasado no recuerdo nada. Agregaré además que los cadáveres me causan repulsión, que la amabilidad excesiva me parece urticante y que las mentiras pueden llegar a ser obras de arte.

viernes, 15 de abril de 2011

Acting out. I

Tengo unas ganas tremendas y enfermas de mentir ¿Quién cae al agua? ¿Quién se encadenaría las muñecas y se tiraría al lago? ¿O al pantano? ¿O al rio? No se trata sólo de saltar del banco y tensar la cuerda. Ella decidió ir más allá, mucho más lejos. Por supuesto, nunca ha sabido con exactitud cómo ni a dónde.
Hace tiempo deseaba enredarse y perderse hasta desaparecer, pero en vez de eso se casó por la iglesia y tuvo un hijo. Ansiaba tener dos vidas pero aniquiló –o intentó hacerlo- a la mujer que quería promiscuidad y vicios sempiternos. Fornicó una o dos veces en la vía pública y en la madrugada, también viajó a las montañas con el único propósito de alucinar y  estuvo a punto de perder la razón de modo irreversible.
Esa noche comió hongos despreocupadamente, estaba cansada por las horas de viaje, la gente amontonada en las camionetas, el ascenso, el calor…el sexo. Al principio las luces sobre su cuerpo la alegraron, le produjeron una conmoción muy dulce, pero de pronto, lo recuerda bien, todo dio un vuelco por culpa de la penca de sábila que alguien había colgado en una pared de la cabaña, cerca de la cama. Todo se volvió oscuro y pesado. Un mareo la golpeó, después la náusea y finalmente el vómito. Expulsó por la boca y la nariz una gran cantidad de alimañas negras y enlodadas: Serpientes, sapos, arañas y ranas. La purificación le duraría muy poco sin embargo.
Después volvería a comer hongos, todas las veces con música y mesura y en espacios abiertos, para contemplar el paisaje y andar entre la neblina y las luciérnagas. La convicción de que la realidad se multiplica en el espacio y en el tiempo la ha acompañado desde que, luego de llorar cuarenta días y cuarenta noches, se hizo amiga de un hombre que le doblaba la edad y estaba convencido de la magia secreta de las cosas. Luego de la muerte de ese hombre, por mucho tiempo procuró no pensar en eso porque la rutina se le volvía exasperante, como un cerdo haciendo ruido, comiendo desperdicios y pesando toneladas.
Mirada desde afuera no había nada de malo en su rutina: hijos hermosos, empleo agradable, tesis de grado, marido (no podía faltar una piedra en el zapato). Se sabe afortunada pero de todos modos nunca ha sido feliz completamente. Y no lo ha sido a propósito, alguna vez me dijo que la felicidad tenía que ver con la renuncia, la conformidad y la simpleza.

jueves, 17 de marzo de 2011

Expertise

He llegado a dominar el arte de equivocarme todo el tiempo, no sin pesar. Sé que en una noche pueden caber varios días, años incluso,  y que en un dia normal no hay espacio para niguna noche que no sea extraordinarioa.
Sé que el tiempo es de goma y que no hacemos más que repetirnos. Que si una imagen se multiplica frente a mi yo también puedo multiplicar mis ojos.
Sé las cosas que sé, y no son demasiadas.Sé que me gusta buscar entre la niebla la voz de mis amigos y que neblina no es una palabra sino un juego, un columpio para el pensamiento.

martes, 22 de febrero de 2011

Sopor

Hace tiempo no tenía esta sensación. Compresión de las sienes, el sueño como una roca en el bulbo raquideo. Oxígeno insuficiente. Impulso de escapar. Salir de aquí. Despacio, simplemente apagar la computadora y caminar pausadamente hasta la calle buscando un poco de aire fresco y sol. Podría llegar a ese lugar al que no voy hace años, tal vez hayan construido un conjunto habitacional y no exista más. O quizás podría volver a tumbarme sobre la hierba y bajo un árbol a mirar el cielo y las nubes. Respirar profundo cerca de la tierra y quitarme este sentimiento de que la vida está en algún otro sitio lejos de aquí, en otra parte pues (plagio necesario, ineludible). Hoy quiero volar y aquí mismo, de un cajón, he sacado mis alas ajadas e irrompibles.

jueves, 3 de febrero de 2011

Esperando al licenciado

¿Quién trabaja? Nadie trabaja aquí. Discuten por la propiedad de las hojas. Se pasan todo el rato escribiendo mensajes en su celular. Alguien se siente mal porque no ha tomado café en todo el día (son las 10: 15 am). Esa misma persona se da cuenta de que no se ha maquillado y se siente avergonzada. Ayer tuvo dolores provocados por la gastritis pero su tía le regaló magnesia. Maquillándose dice: Me veo igual, pero me siento menos peor.
El licenciado quiere que lo espere “unos veinte minutitos”. Le avisó a su secretaria, que puede hablar sin voz cuando es necesario, y también tiene la facultad de hacerse invisible ¿Quién habrá colocado esas nochebuenas de organza en la mesa de centro?
Cuadro en la pared: “Un libro en las manos de un niño es un arma menos en las manos de un hombre”… It depends on which book, I am afraid.
Desde aquí se ven los toboganes plásticos de Burger King y se oye una vieja canción. También se sienten el peso del matrimonio, frustración y ganas de orinar.
En efecto, la joven se ve igual maquillada que sin maquillaje. Espero que el licenciado no sea ese personaje obeso, calvo y mal encarado. Maquillada y con su taza de café en la mano se ofende porque siente que la han llamado vieja. Ahora se queja de sus “greñas” y viene a peinarse al espejo de la estancia porque “la Juanita está trapeando el baño” Es sincera: Un manojo de quejas.  No está cómoda con ella misma y lo expresa sin tapujos.
Ha llegado la directora, jadeando al subir las escaleras, apoyándose del hombro de un hombre que probablemente sea su familiar. El obeso no es el licenciado y sólo está parcialmente calvo.
Estoy sentada en un sillón color vino, algo viejo y de mal gusto. Frente a las nochebuenas de organza ¿Quién habrá decorado esta estancia? ¿Puesto este forro como de corcho en la pared?
El licenciado es pálido y canoso, muy amable. Me dejó en su oficina para atender un llamado de la directora “por un asunto que le está requiriendo” En la oficina: Un escritorio gigante, un perchero desnudo, juegos de copias, cajas envueltas en masking tape, una foto del licenciado junto a un payaso, el modelo de una motocicleta. Claro, también una computadora. Afuera: Baladas en español y señoritas con zapatos de tacón.

jueves, 27 de enero de 2011

Martes 25 de enero de 2011 o el día en que me monté en los diablos de una bicicleta conducida por una mujer humilde más o menos de mi edad.

Como no es extraño que me pase, bajé del autobús en el sitio incorrecto así que hube de caminar varias cuadras sobre la avenida principal, hasta donde calculé que era la 1000 poniente. Me equivoqué una vez más y después de algunas vueltas llegué a la casa donde entrevisté a Luz el año pasado. Salió a abrirme su tía, una mujer morena, delgada y amable. Me dijo que Luz ya no vivía con ellos pero que su casa no estaba lejos, que era cuestión de tomar la Calle Verdadera de Palacios todo derecho, pero no supo explicarme con exactitud en donde virar y menos aún, cómo localizar la casa de Luz. Ella casi nunca la visita y tampoco sabe a  a ciencia cierta dónde vive, si con su madre o con su abuela. La mujer tuvo una idea para ayudarme, sin embargo. Preguntó que si sabía andar en bicicleta, llena de frustración tuve que contestarle que no (Es así, a mis 35 años no sé andar en bicicleta y sé que me estoy perdiendo de un placer sencillo pero genuino).
-Porque en la bicicleta llegaríamos rápido- dijo la mujer y enseguida me miró inquisitiva y preguntó  - ¿No le da miedo irse atrás? – A lo que yo contesté resuelta con una negativa y sin pensar. La mujer entró a su casa y volvió a salir con una bicicleta rodada 26, me dio algunas indicaciones (más bien todas) y comenzamos a avanzar. En realidad, sentí una profunda angustia y creo que sujetaba con demasiada fuerza los hombros de la mujer, espero no haberla lastimado. Mientras avanzábamos, yo llena de miedo y a la vez realmente divertida (el cuadro debe haber sido entre gracioso y ridículo), la mujer me contó que había aprendido a andar en bicicleta a los 11 años, en un ratito, que tenía deseos de aprender a andar en moto y que su marido no le daba permiso de conducir un auto, que era un hombre egoísta que pensaba que sólo él podía hacer ciertas cosas. También me contó que Luz era una muchacha muy rebelde que siempre está a la defensiva pensando que todos le quieren hacer daño. Entre ella y Luz no hay una buena relación, hace meses que no se ven.
Una vez que tomamos la Calle Verdadera de Palacios mis nervios se disiparon, pero cuando pasábamos topes y cerca de automóviles, no podía evitar pensar que podía caer y fracturarme un hueso y que a mi acompañante podía pasarle lo mismo.
Llegamos por fin a donde había que abandonar la Calle Verdadera. Si no hubiera tenido que adentrarme en el terreno, hubiera pensado que era sólo un tramo lleno de escombro. En realidad, se trata de una pequeña ciudad perdida compuesta de casitas hechas de lámina y cartón. Algunas pocas bien construidas. Casi entrando, encontramos a la abuelita de Luz (afortunadamente, porque la tía ya estaba desorientada). La señora, para quien el español no es la primera lengua, nos condujo por el laberinto y después de algunas vueltas llamó a Luz con un grito.
Ella salió de su casa, un cuartito de lámina, seguida de Gaby, su hija de un año. Me reconoció y me invitó a pasar. Nos despedimos de la tía y de la abuela.
En casa de Luz hay una cama, una estufa, un ropero y cuatro sillas pequeñas. En una mesita hay un bote de yogurt, en una cubeta hay vasos. En el suelo hay una botella grande y casi llena de Coca Cola. Sin preguntar, Luz vierte un poco de refresco en un vaso y me lo ofrece. La pequeña Gaby camina por el cuarto, entra y sale, curiosea entre las cosas que llevo. Luz  me cuenta algunos cambios en su vida. Hace ocho meses que vive en ese cuartito, dejó la casa de su hermano porque tenía pleitos constantes con su tía y sus sobrinos. Ahora se dice más tranquila, viviendo únicamente con sus hijos (Orlando, de siete años estaba en la escuela). Sigue vendiendo rosas, ya no con sus tíos sino con su mamá. En Metrópolis, por las tardes, después de que Orlando sale de la escuela. Sus dos hijos la acompañan. Gaby se queda sentada en una caja de huevo la mayor parte del tiempo y entre Orlando (que pide dinero a los conductores para comprar un pan), Luz y su mamá se turnan para cuidar a la bebé. Vuelven a casa alrededor de las seis o siete de la tarde.
Luz convive con sus suegros aunque está separada del papá de sus hijos desde hace varios años. Él es chofer de transporte público y le daba su gasto, pero decidió dejarlo por infiel. Ocasionalmente el papá de los niños les compra cosas que necesitan o los lleva de paseo. El sábado pasado fueron al circo Atayde.
Luz me cuenta también de su primo, el que se metió a soldado el año pasado: Ha vuelto a casa y bebe mucho, puedo encontrarlo cualquier día porque no está trabajando. Es el mismo muchacho con talento para el dibujo que una vez deseó entrar a la escuela de artes visuales. Otro día pasaré a visitarlo.