Como no es extraño que me pase, bajé del autobús en el sitio incorrecto así que hube de caminar varias cuadras sobre la avenida principal, hasta donde calculé que era la 1000 poniente. Me equivoqué una vez más y después de algunas vueltas llegué a la casa donde entrevisté a Luz el año pasado. Salió a abrirme su tía, una mujer morena, delgada y amable. Me dijo que Luz ya no vivía con ellos pero que su casa no estaba lejos, que era cuestión de tomar la Calle Verdadera de Palacios todo derecho, pero no supo explicarme con exactitud en donde virar y menos aún, cómo localizar la casa de Luz. Ella casi nunca la visita y tampoco sabe a a ciencia cierta dónde vive, si con su madre o con su abuela. La mujer tuvo una idea para ayudarme, sin embargo. Preguntó que si sabía andar en bicicleta, llena de frustración tuve que contestarle que no (Es así, a mis 35 años no sé andar en bicicleta y sé que me estoy perdiendo de un placer sencillo pero genuino).
-Porque en la bicicleta llegaríamos rápido- dijo la mujer y enseguida me miró inquisitiva y preguntó - ¿No le da miedo irse atrás? – A lo que yo contesté resuelta con una negativa y sin pensar. La mujer entró a su casa y volvió a salir con una bicicleta rodada 26, me dio algunas indicaciones (más bien todas) y comenzamos a avanzar. En realidad, sentí una profunda angustia y creo que sujetaba con demasiada fuerza los hombros de la mujer, espero no haberla lastimado. Mientras avanzábamos, yo llena de miedo y a la vez realmente divertida (el cuadro debe haber sido entre gracioso y ridículo), la mujer me contó que había aprendido a andar en bicicleta a los 11 años, en un ratito, que tenía deseos de aprender a andar en moto y que su marido no le daba permiso de conducir un auto, que era un hombre egoísta que pensaba que sólo él podía hacer ciertas cosas. También me contó que Luz era una muchacha muy rebelde que siempre está a la defensiva pensando que todos le quieren hacer daño. Entre ella y Luz no hay una buena relación, hace meses que no se ven.
Una vez que tomamos la Calle Verdadera de Palacios mis nervios se disiparon, pero cuando pasábamos topes y cerca de automóviles, no podía evitar pensar que podía caer y fracturarme un hueso y que a mi acompañante podía pasarle lo mismo.
Llegamos por fin a donde había que abandonar la Calle Verdadera. Si no hubiera tenido que adentrarme en el terreno, hubiera pensado que era sólo un tramo lleno de escombro. En realidad, se trata de una pequeña ciudad perdida compuesta de casitas hechas de lámina y cartón. Algunas pocas bien construidas. Casi entrando, encontramos a la abuelita de Luz (afortunadamente, porque la tía ya estaba desorientada). La señora, para quien el español no es la primera lengua, nos condujo por el laberinto y después de algunas vueltas llamó a Luz con un grito.
Ella salió de su casa, un cuartito de lámina, seguida de Gaby, su hija de un año. Me reconoció y me invitó a pasar. Nos despedimos de la tía y de la abuela.
En casa de Luz hay una cama, una estufa, un ropero y cuatro sillas pequeñas. En una mesita hay un bote de yogurt, en una cubeta hay vasos. En el suelo hay una botella grande y casi llena de Coca Cola. Sin preguntar, Luz vierte un poco de refresco en un vaso y me lo ofrece. La pequeña Gaby camina por el cuarto, entra y sale, curiosea entre las cosas que llevo. Luz me cuenta algunos cambios en su vida. Hace ocho meses que vive en ese cuartito, dejó la casa de su hermano porque tenía pleitos constantes con su tía y sus sobrinos. Ahora se dice más tranquila, viviendo únicamente con sus hijos (Orlando, de siete años estaba en la escuela). Sigue vendiendo rosas, ya no con sus tíos sino con su mamá. En Metrópolis, por las tardes, después de que Orlando sale de la escuela. Sus dos hijos la acompañan. Gaby se queda sentada en una caja de huevo la mayor parte del tiempo y entre Orlando (que pide dinero a los conductores para comprar un pan), Luz y su mamá se turnan para cuidar a la bebé. Vuelven a casa alrededor de las seis o siete de la tarde.
Luz convive con sus suegros aunque está separada del papá de sus hijos desde hace varios años. Él es chofer de transporte público y le daba su gasto, pero decidió dejarlo por infiel. Ocasionalmente el papá de los niños les compra cosas que necesitan o los lleva de paseo. El sábado pasado fueron al circo Atayde.
Luz me cuenta también de su primo, el que se metió a soldado el año pasado: Ha vuelto a casa y bebe mucho, puedo encontrarlo cualquier día porque no está trabajando. Es el mismo muchacho con talento para el dibujo que una vez deseó entrar a la escuela de artes visuales. Otro día pasaré a visitarlo.
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