martes, 27 de octubre de 2020

Lo que me gusta

 



Las montañas me gustan más que el mar. Me gusta tomar té a cualquier hora, especialmente a media tarde si está nublado y hay silencio combinado con flores. Me gustan los jardines, me gusta caminar hasta cansarme y sudar. Me gusta ejercitarme temprano en la mañana, tomar baños de agua tibia en invierno y baños de agua fría cuando hace mucho calor. Me gusta detenerme y pensar que todo va a estar bien aunque el mundo y mis relaciones se estén despedazando. Me gusta mi gato cuando duerme y respira profundo y me entretengo mirando cómo sube y baja su pelaje, me gustan los movimientos así, suaves y continuos, como el chorro de miel que cae sobre si mismo, como las pirinolas cuando giran -me gustaría un jardín de pirinolas girando para siempre-

Se me antoja sentarme a hablar con alguien espalda con espalda en la punta de un cerro o en alguna azotea, mirar el cielo y escuchar buena música. Encender un cigarro de algo y pretender que todo va a estar bien en medio del desastre. Me gustan la esperanza, las bromas y los ojos castaños. Las bocas grandes, los guitarristas, los conciertos, bailar en la cocina olvidándolo todo. Me gustan los sueños, como casi nunca recuerdo los míos, suelo preguntar por los sueños de otros.

Me disgustan los gritos, el hígado de res, el desorden excesivo, la crueldad  y la mugre. Cuando veo las noticias me gusta imaginar que cae un gran meteorito y que se acaba el mundo.

jueves, 25 de abril de 2019

Antes del huracán




Llegué a esta novela de Kiko Amat porque lo mencionó Mau en un capítulo de La Palabra Feroz, mi podcast favorito. Tuve la fortuna de encontrarme con Mau en instagram (creo que fue en la cuenta de richivanwatts -ya no me acuerdo bien del nombre, pero es un británico atractivo, joven y calvo que toma unas fotos chingonas en blanco y negro). Bueno, en ese podcast escuché algo sobre Kiko Amat y luego lo Googleé. Resulta que es un escritor que también es DJ y que ha publicado varias novelas en donde la música juega un papel importante.
Antes del Huracán no tiene que ver mucho con la música, el hilo conductor es la soledad, la incapacidad de conectarse con los demás. El personaje que nos cuenta su propia historia se llama Curro, y es  un hombre como de cuarenta y pico de años que está recluido en un hospital psiquiátrico. Amat presenta fragmentos del pasado de Curro que nos ayudan a entender cómo es que  termina por desconectarse tan dramáticamente de lo que llamamos realidad, esto es, de los conocimientos y prácticas que de alguna manera compartimos con los demás.
 El trastorno mental de Curro se debe, en parte, a factores genéticos: el abuelo enloqueció porque peleó una guerra, incluso estuvo internado en Saint Bois. Además, como catalizadores muy potentes, encontramos a un padre ausente  y a una madre emocionalmente muy inestable, acomplejada y codependiente.
En un momento de lucidez, Curro habla de una membrana extendida a lo largo de todo el cuerpo. Esta capa invisible lo mantiene aislado, le impide sentir y conectarse con el mundo y con las demás personas. Eso, me parece,  es lo que desata la locura. Todas las personas experimentamos momentos en los que nos sentimos ajenas a lo que  estamos viviendo, momentos en los que nos sentimos atrapadas, como si estuviéramos fingiendo. Algunas personas se acostumbran a eso, pero otras lo encuentran insoportable. Algunas personas tienen un membrana permeable y pueden entablar relaciones fácilmente y ser ellas mismas; a otras nos cuesta trabajo y otras, como Curro, no pueden traspasar esa membrana casi nunca.
Antes del Huracán es una novela que sorprende, hay que leerla.

viernes, 11 de enero de 2019

Vuelos en dinosaurio

Cuando nos conocimos, en tercero de primaria, varias veces nos clavamos imaginando carreras de dinosaurios. Yo volaba en un pterodáctilo y él, más pretencioso, competía en coloridos quetzalcoatlus o en arqueoptérix gigantes, de esos animales yo ni el nombre podía pronunciar bien.
Solamente convivimos un ciclo escolar, ni más ni menos. Después de la ceremonia de clausura, metí mi ropa y mis juguetes en una maleta; me llevaron a vivir a una casa más chica y me inscribieron en una escuela pública. Siempre me ha costado trabajo hacer amigos, pero los tres últimos años de la primaria fueron los más rudos. Tuve muchas clases teórico- prácticas sobre crueldad infantil, si me aplicara, podría escribir varios tomos de burlas e insultos para niños afeminados con problemas de aprendizaje y sobrepeso. Pero prefiero no pensar mucho en eso. Cuando recuerdo la primaria, Raúl es lo primero que aparece: un niño que usaba lentes gigantes, un cerebrito que asombraba a todos porque era muy bueno para el cálculo mental.
Acostados en el parque con los ojos cerrados, recorríamos paisajes prehistóricos a toda velocidad. Éramos jinetes o pilotos (nunca nos pusimos de acuerdo) montados en lomos de dinosaurios (máquinas vivas y enormes). Él inventó ese juego y me encantaba. Otros niños intentaron jugar pero no lograron conectarse, Raúl y yo nos deslizábamos en una narración vertiginosa alimentada por imágenes de películas y de fotografías y, sobre todo, por el deseo de perdernos el postre de gritos y violencia que todos los días nos preparaban en casa. Una noche, lleno de rabia, en vez de golpear la pared con los puños como de costumbre, comencé a dibujarme junto a Raúl y a dos dinosaurios. Durante varias noches agregué trazos, colores y sombras. Fue mi primer dibujo de calidad, todavía lo conservo.
Hace poco tecleé el nombre completo de Raúl en el buscador de Facebook. Hallé un perfil inactivo desde hace varios meses, no muy interesante, salpicado de dinosaurios aquí y allá.  Husmeando en su lista de amigos, ubiqué un contacto común y averigüé que Raúl se encuentra en coma y que todavía vive en la colonia Hogar Moderno.
Camino despacio, la escuela sigue frente al parque, llena de los alumnos del turno vespertino. El barrio no ha cambiado mucho, solamente me parece todo más pequeño y más feo. No conocía la casa de Raúl, nunca lo visité, su familia me causaba repulsión, en particular su papá. Por una buena temporada tuvimos el sueño de matar a todos los papás del mundo.
Ana me mira soñolienta en el umbral de la puerta. Es hermana de Raúl, ha ganado demasiado peso y está muy pálida. La casa apesta, no hay desorden porque está casi vacía. Me pregunto si ella y Raúl viven solos. Sin dejar de mirar su celular, me señala el pasillo y se deja caer en el sillón, frente a un televisor encendido. Una casa vacía de objetos pero llena de ruido, pienso.
La habitación de Raúl es la última. Contrasta con el resto de la casa: hay mucha luz y silencio. Alguien, probablemente Ana, hace el aseo con frecuencia. Predomina el color blanco. La respiración de Raúl es pausada, su rostro luce fresco. Creo que acaban de afeitarlo. Parado a un lado de su cama, siento lástima por él. Lloro un poco. Después de un rato, Ana entra para darme un periódico viejo -Pensamos que era lo justo— dice. El papá de Raúl fue asesinado hace seis meses, la nota no menciona que antes de matarlo le llenaron el culo de miel y lo sodomizaron. Eso me lo contará Ana dentro de pocas semanas, mientras vemos dormir a los dinosaurios. Sigo mirando a Raúl, sé que tiene mi edad, que debería ir en tercer año de preparatoria y que es un experto en toda clase de animales prehistóricos. Una vez me mostró un libro llamado: “Extraños animales del pasado” las ilustraciones eran buenísimas.
Cuando salgo de la habitación, encuentro que Ana está profundamente dormida, desparramada. El cielo se oscurece y se aclara a causa de una tormenta eléctrica, son casi las diez, el ruido del aguacero me hace pensar en calles inundadas, tránsito lento y gente azorada. No deseo enfrentarme con todo eso, no esta noche. La luz proveniente del televisor ilumina la sala. Reviso mi celular: no hay llamadas perdidas, ni mensajes. Nada. Todo normal.
En la mesa de centro, a lado de una taza vacía, está el control remoto, cuando lo tomo para apagar la tele descubro que en la madera está escrita la palabra fatzee. Sonrío. Según la wikipedia, el fatzee es una droga sintética que permite viajar en el tiempo. Sus efectos están insuficientemente documentados, a veces produce brotes psicóticos y  a veces una relajación profunda. Algunas personas afirman haber tenido orgasmos espontáneos, otras sufren desmayos. La única experiencia común es que hay un desprendimiento de la conciencia hacia cualquier punto del pasado. Llegar siempre a la misma época o encontrarse con alguien en específico demanda práctica y disciplina, o bien, tener un buen guía.
A la mañana siguiente, despierto bajo una manta azul. Ana pone a calentar agua en una tetera. Bostezo. En la palma de la mano tengo un frasco pequeño sin etiquetar, contiene cuatro cuadritos de papel. La presentación del fatzee es similar  a la del LSD. Sin pensarlo, me pongo uno de los papelitos en la legua. Hay un minúsculo estallido de efervescencia y enseguida  mi espíritu se desgarra violentamente en todas direcciones. Es muy doloroso, pero pronto vuelvo a ser un jinete prehistórico. Todo está igual que hace diez años. Vuelo rápido y me alejo en un gozo milenario. Mi corazón es mucho más grande que mi cuerpo y el cerebro me funciona a un millón de kilómetros por hora, por un momento quiero detenerme, temo que me explote la cabeza. Un largo silbido me devuelve el foco. Me encuentro con Raúl.
Tenemos mucho de qué hablar. Ya somos jóvenes, no niños indefensos. Al terminar la secundaria, Raúl se metió a trabajar en el negocio familiar y comenzó a ganar mucho dinero. Su cartera de clientes, compuesta por adolescentes desesperados, superaba por mucho la lista de doce contactos de su padre. Ana se hizo cargo del laboratorio y el dinero estaba en todos lados: sobre la tele, en la cocina, en los sillones, por toda la casa, a donde miraras, había billetes. Ana y yo la hacíamos chido, pero aunque mi jefe ya estaba ruco y enfermo nos seguía dando asco. Sobre todo porque pretendía que todo estaba bien, actuaba como si no hubiera pasado nada malo. Mi carnala y yo, siempre unidos, nos fuímos de la casa. Pasó el tiempo ¿no? Un día mi papá nos invitó a cenar y se le ocurrió hacer una broma sobre cuando éramos niños. Fueron sus últimas palabras y sí lo hicimos sufrir.
Antes de empezar a jugar, Raúl me daba un papelito para que me lo tragara. Luego, con los ojos bien cerrados, yo sólo esperaba a que mi pterodáctilo se apareciera. La primera vez me asusté mucho, no podía respirar bien, el aire parecía un chicle, algo imposible de manejar con la nariz. Todo a mi alrededor se comprimía y se alargaba. En ese momento, Raúl me tomó de la mano y me condujo a la prehistoria con seguridad. Era un experto, comenzó a volar a los cinco años, entrenado por su hermana.
Cuando supe que el papá de Ana y Raúl estaba muerto, sentí una especie de envidia. A mi papá le siguen sirviendo la cena caliente noche a noche. La impunidad está en todos los espacios, es una reina  gorda con cetro y corona de acero inoxidable.
Una vez que termina su taza de té, Ana me ayuda a llegar a la recámara de Raúl, hay dos camas vacías y él no está. Veo borroso, una parte de mí aún se encuentra en un valle a millones de años. Me acuesto y ella coloca otro cuadrito de fatzee sobre mi lengua. La veo acercarse en un parasaurolopus, charlaremos largo rato.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Raíz

Blackbird fly
Into the light of the dark black night…





Siento que algo de mí morirá cuando ella muera, algo pequeño, como el extremo de una raíz que se seca. La veo acostada en la habitación de una casa en donde últimamente ha habido muchas discusiones. Apacible en una ciudad violenta junto al mar, mi abuela es de verdad. Tiene el cabello blanco y luminoso, su piel parece hecha de una tela absurdamente fina que seduce mi tacto. Le acaricio las manos y  los bracitos. Alguna vez fueron brazos entusiastas que atendieron negocios, criaron hijos, nadaron en el mar ¿Cuánto se puede hacer en cien años, o en noventa, o en veinte? No lo sé, pero el final de la vida me conmueve. 
Una vez le rezongué a mi abuela. Fuimos a la feria, me subí a las tazas voladoras y vomité. Las siguientes dos horas se la pasó preguntándome si seguía mareada, si ya me sentía bien. Yo estaba más bien muerta de vergüenza -vomitar me resultaba particularmente vergonzoso- a la quinta vez que me preguntó, volteé para decirle con los ojos muy abiertos y apretando los puños que ya no me estuviera molestando. Fui muy grosera, pero sé que no me delató y no volvió a preguntarme.
Otra vez la acompañé a comprarse unos zapatos, con actitud anodina le sugerí unos zapatos negros sin adornos, eligió unos con un broche plateado y me aleccionó "los zapatos bonitos son los que tienen algo que brilla, a mí me gusta que brillen" Nunca lo he olvidado.
Pasó una Navidad en casa, pocos meses antes mi madre había tenido una operación de columna y mi abuela estuvo con nosotros durante su recuperación. Claro, cocinando y ayudando en todo lo que podía. Preparaba unas tortitas de papa exquisitas, las freía una por una, con mucha paciencia y cariño, supongo. Esa Navidad estuvimos contentas porque mi mamá estaba casi recuperada de la cirugía. Recuerdo que con una alegría un poco forzada, le dije a mi abuela que bailara conmigo. La hice dar de vueltas en la sala durante un par de cumbias. 
Cuando me casé, vino a la boda con su hermana Colombina, me abrazó y me dio su bendición. También vino a la boda de mi hermano. Tengo carpetas bordadas por sus manos y cobijas tejidas también por esas manos que ahora se mueven sordomudas en un presente que ya no significa nada.
Tengo el corazón un poco roto porque he comprobado que al cuerpo le cabe poca vida, porque la muerte es como un lobo de cien cabezas invisibles que tarde o temprano, rápido o poco a poco, se comerá el corazón de quienes amo y el mío propio.
Había unas muñecas de trapo, hermosas, pequeñas, medianas y grandes. No se si las hacía ella o mi bisabuela, eran unas muñecas hermosas... no conservo ninguna.


martes, 20 de noviembre de 2018

Automática escritura




Una noche me puse a escribir en themostdangerouswrtingapp.com solamente porque quería relajarme. Es verdad, me relajo escribiendo, aunque a veces lo olvide. En la computadora escribir no me divierte ¿divertía? tanto, soy de mentalidad tradicional en muchas cosas, aunque lo niegue ¿intente negarlo? todo el tiempo.
La verdad es que no creo que esta aplicación se me cierre antes de que transcurran los cinco minutos. La primera vez que la  usé escribí un texto al que titulé Cosas de gatos. Elegí escribir sobre los gatos porque tengo un gato, iba a escribir que es obvio, pero en relaidad creo que no hay nada obvio en esta vida. Por ejemplo, yo hubiera podido elegir escribir sobre gatos porque me gustan, porque deseo tener un gato o porque los detesto. Una vez una chica me impresionó con un texto escrito con bastante claridad y con mucha rapidez, luego  me di cuenta de que su texto era una copia de El perfume. Entonces me pareció una parodia el texto y a la chica le perdí el respeto y la admiración.
Acabo de notar que la aplicación cuenta cinco minutos de teclear letras, borrar no vale. Logré escribir cinco minutos en themostdangerouswrttingapp sin decir absolutamente nada relevante, ese récord debe contar... en algún lugar.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Diccionario

Alas: s. Lo que le sale a tu mente después de pasar más de dos horas en una junta de trabajo.
Amor: s. El sentimiento más difícil de cultivar hacía uno mismo.
Amistad: s. La relación más feliz y libre que puede establecerse entre dos personas.
Microbus: s. Medio de transporte colectivo en el que generalmente se arriesga la seguridad y se pierde un poco de dignidad.
Basura: s. Aquello que contamina y de lo que debes deshacerte.
Bailar: v. Mover el cuerpo al ritmo de la música suspendiendo la acción de  pensar.
Bello: adj. Que te hace sonreír y desear que se detenga el tiempo.
Biroibo: s. Niño guapo y escandaloso.
Bonda: s. Niña bonita y traviesa.
Bondobandear: v. Echar altas dosis de desmadre.
Bondobandos: s. Gemelos bivitelinos menores de diez años.
Calle: s. Espacio público en reparación permanente.
Calor: s. Lo que te hace falta cuando sientes que te congelas.
Cama: s. Mueble que el cuerpo humano más reclama cuando está lleno de cansancio.
Caminar: v. Dar pasos tropezando de vez en cuando.
Casa: s. Espacio privado en donde el polvo y el desorden aparecen por todas partes.
Ciudad: s. Lugar en donde el silencio no existe.
Delicioso: adj. Que produce una fiesta en los sentidos.
Dormir: v. Dar la vuelta por otra realidad.
Escribir: v. Poner en duda la verdad.
Escuchar: v. Dejar entrar partes del mundo por los oídos.
Facebook: s. Waste of time.
Felicidad: s. Pueblo pequeño por donde todos pasan pero en el que nadie se queda.
Fregadero: s. Lugar de la cocina en donde aparecen trastes sucios de modo ininterrumpido.
Frío: s. Lo que crees que necesitas cuando hace mucho calor. adj. Que tiene baja  temperatura.
Hombros: s. Parte del cuerpo en la que se acumula la tensión.
Mascota: s. Preocupación principal a la hora de planear unas vacaciones familiares.
Salud: s. Junto con el trabajo, lo que más temes perder cuando tienes hijos.
Tristeza: s. Una casa que uno se construye dentro.


miércoles, 6 de junio de 2018

Cristóbal



Ese que sonríe se llamaba Cristóbal. Una tarde, cuando íbamos en tercero de secundaria, la maestra hizo una pregunta sobre cómo lograr la paz en el mundo. Todos mis compañeros tuvieron una opinión, yo me quedé callada pensando que estaban diciendo pendejadas (aunque no hubiera sabido decir por qué). Al final habló Cristóbal y dijo que la paz no era para los seres humanos, que la paz no podía instalarse por completo en ninguna comunidad porque hay una guerra que es imposible terminar, la guerra que cada quien tiene adentro de sí mismo, que siempre habría una guerra en nuestros pensamientos. El salón se quedó en silencio y la maestra tartamudeó un poco antes de pasar a otro tema.
Esa noche Cristóbal y yo nos hicimos novios, cuatro años después él se ahorcó en su habitación. Han pasado 23 años desde entonces y creo que es la primera vez que lo evoco sin un poco de resentimiento.