Las montañas me
gustan más que el mar. Me gusta tomar té a cualquier hora, especialmente a
media tarde si está nublado y hay silencio combinado con flores. Me gustan los
jardines, me gusta caminar hasta cansarme y sudar. Me gusta ejercitarme
temprano en la mañana, tomar baños de agua tibia en invierno y baños de agua
fría cuando hace mucho calor. Me gusta detenerme y pensar que todo va a estar
bien aunque el mundo y mis relaciones se estén despedazando. Me gusta mi gato
cuando duerme y respira profundo y me entretengo mirando cómo sube y baja su
pelaje, me gustan los movimientos así, suaves y continuos, como el chorro de
miel que cae sobre si mismo, como las pirinolas cuando giran -me gustaría un
jardín de pirinolas girando para siempre-
Se me antoja
sentarme a hablar con alguien espalda con espalda en la punta de un cerro o en
alguna azotea, mirar el cielo y escuchar buena música. Encender un cigarro de
algo y pretender que todo va a estar bien en medio del desastre. Me gustan la
esperanza, las bromas y los ojos castaños. Las bocas grandes, los guitarristas,
los conciertos, bailar en la cocina olvidándolo todo. Me gustan los sueños,
como casi nunca recuerdo los míos, suelo preguntar por los sueños de otros.
Me disgustan los
gritos, el hígado de res, el desorden excesivo, la crueldad y la mugre. Cuando veo las noticias me gusta
imaginar que cae un gran meteorito y que se acaba el mundo.
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