miércoles, 8 de noviembre de 2017

Decir abdomen

¿Qué sientes cuando dices abdomen?
¿Que te hundes? ¿Que estás lleno de vìsceras?
Decir abdomen, decir cualquier palabra, produce una sensación que muchas veces pasa desapercibida. No pregunto por lo que te imaginas al pronunciar  una tras otra las sílabas ab-do-men. Te pregunto por tu sensación, por el esfuerzo que deja en tu pecho pronuciar juntas la b y la d. Hay algo trabajoso ¿no? un jaloncito de aire que resulta incómodo. Algo pasa  en el cuerpo que no tiene nada que ver con que sepas que el abdomen es parte de lo que hace que un insecto sea un insecto.  Lo que sientes también es más inmediato que pensar en  heridas, ejercicios y músculos abdominales.
La experiencia de decir abdomen va más allá de que éste sea una región del cuerpo, una zona localizada y localizable, como la región ártica, la antártica o la septentrional (decir septentrional también es toda un aventura para el aparato fonarticulador). En la palabra abdomen tus labios se juntan y a  continuación tu lengua se apresura a tocar tus dientes. Estos movimientos tienen sentido  porque estás diciendo abdomen, pero intenta pronunciar únicamente  la b junto a la d y parecerás un completo idiota.



domingo, 22 de octubre de 2017

Cinco AM

Había dormido apenas unas tres horas cuando se despertó. Sus ojos se abrieron a una oscuridad conocida y no. Estaba en el mismo lugar de siempre, pero sola. Los niños dormían con su papá en otra habitación, en otra casa, en una madrugada diferente a la suya por primera vez en ocho años. Ella sintió miedo. Tenía ese habitual vacío en el estómago, pero también sentía huecos en la parte interna de los muslos, en el pecho y en la garganta.
-¿Qué me pasa?- pensó, y lucho desesperadamente por descansar. Sin éxito.




jueves, 6 de julio de 2017

Otro sueño

Soñé que en una guerra me enamoraba de un hombre que se dejaba crecer el cabello y se lo teñía de negro o de dorado, se pintaba los labios de muy rojo y tenía un espíritu muy noble y muy sereno. Encontrábamos perdido un niñito como de dos años y lo llevábamos a vivir a nuestra casa, lo cuidábamos bien y con cariño. Todo eso estaba prohibido en esa guerra, los soldados llegaban por nosotros.

lunes, 8 de mayo de 2017

Tender la ropa

Mientras tiendo la ropa me invade una sensación tibia, como si  un mar  subiera desde mis pies muy lentamente hasta cubrirme por completo. La mayoría de las mujeres que conozco repudian los quehaceres domésticos, como si tuvieran miedo de convertirse en esclavas por cocinar más de un día a la semana. Ya no hablemos de barrer o de lavar inodoros a diario. El caso es que a mí tender la ropa me produce una sensación de paz. En general, considero que los quehaceres domésticos constituyen una ocasión para pensar, escuchar música, orar y bailar. Si se tiene la suficiente habilidad, yo no la tengo, hasta se puede sostener una conversación telefónica.
Cuando era más joven siempre lavaba los trastes cantando. Solía entonar con profunda inspiración temas como Cruz de navajas, Veneno en la piel o No puedo más. Ahora que lo pienso, antes cantaba mucho, incluso  metía una grabadora a la hora de bañarme para poder escuchar rock de los 60. Bajo la ducha bailaba un poco mientras sonaban los Beatles, los Doors o Janis. Cry, cry baby!
Regresando a la cuestión de los tendederos, diré que al tender la ropa se percibe el perfume de los productos utilizados para lavar, que al ir colocando la ropa, pieza por pieza, punta por punta, el movimiento de las manos puede adquirir la categoría de danza. La música y el vino pueden estar cerca y la imaginación, si no hay una compañía agradable, puede volar en ese lapso de tiempo en el que el cuerpo va de la lavadora al tendedero - del lavador a la tendedera- (Claro, tender la ropa es reconfortante sólo cuando no has pasado horas en el lavadero).
Ya casi no canto, pero cuando tiendo la ropa pienso en toda la gente que amo y pienso en la maravillosa estabilidad que en mi vida representan el tendedero, el patio y la ropa limpia.

domingo, 30 de abril de 2017

Amistades

Un restaurante que está en un lugar que antes fue una tienda de colchones:  pueden imaginarlo con grandes cristales en lugar de muros, amplio, sobreiluminado y con aire de bodega. Sólo una emergencia o circunstancias dudosas podrían haberme llevado a comer allí. Esa tarde se trataba de las dos cosas, una emergencia me había puesto en circunstancias dudosas o éstas habían derivado en una situación de emergencia, ahora no puedo decirlo con claridad. La verdad es que  mi amiga me había citado para presentarme a su amante, un puertorriqueño que se encontraba en la ciudad por una semana solamente. Desde mi punto de vista lo lógico era que se pasaran los días enteros fornicando en el hotel y salieran sólo para comer o ni eso, pero ellos habían decidido tratar de hacer paseos turísticos como si ella no fuera casada y no estuvieran en la pequeña ciudad en la que vivimos.
Como buena empleada sólo tengo una hora para comer, así que llegué corriendo al restaurant, sin entender muy bien cuál era la prisa de Katia para que yo conociera a su amado Marcos. Por lo que había escuchado sobre él, el tipo me daba un poco flojera y además, para ser sincera, sentía un poco de envidia hacia mi amiga porque se había armado una gran historia de amor cursi por internet, hasta habían venido a verla, cosa que yo estoy a años luz de lograr, aunque me gustaría. 
En fin, traté de disimular que me parecían una pareja demasiado ñoña. Katia estaba nerviosa y Marco  hizo una oración para bendecir los alimentos. Un punto a su favor, por lo menos no pensaba que a todos los adúlteros los consumiría la ira de Dios. La comida fue buena, pedí cochinita  pibil y me pareció que la cocinera era nativa de Yucatán, Katia pidió tasajo y Marcos, pozole. Como dije, verlos juntos me produjo sentimientos encontrados. Así que entre taco y taco de cochinita, lo único que hice fue preguntar si Marcos era de San Juan, cuántas horas había volado hasta México, si le estaba gustando Puebla, decirle que me daba gusto conocerlo y que tenía que regresarme como rayo a la oficina.
Pensé que si Marcos hubiera sido rumano, turco o noruego, unos treinta centímetros más alto y tenido un sentido del humor más inteligente, habría sido yo misma en mi esplendor más seductor y Katia habría desaparecido del paisaje. El extranjero y yo habríamos, por cierto, terminado en su cama  del Hotel Marriot y si el encuentro hubiera resultado satisfactorio yo hubiera hallado la manera de faltar a mi trabajo durante el resto de la semana y habría aprendido a fornicar en rumano, turco o noruego. Y él, él, pobrecito, habría aprendido a amar a Dios en tierra ajena.
Pero no. Marcos tenía ese acento gracioso -puramente amistoso a mis oídos- de los puertorriqueños, era más bajito que yo y rezaba antes de ingerir sus sagrados alimentos. No era, afortunadamente, para nada  mi tipo. Tomé mi chamarra  y mi bolsa y salí corriendo del restaurant, antigua tienda de colchones, segura de que Katia no corría ningún peligro de ser descubierta por su marido, pocas personas entrarían a comer en ese lugar tan feo y tan recientemente inaugurado.
Encendí un cigarrillo y me eché a caminar, lo cierto es que no planeaba volver a la oficina. Tenía pendiente la revisión de un par de documentos y sabía que en la oficina iba a distraerme con la charla de mis compañeros. Mi plan era entrar en un café internet, resolver lo pendiente en una hora y volver luego a casa. Hacer tarea con los niños, ducharlos, ponerlos a dormir y terminar la noche con un vaso de vino y un libro. Entregarme a placeres sencillos y  habituales, pues.
Todavía no me acababa el cigarro cuando alguien gritó mi nombre desde un auto. Era mi amiga Dina y no me dio gusto verla, la verdad. Dina es perfecta, sus piernas miden como medio kilómetro, su cabellera es sedosa y brillante y su rostro es divino. Por si fuera poco, es genuinamente dulce y muy lista. Siempre he pensado que me conserva como amiga porque hago que todas sus cualidades resalten al cubo. Me acerqué a saludarla, con sudor en la frente y mi aliento mezcla de cochinita pibil y tabaco. Me saludó muy efusivamente y me presentó a su acompañante. Increíble y casi absurdo: Era un turco como de dos metros y ojos azules que hablaba un muy mal inglés. Dina lo había conocido en el wechat un mes atrás y ya lo tenía sentado a su lado en ese auto gris Urano que le había regalado su padre.
Aunque no me sentía del todo confiada tenía una intención muy clara cuando saludé sonriendo al turco, se llamaba Ihsan, y me subí en el asiento trasero del coche. Dina iba a llevarlo por un café antes de volver a trabajar a su despacho. Me invitó a ir con ellos y yo, por supuesto, acepté. Mientras Dina conducía y parloteaba, yo aproveché para limpiarme el sudor, usar hilo dental, tragarme dos pastillas de menta, peinarme un poco y pintarme la boca de rojo. El turco iba como petrificado tratando de entender lo que Dina, en su perfecto inglés Harvard, iba diciendo. 
El tráfico estaba muy lento y llegando a la cafetería sonó el celular de Dina, era su jefe urgiéndole no sé qué cosas urgentes. Dina me dio las gracias quinientas veces por no tener que dejar solo a su novio. Así que me lo encargó “sólo por un par de horas”, nos dejó en la entrada de la cafetería y se fue después de besar los musulmanes labios de Ihsan.
En la entrada de la cafetería le pregunté si prefería caminar o entrar a sentarse. Él dijo que tenía sed, pero que le apetecía dar un paseo. Me sentí aliviada, estar aplastada en un sillón frente a una taza de café sin tener un gran chisme que contar me parece de por sí una pérdida de tiempo, pero frente a alguien que no entiende ni jota de español y habla muy mal inglés, me parece  terrible.
Compramos un par de botellas de agua y comenzamos a caminar, estábamos cerca de uno de los pocos jardines grandes de la ciudad y no tardamos en llegar. Eran las cinco de la tarde y nos distrajimos hablando de lo bonito que es el escándalo de las aves a esa hora, cuando vuelven a sus nidos. Me contó que había nacido en Kannakale, antigua Troya, pero que desde hacía diez años vivía en Estambul y que atravesaba el Puente del Bósforo a diario en horas pico. Era abogado. Se sorprendió porque yo sabía decir günaydin, iyi geçeler,  tatli rüyalar y empecé a llamarlo arkadas, supongo que no imaginó que yo había sido afecta a utilizar el meow chat. Así llegó el anochecer y nos alcanzó Dina en el mismo café en el que nos había dejado un par de horas antes. Me despedí anunciando que estaría libre al otro día, lo que a Dina e Ihsan les alegró porque ella tenía que participar en el Consejo Técnico de Noséqué y el plan era que el turco paseara solo por el Centro Histórico. Quedé de encontrarlo a las diez de la mañana en el lobby de su hotel. Al despedirme estaba convencida de que al día siguiente tendría sexo con él.
Llegué a casa y me sentí satisfecha, estaba segura de que a los ojos del extranjero yo era más atractiva e interesante que Dina, lo que me hacía pensar que él, además de guapo, era inteligente. Después del baño y la merienda de los niños me dediqué a pensar en los detalles, elegí la ropa que me pondría, los aretes, los zapatos, me pinté las uñas, me depilé las cejas y el bigote y todo eso. Me costó un poco conciliar el sueño, pero al final dormí bien. Soñé que me paseaba por el Centro Histórico en zancos, maquillada como un mimo y en compañía de Waleed, un muchacho Sirio que conocí en el meowchat y que ahora está viviendo en una pequeña ciudad alemana, padeciendo toda la violencia que cae sobre los migrantes y los refugiados. En mi sueño Waleed me hablaba de Aleppo y yo lloraba, así, andando en zancos, bajo un cielo muy azul y muy lejano.
Me despertó la alerta de un mensaje de whatssap, era mi jefa diciendo que necesitaba urgentemente que estuviera en Nosédónde a las diez de la mañana. Mi encuentro con el turco estaba en peligro.
Pensé en hacerme la enferma, en enfermar a uno de mis hijos, en renunciar a mi trabajo. Digo, reuniones urgentes de trabajo va a haber siempre, pero las oportunidades de acostarse con guapos extranjeros que tienen que volver a sus vidas a miles de kilómetros de distancia, eso si es extraordinario.
Calculando fríamente mis movimientos, estuve a punto de marcar a Recursos Humanos para comunicar alguna grave situación, pero afortunadamente  mi jefa volvió a escribirme  para anunciar que la reunión se posponía. De esa forma, una hora después de entrar en la oficina me salí  pretextando que tenía que sacar copias y entregar oficios.
Conduje por la ciudad llena de alegría, sentía que el aire era puro y que todo estaba bien. Antes de encontrarme con Ihsan pasé al tocador, me refresqué y comprobé lo bonita que me veía. Definitivamente me hacía falta jugar el juego de la seducción.
 Ihsan estaba reluciente, recién afeitado, ojos azules, brazos gruesos. Nos fuimos en mi coche. Yo ya tenía armado un plan: iríamos hasta la laguna de Alchichica, sólo porque sí, porque ese viaje era lo que yo necesitaba para tenerlo a mis pies. Y así fue, nos besamos frente a la laguna, comimos la fruta y los emparedados que preparé. Después pasamos a un buen motel y allí, ya desnudos, nos pudimos comunicar en perfecto  inglés y repasamos palabras íntimas en español y en turco.
Al otro día cenamos con Dina y a la semana siguiente Ihsan volvió a Estambul, desde donde le da like a mis fotos en Instagram y me envía mensajes por WhatsApp.



miércoles, 19 de abril de 2017

Naranja

En mitad de la noche me senté en la sala vacía y silenciosa. Llevaba una naranja entre las manos y muy despacio comencé a pelarla. Su redondez se acomodaba con una precisión perfecta entre mis manos. Su cáscara era ideal para mis dedos, con suaves movimientos iba yo descubriendo una blancura ajena para mí, porque no la veía, sólo la adivinaba en la oscuridad. Aquella intimidad entre la naranja y yo, era un momento en la vida de las dos. La naranja era una naranja y yo era una mujer que le daría fin a su existencia. Habiendo sido semilla, flor y fruto, llegó a encontrarse completamente  indefensa en el frutero, en el centro del comedor y de la noche. De ahí la arranqué, movida por la tristeza y por la sed.
Recuerdo el silencio enorme salpicado de ladridos y de ruidos de auto. Después recuerdo morder, masticar, saborear un jugo abundante y seguramente amarillo fuerte. Comí dieciséis gajos de naranja, de una naranja dulce e irremediable que me recordó que la vida guarda placeres de todos los tamaños, aunque las noches sean muy negras.

martes, 28 de febrero de 2017

Primer Poema Trabsatkánticis: Le Corbusier

Foto: @soycuchillo


Sentémonos a fumar cigarrillos egipcios con esa indolencia que tienen los amantes por la vida y digamos mirando al infinito que los muros son máquinas de impedir.
(Para que Le Corbusier enarque las cejas)


Caminemos por el parque de puntillas y neguemos que hemos danzado ante la hoguera y llamemos a los puentes máquinas de cruzar.

(Para que Le Corbusier niegue en silencio con la cabeza).

TRABSATKÁNTICIS 


¿Sabías que Le Corbusier decía que construía máquinas de habitar y no casas?
No, por supuesto que no, ni siquiera sabía que había existido un Le Corbusier ¿por qué habría de estar al tanto de las cosas que dijo?
De niña mi padre me decía que no eramos máquinas de comprar:
Nada de globos ni de helados a cada rato.
Es más, nada de ratos, solamente horas precisas.
Pongámonos uniformes arcoirisados y digamos que las piernas son máquinas de brincar.
(Para que Le Corbusier y mi padre miren al cielo y suspiren haciendo una mueca).


@soycuchillo
@lanettaparker