En mitad de la noche me senté en la sala vacía y silenciosa. Llevaba una naranja entre las manos y muy despacio comencé a pelarla. Su redondez se acomodaba con una precisión perfecta entre mis manos. Su cáscara era ideal para mis dedos, con suaves movimientos iba yo descubriendo una blancura ajena para mí, porque no la veía, sólo la adivinaba en la oscuridad. Aquella intimidad entre la naranja y yo, era un momento en la vida de las dos. La naranja era una naranja y yo era una mujer que le daría fin a su existencia. Habiendo sido semilla, flor y fruto, llegó a encontrarse completamente indefensa en el frutero, en el centro del comedor y de la noche. De ahí la arranqué, movida por la tristeza y por la sed.
Recuerdo el silencio enorme salpicado de ladridos y de ruidos de auto. Después recuerdo morder, masticar, saborear un jugo abundante y seguramente amarillo fuerte. Comí dieciséis gajos de naranja, de una naranja dulce e irremediable que me recordó que la vida guarda placeres de todos los tamaños, aunque las noches sean muy negras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario