Un
restaurante que está en un lugar que antes fue una tienda de colchones: pueden imaginarlo con grandes cristales en
lugar de muros, amplio, sobreiluminado y con aire de bodega. Sólo una
emergencia o circunstancias dudosas podrían haberme llevado a comer allí. Esa
tarde se trataba de las dos cosas, una emergencia me había puesto en
circunstancias dudosas o éstas habían derivado en una situación de emergencia,
ahora no puedo decirlo con claridad. La verdad es que mi amiga me había
citado para presentarme a su amante, un puertorriqueño que se encontraba en la
ciudad por una semana solamente. Desde mi punto de vista lo lógico era que se
pasaran los días enteros fornicando en el hotel y salieran sólo para comer o ni
eso, pero ellos habían decidido tratar de hacer paseos turísticos como si ella
no fuera casada y no estuvieran en la pequeña ciudad en la que vivimos.
Como buena
empleada sólo tengo una hora para comer, así que llegué corriendo al restaurant,
sin entender muy bien cuál era la prisa de Katia para que yo conociera a su
amado Marcos. Por lo que había escuchado sobre él, el tipo me daba un
poco flojera y además, para ser sincera, sentía un poco de envidia hacia mi
amiga porque se había armado una gran historia de amor cursi por internet,
hasta habían venido a verla, cosa que yo estoy a años luz de lograr, aunque me
gustaría.
En fin, traté de disimular que me parecían una pareja demasiado ñoña.
Katia estaba nerviosa y Marco hizo una oración para bendecir los
alimentos. Un punto a su favor, por lo menos no pensaba que a todos los
adúlteros los consumiría la ira de Dios. La comida fue buena, pedí cochinita pibil y me pareció que la cocinera era nativa
de Yucatán, Katia pidió tasajo y Marcos, pozole. Como dije, verlos
juntos me produjo sentimientos encontrados. Así que entre taco y taco de
cochinita, lo único que hice fue preguntar si Marcos era de San Juan,
cuántas horas había volado hasta México, si le estaba gustando Puebla, decirle
que me daba gusto conocerlo y que tenía que regresarme como rayo a la oficina.
Pensé que si Marcos hubiera sido rumano, turco o noruego, unos treinta
centímetros más alto y tenido un sentido del humor más inteligente, habría sido
yo misma en mi esplendor más seductor y Katia habría desaparecido del paisaje. El
extranjero y yo habríamos, por cierto, terminado en su cama del Hotel Marriot y si el encuentro hubiera resultado
satisfactorio yo hubiera hallado la manera de faltar a mi trabajo durante el
resto de la semana y habría aprendido a fornicar en rumano, turco o noruego. Y
él, él, pobrecito, habría aprendido a amar a Dios en tierra ajena.
Pero no.
Marcos tenía ese acento gracioso -puramente amistoso a mis oídos- de los
puertorriqueños, era más bajito que yo y rezaba antes de ingerir sus sagrados
alimentos. No era, afortunadamente, para nada
mi tipo. Tomé mi chamarra y mi
bolsa y salí corriendo del restaurant, antigua tienda de colchones, segura de
que Katia no corría ningún peligro de ser descubierta por su marido, pocas
personas entrarían a comer en ese lugar tan feo y tan recientemente inaugurado.
Encendí un
cigarrillo y me eché a caminar, lo cierto es que no planeaba volver a la
oficina. Tenía pendiente la revisión de un par de documentos y sabía que en la oficina iba a distraerme con la charla de mis compañeros. Mi
plan era entrar en un café internet, resolver lo pendiente en una hora y volver
luego a casa. Hacer tarea con los niños, ducharlos, ponerlos a dormir y
terminar la noche con un vaso de vino y un libro. Entregarme a placeres sencillos
y habituales, pues.
Todavía no
me acababa el cigarro cuando alguien gritó mi nombre desde un auto. Era mi
amiga Dina y no me dio gusto verla, la verdad. Dina es perfecta, sus piernas
miden como medio kilómetro, su cabellera es sedosa y brillante y su rostro es
divino. Por si fuera poco, es genuinamente dulce y muy lista. Siempre he
pensado que me conserva como amiga porque hago que todas sus cualidades
resalten al cubo. Me acerqué a saludarla, con sudor en la frente y mi aliento
mezcla de cochinita pibil y tabaco. Me saludó muy efusivamente y me presentó a
su acompañante. Increíble y casi absurdo: Era un turco como de dos metros y
ojos azules que hablaba un muy mal inglés. Dina lo había conocido en el wechat
un mes atrás y ya lo tenía sentado a su lado en ese auto gris Urano que le
había regalado su padre.
Aunque no
me sentía del todo confiada tenía una intención muy clara cuando saludé sonriendo
al turco, se llamaba Ihsan, y me subí en el asiento trasero del coche. Dina iba
a llevarlo por un café antes de volver a trabajar a su despacho. Me invitó a ir
con ellos y yo, por supuesto, acepté. Mientras Dina conducía y parloteaba, yo
aproveché para limpiarme el sudor, usar hilo dental, tragarme dos pastillas de
menta, peinarme un poco y pintarme la boca de rojo. El turco iba como
petrificado tratando de entender lo que Dina, en su perfecto inglés Harvard,
iba diciendo.
El tráfico estaba muy lento y llegando a la cafetería sonó el
celular de Dina, era su jefe urgiéndole no sé qué cosas urgentes. Dina me dio
las gracias quinientas veces por no tener que dejar solo a su novio. Así que me
lo encargó “sólo por un par de horas”, nos dejó en la entrada de la cafetería y
se fue después de besar los musulmanes labios de Ihsan.
En la
entrada de la cafetería le pregunté si prefería caminar o entrar a sentarse. Él
dijo que tenía sed, pero que le apetecía dar un paseo. Me sentí aliviada, estar
aplastada en un sillón frente a una taza de café sin tener un gran chisme que
contar me parece de por sí una pérdida de tiempo, pero frente a alguien que no
entiende ni jota de español y habla muy mal inglés, me parece terrible.
Compramos
un par de botellas de agua y comenzamos a caminar, estábamos cerca de uno de
los pocos jardines grandes de la ciudad y no tardamos en llegar. Eran las cinco
de la tarde y nos distrajimos hablando de lo bonito que es el escándalo de las
aves a esa hora, cuando vuelven a sus nidos. Me contó que había nacido en
Kannakale, antigua Troya, pero que desde hacía diez años vivía en Estambul y
que atravesaba el Puente del Bósforo a diario en horas pico. Era abogado. Se
sorprendió porque yo sabía decir günaydin, iyi geçeler, tatli rüyalar y empecé a llamarlo arkadas,
supongo que no imaginó que yo había sido afecta a utilizar el meow chat. Así
llegó el anochecer y nos alcanzó Dina en el mismo café en el que nos había
dejado un par de horas antes. Me despedí anunciando que estaría libre al otro
día, lo que a Dina e Ihsan les alegró porque ella tenía que participar en el
Consejo Técnico de Noséqué y el plan era que el turco paseara solo por el
Centro Histórico. Quedé de encontrarlo a las diez de la mañana en el lobby de
su hotel. Al despedirme estaba convencida de que al día siguiente tendría sexo
con él.
Llegué a
casa y me sentí satisfecha, estaba segura de que a los ojos del extranjero yo
era más atractiva e interesante que Dina, lo que me hacía pensar que él, además
de guapo, era inteligente. Después del baño y la merienda de los niños me
dediqué a pensar en los detalles, elegí la ropa que me pondría, los aretes, los zapatos, me pinté las uñas, me depilé las cejas y el
bigote y todo eso. Me costó un poco conciliar el sueño, pero al final dormí
bien. Soñé que me paseaba por el Centro Histórico en zancos, maquillada como un
mimo y en compañía de Waleed, un muchacho Sirio que conocí en el meowchat y que
ahora está viviendo en una pequeña ciudad alemana, padeciendo toda la violencia
que cae sobre los migrantes y los refugiados. En mi sueño Waleed me hablaba de
Aleppo y yo lloraba, así, andando en zancos, bajo un cielo muy azul y muy
lejano.
Me despertó
la alerta de un mensaje de whatssap, era mi jefa diciendo que necesitaba
urgentemente que estuviera en Nosédónde a las diez de la mañana. Mi encuentro
con el turco estaba en peligro.
Pensé en hacerme
la enferma, en enfermar a uno de mis hijos, en renunciar a mi trabajo. Digo,
reuniones urgentes de trabajo va a haber siempre, pero las oportunidades de
acostarse con guapos extranjeros que tienen que volver a sus vidas a miles de
kilómetros de distancia, eso si es extraordinario.
Calculando
fríamente mis movimientos, estuve a punto de marcar a Recursos Humanos para comunicar
alguna grave situación, pero afortunadamente mi jefa volvió a escribirme para anunciar que la reunión se posponía. De
esa forma, una hora después de entrar en la oficina me salí pretextando que tenía que sacar copias y entregar
oficios.
Conduje por
la ciudad llena de alegría, sentía que el aire era puro y que todo estaba bien.
Antes de encontrarme con Ihsan pasé al tocador, me refresqué y comprobé lo
bonita que me veía. Definitivamente me hacía falta jugar el juego de la
seducción.
Al otro día
cenamos con Dina y a la semana siguiente Ihsan volvió a Estambul, desde donde
le da like a mis fotos en Instagram y me envía mensajes por WhatsApp.
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