jueves, 17 de julio de 2014

Las clases de taekwondo.

Me tiemblan las manos sin razón aparente. Se trata de un lunes como cualquier lunes, lo único extraordinario es que me caí de camino a la oficina y me raspé las rodillas, o de eso tengo que convencerme. Nadie debería sorprenderse porque, en general, soy bastante torpe.  Soy de esa gente que olvida y pierde todo: el hilo de la conversación, las llaves, los anteojos. Lo he perdido todo menos el miedo, el tiempo lo pierdo siempre: todos los días me quedo en la cama hasta treinta minutos después de que suena el despertador. No me vuelvo a dormir, ni me acurruco, ni me masturbo. Me quedo mirando el techo, deseando estar en otro lugar o no salir nunca de casa.  Cuando no aguanto las ganas de orinar me levanto de un salto, paso por la regadera,  me visto como sea  y salgo. Llego a trabajar a las 9 con diez minutos, sólo para que la gente de  Erre Ache no pueda sancionarme. Digo buenos días, pongo la cafetera, limpio mis lentes, sonrío.
Me duelen las rodillas, en la izquierda tengo una herida que sangra un poco, en la derecha un raspón y un morete. Mientras me lavo, alguien llora en el pasillo, alguien más levanta la voz, quien llora se aleja corriendo.  Fuera del baño está  Vicente, nunca me ha caído bien,  ahora tiene el rostro enrojecido y aprieta los puños. Nos saludamos apenas.  La que lloraba debió ser  Pipis, la secretaria del jefe. Los clichés son aburridos y los clichés de oficina son además patéticos.

Frente a la computadora, dos horas después, las heridas aun me punzan. Caí con fuerza, también en las palmas de las manos me queda memoria de la caída. ¿Dónde estará él? Debió pensar que robarme el celular iba a ser fácil porque tengo poca altura, porque toda mi atención estaba puesta en sacar una buena toma de aquel árbol para mi galería en instagram. Pobre, no contaba con que mi mamá me llevó a clases de taekwondo desde los ocho años ni con que la rabia que traigo adentro se dispara como eyaculación de preso en visita conyugal. Seguro lo golpeé de más. Seguro que la lluvia de patadas  en su cabeza fue algo innecesario. De cualquier forma, espero que a este sí  lo identifiquen como ladrón de celulares y no que lo hagan aparecer como una blanca paloma muerta a manos de un  psicópata equis.  La vida no  es justa: Yo soy una persona que llega puntualmente a su trabajo, ellos  son ladronzuelos que no tienen empacho en arrebatarle a la gente lo que ha ganado con el sudor de su frente. Es lógico que desaten mi furia. 

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