Me tiemblan las manos sin razón aparente. Se trata de un lunes como
cualquier lunes, lo único extraordinario es que me caí de camino a la oficina y
me raspé las rodillas, o de eso tengo que convencerme. Nadie debería sorprenderse
porque, en general, soy bastante torpe.
Soy de esa gente que olvida y pierde todo: el hilo de la conversación,
las llaves, los anteojos. Lo he perdido todo menos el miedo, el tiempo lo
pierdo siempre: todos los días me quedo en la cama hasta treinta minutos
después de que suena el despertador. No me vuelvo a dormir, ni me acurruco, ni
me masturbo. Me quedo mirando el techo, deseando estar en otro lugar o no salir
nunca de casa. Cuando no aguanto las
ganas de orinar me levanto de un salto, paso por la regadera, me visto como sea y salgo. Llego a trabajar a las 9 con diez
minutos, sólo para que la gente de Erre
Ache no pueda sancionarme. Digo buenos días, pongo la cafetera, limpio mis
lentes, sonrío.
Me duelen las rodillas, en la izquierda tengo una herida que sangra un poco,
en la derecha un raspón y un morete. Mientras me lavo, alguien llora en el
pasillo, alguien más levanta la voz, quien llora se aleja corriendo. Fuera del baño está Vicente, nunca me ha caído bien, ahora tiene el rostro enrojecido y aprieta los
puños. Nos saludamos apenas. La que
lloraba debió ser Pipis, la secretaria
del jefe. Los clichés son aburridos y los clichés de oficina son además
patéticos.
Frente a la computadora, dos horas después, las heridas aun me punzan. Caí
con fuerza, también en las palmas de las manos me queda memoria de la caída.
¿Dónde estará él? Debió pensar que robarme el celular iba a ser fácil porque
tengo poca altura, porque toda mi atención estaba puesta en sacar una buena
toma de aquel árbol para mi galería en instagram. Pobre, no contaba con que mi
mamá me llevó a clases de taekwondo desde los ocho años ni con que la rabia que
traigo adentro se dispara como eyaculación de preso en visita conyugal. Seguro lo golpeé de más. Seguro que la lluvia de
patadas en su cabeza fue algo
innecesario. De cualquier forma, espero que a este sí lo identifiquen como ladrón de celulares y no
que lo hagan aparecer como una blanca paloma muerta a manos de un psicópata equis. La vida no
es justa: Yo soy una persona que llega puntualmente a su trabajo,
ellos son ladronzuelos que no tienen
empacho en arrebatarle a la gente lo que ha ganado con el sudor de su frente.
Es lógico que desaten mi furia.
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