lunes, 15 de diciembre de 2014

La Difuntita

A la casa, un cuarto de bloc superpuesto, se llega atravesando un campo de crecidas hierbas. Hay otras casas cerca, aunque desde la calle  son invisibles. Doña Chelo y sus hijos viven rodeados  de basura. Ella es pepenadora. Un hilo de agua contaminada y pestilente corre a tus pies.
Te acercas con paso vacilante, temiendo que Muñeco, la mascota,  salga a recibirte con su  estentóreo concierto de ladridos. Pero no, detrás de la improvisada puerta de lámina se asoma Lina, la misma niñita flaca, despeinada y sucia que conociste hace pocos meses. Sigue sin ir a la escuela. Preguntas por su mamá y entra corriendo a buscarla. Doña Chelo también lleva el cabello sin peinar, te saluda de buena gana pero no te invita a pasar. Conversarás con ella cerca de una hora, bajo un débil sol de invierno. Cuando le preguntas por su hijo Daniel, quien aparece en tu lista de sujetos a entrevistar, te dice que se fue a trabajar temprano. Él es malabarista y escupe fuego en la calle, no volverá  sino hasta ya entrada la noche y a lo largo de su jornada deberá cambiar varias veces de crucero porque la policía municipal tiene la consigna de mantener despejada la vía pública.
En casa sólo está Fernando, de quince años, se empleaba como aprendiz en una herrería hasta hace pocos meses, cuando su madre discutió con su patrón y le prohibió volver al  taller. Fernando acató la orden de mala gana y ahora busca trabajo sin urgencia. 
Inti y Felipe, los niños  menores, trabajan en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada, respectivamente. Doña Chelo te explica que a Felipe, con sus diez años de edad, no hubo poder humano que lo hiciera desistir en su empeño por trabajar. Ella le decía: Estás chico, eres un niño, no debes de trabajar todavía. Felipe contestaba: Soy un hombre y voy a trabajar.  Ahora anuncia a gritos la venta de los garrafones de agua, cobra, limpia, ayuda en lo que se ofrezca. Su patrón le da dos comidas al día.
 A Felipe lo expulsaron de la primaria porque es un niño muy inquieto, de pronto grita, de pronto corre, de pronto golpea a las niñas. Simplemente  dijeron que no podían con él. De todos modos, doña Chelo no tenía  dinero para los uniformes y las cuotas de inscripción ni de él, ni de Lina.
Mientras la señora te cuenta todo esto,  Fernando permanece cerca de ustedes, afuera de la casa. Conversaste con él la vez pasada y recuerdas que no sabe leer ni escribir y que asistía semanalmente al catecismo.
Doña Chelo  te habla de sus pesadillas, que le parecen terribles. Anoche soñó  que un ladrón era perseguido por tres policías a la orilla de la carretera y que la persecución terminaba dentro de su casa. Despertó sobresaltada y volvió a dormirse para soñar que un hombre altísimo y calvo estaba de pie cerca de su cama. Ella tomaba un tubo para golpearlo con furia, en defensa de sus hijos.  Supone que sus malos sueños se deben a que apenas asesinaron a un muchacho a dos cuadras de donde estás parada tú ahora. También te narra, sin el menor asombro, que hace un par de semanas hallaron el cadáver desnudo de una mujer violada en la barranca cercana.
Doña Chelo no puede evitar hablar de su hija muerta. La llama La Difuntita  y aunque trata de mantenerse compuesta, por momentos se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la voz. Sin embargo, su llanto no sale atropellando sus palabras, como sucedió en tu visita anterior.
El recuerdo de La Difuntita, se activa cuando le preguntas a Doña Chelo si le gustaría vivir en un lugar distinto. Ella te contesta que se ha mudado, pero que regresa porque siempre siente que algo le hace falta. No te lo sabe explicar, no es una idea, quiere que te quede claro, es algo que siente en su corazón. Siente que su hija está allí, en el basurero que miras, de alguna forma. Por eso  no puede alejarse definitivamente. 
Para ti, La Difuntita (no te atreves a preguntar por el nombre de pila) es una adolescentes que murió hace más de dos años en condiciones poco claras: La policía dijo que fue un suicidio, Doña Chelo no está de acuerdo, ella piensa que alguien mató a su hija, dice que los policías ni siquiera investigaron, que simplemente porque su hija tenía un mecate enredado en el cuello dijeron: ella solita se ahorcó. Doña Chelo se culpa por no haber insistido en que investigaran, porque ella, lo dice varias veces, no cree que su niña se matara. Era alegre, era muy buena.
 Doña Chelo también te cuenta que cuando se fueron a vivir a otro lado,  ésta, su verdadera casa, se incendió. El cuarto que se erigía antes en ese terreno era todo de cartón y una noche fueron a avisarle que se estaba quemando. El fuego consumió un palo –debe hablar de un árbol pero no eres capaz de interrumpirla y preguntarle— que le recordaba mucho a La Difuntita. No sabe por qué pero cada vez que miraba el palo se llenaba de rabia, de maledicencias. Después del incendio, doña Chelo se sintió aliviada, el palo se hizo cenizas junto con todo lo demás y el recuerdo de su hija encontró una especie de sosiego. Los vecinos le dijeron que unas horas antes del fuego habían visto a una niña bailando alegremente, de lejos, con el cabello suelto, delgada. Doña Chelo te dice, como queriéndote contagiar su asombro,   que le describieron, sin haberla conocido, a La Difuntita.
Como puedes te despides. Tienes náuseas y un fuerte mareo. El suelo que pisas es de chicle y te sorprende que de esas casas y esas esquinas en donde aparecen quincenalmente personas asesinadas, salgan madres cargando a sus bebés, adolescentes uniformadas y sonrientes y niños en bicicleta con los ojos enormes y luminosos. Te parece extraño que brille el sol y que las ancianas rían. Lo lógico para ti sería que el cielo estuviera pesado y negro, que el suelo fuera un lodo que atrapara los pasos de todos y que en cada rostro se anidara indefinidamente un gesto de terror.

Quieres entender. Unos pensamientos como elefantes de plomo se abren paso en tu cabeza. Ya de vuelta al centro de la ciudad, al internet y al pavimento, piensas en cómo lo que ocurre en el mundo real se soluciona en el plano metafísico. Te das cuenta de que lo que no resuelven las autoridades puede resolverlo el fuego. Un sentimiento sustituye la necesidad de una explicación racional. Doña Chelo ha encontrado una especie de consuelo sólo porque el espíritu de La Difuntita danzó alegremente entre la hierba y la basura. 

1 comentario:

  1. Gracias por recordarnos que debemos hacer algo como sociedad y que como seres humanos nos falta mucho más por hacer.

    ResponderEliminar