A la casa, un cuarto de bloc superpuesto, se llega atravesando un campo de
crecidas hierbas. Hay otras casas cerca, aunque desde la calle son invisibles. Doña Chelo y sus hijos viven
rodeados de basura. Ella es pepenadora.
Un hilo de agua contaminada y pestilente corre a tus pies.
Te acercas con paso vacilante, temiendo que Muñeco, la mascota, salga a recibirte con su estentóreo concierto de ladridos. Pero no,
detrás de la improvisada puerta de lámina se asoma Lina, la misma niñita
flaca, despeinada y sucia que conociste hace pocos meses. Sigue sin ir a la
escuela. Preguntas por su mamá y entra corriendo a buscarla. Doña Chelo también
lleva el cabello sin peinar, te saluda de buena gana pero no te invita a pasar.
Conversarás con ella cerca de una hora, bajo un débil sol de invierno. Cuando
le preguntas por su hijo Daniel, quien aparece en tu lista de sujetos a
entrevistar, te dice que se fue a trabajar temprano. Él es malabarista y escupe
fuego en la calle, no volverá sino hasta
ya entrada la noche y a lo largo de su jornada deberá cambiar varias veces de
crucero porque la policía municipal tiene la consigna de mantener despejada la
vía pública.
En casa sólo está Fernando, de quince años, se empleaba como aprendiz en
una herrería hasta hace pocos meses, cuando su madre discutió con su patrón y le
prohibió volver al taller. Fernando
acató la orden de mala gana y ahora busca
trabajo sin urgencia.
Inti y Felipe, los niños menores, trabajan en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada, respectivamente. Doña Chelo te explica que a Felipe, con sus diez años de edad, no hubo poder humano que lo hiciera desistir en su empeño por trabajar. Ella le decía: Estás chico, eres un niño, no debes de trabajar todavía. Felipe contestaba: Soy un hombre y voy a trabajar. Ahora anuncia a gritos la venta de los garrafones de agua, cobra, limpia, ayuda en lo que se ofrezca. Su patrón le da dos comidas al día.
Inti y Felipe, los niños menores, trabajan en un local de reciclaje y en el reparto de agua purificada, respectivamente. Doña Chelo te explica que a Felipe, con sus diez años de edad, no hubo poder humano que lo hiciera desistir en su empeño por trabajar. Ella le decía: Estás chico, eres un niño, no debes de trabajar todavía. Felipe contestaba: Soy un hombre y voy a trabajar. Ahora anuncia a gritos la venta de los garrafones de agua, cobra, limpia, ayuda en lo que se ofrezca. Su patrón le da dos comidas al día.
A Felipe lo expulsaron de la
primaria porque es un niño muy inquieto, de pronto grita, de pronto corre, de
pronto golpea a las niñas. Simplemente dijeron que no podían con él. De todos modos, doña Chelo no tenía dinero para los
uniformes y las cuotas de inscripción ni de él, ni de Lina.
Mientras la señora te cuenta todo esto, Fernando permanece cerca de ustedes, afuera de
la casa. Conversaste con él la vez pasada y recuerdas que no sabe leer ni escribir y
que asistía semanalmente al catecismo.
Doña Chelo te habla de sus
pesadillas, que le parecen terribles. Anoche soñó que un ladrón era
perseguido por tres policías a la orilla de la carretera y que la persecución
terminaba dentro de su casa. Despertó sobresaltada y volvió a dormirse para
soñar que un hombre altísimo y calvo estaba de pie cerca de su cama. Ella
tomaba un tubo para golpearlo con furia, en defensa de sus hijos. Supone que sus malos sueños se deben a que
apenas asesinaron a un muchacho a dos cuadras de donde estás parada tú ahora. También
te narra, sin el menor asombro, que hace un par de semanas hallaron el cadáver
desnudo de una mujer violada en la barranca cercana.
Doña Chelo no puede evitar hablar de su hija muerta. La llama La
Difuntita y aunque trata de mantenerse
compuesta, por momentos se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la
voz. Sin embargo, su llanto no sale atropellando sus palabras, como sucedió en tu visita anterior.
El recuerdo de La Difuntita, se activa cuando le preguntas a Doña Chelo si le gustaría vivir en un lugar distinto. Ella te contesta que se ha mudado, pero que regresa porque siempre siente que algo le
hace falta. No te lo sabe explicar, no es una idea, quiere que te quede claro,
es algo que siente en su corazón. Siente que su hija está allí, en el basurero
que miras, de alguna forma. Por eso no
puede alejarse definitivamente.
Para ti, La Difuntita (no te atreves a preguntar por el nombre de pila) es una adolescentes que murió hace más de dos años en condiciones poco claras: La policía dijo que fue un suicidio, Doña Chelo no está de acuerdo, ella piensa que alguien mató a su hija, dice que los policías ni siquiera investigaron, que simplemente porque su hija tenía un mecate enredado en el cuello dijeron: ella solita se ahorcó. Doña Chelo se culpa por no haber insistido en que investigaran, porque ella, lo dice varias veces, no cree que su niña se matara. Era alegre, era muy buena.
Para ti, La Difuntita (no te atreves a preguntar por el nombre de pila) es una adolescentes que murió hace más de dos años en condiciones poco claras: La policía dijo que fue un suicidio, Doña Chelo no está de acuerdo, ella piensa que alguien mató a su hija, dice que los policías ni siquiera investigaron, que simplemente porque su hija tenía un mecate enredado en el cuello dijeron: ella solita se ahorcó. Doña Chelo se culpa por no haber insistido en que investigaran, porque ella, lo dice varias veces, no cree que su niña se matara. Era alegre, era muy buena.
Doña Chelo también te cuenta que cuando se fueron a vivir a otro lado, ésta, su verdadera casa, se incendió. El cuarto que se erigía antes en
ese terreno era todo de cartón y una noche fueron a avisarle que se estaba
quemando. El fuego consumió un palo –debe hablar de un árbol pero no eres capaz
de interrumpirla y preguntarle— que le recordaba mucho a La Difuntita. No sabe por
qué pero cada vez que miraba el palo se llenaba de rabia, de maledicencias.
Después del incendio, doña Chelo se sintió aliviada, el palo se hizo cenizas
junto con todo lo demás y el recuerdo de su hija encontró una especie de
sosiego. Los vecinos le dijeron que unas horas antes del fuego habían visto
a una niña bailando alegremente, de lejos, con el cabello suelto, delgada. Doña
Chelo te dice, como queriéndote contagiar su asombro, que le
describieron, sin haberla conocido, a La Difuntita.
Como puedes te despides. Tienes náuseas y un fuerte mareo. El suelo que
pisas es de chicle y te sorprende que de esas casas y esas esquinas en donde
aparecen quincenalmente personas asesinadas, salgan madres cargando a sus bebés, adolescentes uniformadas y sonrientes y niños en bicicleta con los ojos enormes y luminosos. Te
parece extraño que brille el sol y que las ancianas rían. Lo lógico para ti sería
que el cielo estuviera pesado y negro, que el suelo fuera un lodo que atrapara
los pasos de todos y que en cada rostro se anidara indefinidamente un gesto de
terror.
Quieres entender. Unos pensamientos como elefantes de plomo se abren paso
en tu cabeza. Ya de vuelta al centro de la ciudad, al internet y al pavimento,
piensas en cómo lo que ocurre en el mundo real se soluciona en el plano
metafísico. Te das cuenta de que lo que no resuelven las autoridades puede
resolverlo el fuego. Un sentimiento sustituye la necesidad de una explicación
racional. Doña Chelo ha encontrado una especie de consuelo sólo porque el espíritu de La Difuntita danzó alegremente entre la hierba y la
basura.
Gracias por recordarnos que debemos hacer algo como sociedad y que como seres humanos nos falta mucho más por hacer.
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