¿Has llegado a la noche en calma? Yo entré a mi habitación temblando calladamente y me acosté en una oscuridad casi plena, respirando trabajosamente por la nariz, tragando saliva con cuidado. Tuve miedo de abrir la boca y gritar, no quería entregarme a un llanto rabioso y poco elegante. Cerré los ojos y en mi mente se hizo de día otra vez. De nuevo eran las cinco de la tarde. De nuevo los pájaros volaron escandalosamente hacia sus nidos.
Llevaba zapatos rojos y caminaba sin prisa, más bien iba cansada, despacio. Tal vez fue ese desánimo lo que hizo que él se fijara en mí. También pensé que mis anteojos podrían haberlo atraído, o que mis dos mochilas le habían anunciado al mundo entero mi indefensión. En muchas cosas pensé después, antes de encontrarlo iba cantando mentalmente una canción de Eric Clapton. Siempre canto, hasta en sueños, aunque lo haga sin voz.
Me metí al parque para cortar camino, las dos mochilas me pesaban y quería llegar rápido a casa, prepararme algo de comer y ver televisión. Acabo de contratar Netflix y estaba ansiosa por seguir viendo Narcos. Esos eran los planes que había fraguado por la mañana, antes de irme al trabajo. Soy mesera en un Tocks, así que en cuanto termina mi turno me suelto el cabello, me pongo jeans, zapatos rojos, mastico chicle y miro a mis semejantes con un dejo de descortesía.
Normalmente llevo sólo una mochila con mis cosas del gimnasio, hoy llevaba en la otra mi disfraz de mesera con todo y zapatos, me toca lavarlo. Hubiera querido que él me quitara esa mochila, que me relevara de tallar mi vestido rosado, mi delantal blanco y mi estúpida red para el cabello. Pero no.
Por el camino de los álamos de hoja plateada se me apareció, llevaba una sudadero roja igual que mis zapatos y un pañuelo que le cubría la mitad del rostro, sí, muy de caricatura. Era un ladrón gordo y tartamudo que me llamó "muñeca" ("Muñeca" ¡chinga tu madre pinche pendejo de mierda!). Me dijo que sacara mi celular y todo el varo que llevaba. Yo, con mis dos mochilas, me tardé en reaccionar. El gordo me jaló los audífonos y se apoderó de mi iPod, se llevó una gran selección musical que seguramente no apreciarán sus oiditos reguetoneros. Ya que andaba por mi cuerpo me arrancó la gargantilla y aprovechó para apretarme una teta. Ahí fue cuando se me quitó el cansancio y lo golpeé con las dos mochilas, primero con la del gym y luego con la de mesera de Tocks. Las dos veces con todas mis fuerzas. Me fui corriendo.
Llegué hecha de rabia y de miedo a una parada de autobús y le conté a la gente lo que me acababa de pasar, omití la parte del agarrón de teta porque me pareció, todavía me parece, muy humillante. Una señora me hizo caso y trató de calmarme, una pareja de novios decidió ignorarme y un señor me miró con gesto burlón.
Me quedé nerviosa, con miedo de que el ladrón estuviera por ahí acechándome, así que entré en una cafetería, pedí un té y estuve un rato sentada junto a mis dos mochilas. Pensé en que era bueno que no me hubieran robado el celular y en que había tenido suerte de que no me violaran. Pensé en que el ladrón era un maldito pendejo ojete y en que yo era una tonta por no llevar gas pimienta y por no haberle reventado los huevos de un rodillazo. Después, a las nueve de la noche, me fui a mi casa con los puños apretados, con miedo, con el corazón latiéndome a mil por hora.
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