Fui al río y entendí que a nadie puedo contagiarle mi deseo, que no todos pueden establecer un pacto con el agua y con las raíces que se extienden sobre la tierra y abajo de ella. Siento que mis huesos se parecen a la madera que ocultan las gruesas y oscuras cortezas de árboles cuyo nombre ignoro y cuya magia me seduce hasta el llanto.
Soy madera
Soy cielo
Soy río
Soy quien avanza en todas direcciones.
Soy un par de ojos que se vuelven cabras al atardecer o asnos que caminan indefensos con las patas delanteras atadas.
Soy cuatro perros sin raza definida y con ojos brillantes, castaños, igual que la madera.
El muchachito que talla la Y de un charpe con su machete significa algo para mí. Significa todo lo que no sé, todo lo que imagino.
Descender de la montaña, escuchar el sonido que produce el agua cuando acaricia las piedras con suave firmeza, eso es la vida. Hallar una mantis religiosa y sonreírle y conversar con ella, saber que su abdomen es prominente y que sus ojos verdes se distinguen todavía sobre el verde absoluto y alegre de su cuerpo, eso me hace feliz.
Soy un animal de río y de montaña, más amiga de los insectos que de las empleadas de tiendas departamentales. Son felices mis pies en el césped y en la arena, no sé andar con tacones. Voy a un río, al campo o al mar con desesperación, en busca de aliento, de una conexión que la ciudad me estorba.
Voy al agua helada de los ríos, a su sonido, a su poesía.
Estoy hecha para volar, pero la ciudad me hace pesada. El tráfico, las plazas comerciales, todo eso se me junta en el alma como plomo que tengo que limpiar constantemente.
Yo sé, y lo sé muy bien, que soy un animal de campo.

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