Cuando me dijeron que el rock no se hubiera
dado jamás de no haber sido por la depresión económica del 29, no pude evitar
advertir cierta ironía en la conexión ni sorprenderme por lo definitivo y
escurridizo de las relaciones. Se supone que en la crisis la gente dejó de
tener dinero para pagar grandes
orquestas que amenizaran las fiestas y que la escasez obligó la formación de
grupos de tres o cuatro músicos. Así comenzó esto del rocanrol. Tal es mi
pensamiento al aterrizar en una ciudad de aire azulado, limpia y tecnológica hasta el cielo, en la que mi mejor amiga enloqueció, mi hermana mató a su
primogénito, mi vecina fue asesinada y mi cantante favorito se ahorcó.
Por supuesto, es mi ciudad natal y el
centro del mundo. El sitio en el que crecí, al que repudié y al que ahora
vuelvo. Aquí todo tiene un aire fantasmal, frío, casi ultratúmbico. En el baño
del restaurante: el mórbido y perenne despachador de droga; en el taxi, los
indispensables catálogos de armas. Todo sigue igual, seguramente el chofer es
un buen padre de familia, pésimo deportista, gran bebedor y amante mediocre. Huele a televisión y papas fritas. Me mira con sus ojos de sapo y me extiende
un muestrario de armas blancas, lo rechazo y exhibo mi farmacodependencia con
desenfado, me pide que lo invite y nos castigamos al mismo tiempo.
Un único cambio noto en la ciudad: un nuevo
bulevar la atraviesa, se llama del Veneno y corre desde la zona galáctica hasta
el lago. Al bajar del taxi escucho el alboroto de un concierto, entro en los
brazos de la noche y en el bar La Pecera la música es colores y figuras
geométricas en movimiento. El mesero me pregunta qué deseo y le contesto con el
tacto, le hablo con mis uñas y un puñetazo me deja sin sentido.
Alguien tira de mis cabellos y me encierra en la cajuela de un auto, de terror
vomito…me asfixio. Despierto sudando hasta el globo ocular. Suspiro al notar
que estar a punto de morir fue sólo un sueño.
Yajkielón parece bastante familiar a pesar
de todo el tiempo que estuve fuera, un lugar azul profundo y gris piedra. De
seguro mis amigos tendrán su apariencia famélica y el cementerio conservará su
aire refrescante. Al menos eso me sugiere el aeropuerto antes de que pequeña
bomba estalle y tenga que tirarme al suelo empujada por esta desagradable
confusión. Hay fuego y algo muy pesado está sobre mi espalda. Casi no puedo
moverme, algunos gritos entran en mi cuerpo junto con el olor a quemado, es todo
cuánto alcanzo a percibir además de un insecto que pasa cerca de mis ojos.
¿Cómo saber que
es el principio de una guerra? Cómo estar consciente de que mis amigos amables
y viciosos han muerto esperándome en la entrada del aeropuerto y de que mi
anciana madre se ha vuelto angustia mirando el boletín informativo de última
hora. Imposible. Sólo sé que mis calambres se tornan poco a poco dolores de
dimensión oceánica y que tantos lamentos lastiman el aire hasta casi
reventarlo.
Supongo que el
tiempo es el mismo de siempre, pero este espacio lo hace l-a-r-g-o. Sólo estoy
aquí y ahora como aconsejan los terapeutas que vivir es saludable. No pienso en
lo injusto que es que los presidentes decidad, fatalmente, el destino de las
personas, ni tampoco en que tengo veinte años, no me he enamorado y acabo de
recibir una beca para hacer una investigación en el santuario de los osos
cranchevos. Solamente siento una herida en mi pierna hervir en sangre y el
audífono que se me entierra en el oído. Claro que mis amigos no están muertos
con su apacibilísimo aspecto cadavérico sino con violentas máscaras sanguinolentas,
pero eso no puede lastimarme porque lo ignoro y sintiendo que el oxígeno se
agota es difícil pensar. Mi walkman
está en play. Escucho rock como de
costumbre, un grupo extranjero en su período instrumental. Entiendo que el
ritmo cardiaco se me lentifica y que el aire en esta parte de la Tierra ya no
tiene utilidad. Lloro y la sangre se me sale por la cabeza y por la pierna. Me
extingo sin saber que esta guerra durará un par de pares de años, que a dos
metros de mi una mujer embarazada murió hace una hora y que en la resaca de
todo esto todavía quedará pasión para crear.
De nuevo el
sobresalto. Alterada, miro por la ventanilla las luces de mi ciudad. No viajo
en un avión sino en un autobús de ínfima y tampoco tengo amigos esperándome,
incluso soy huérfana y no fui más que dos semanas a trabajar de mesera en un
bar fronterizo.
Vomito en la bolsa en la
que un rato antes estuvo mi almuerzo y mientras trato de recordar la música de
la guerra ya no estoy segura si despierto para soñar que muero o si es todo al
revés.
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