domingo, 27 de septiembre de 2015

El pasadizo.

Estaba tumbada boca abajo en mi recámara. Al entrar cerré la puerta con seguro y el silencio y el cansancio me ayudaron a dormir profundamente. Soñé que la ciudad no era más que un corredor larguísimo con cientos de habitaciones. La mía estaba al principio de ese corredor y yo percibía el vació presente en todas las otras. Sólo en la última, que estaba lejos, en lo que habría sido la periferia de la ciudad, había alguien más. Yo, tumbada boca abajo y exhausta, notaba lo que pasaba en aquella otra habitación.
Era un espacio abigarrado, sobresalía una colección de muñecas y animales de peluche metidos en bolsas transparentes. La mugre y el desorden  se extendían sobre el sofá, la mesa, la parrilla de gas, las cuatro sillas, la cuna y el ropero. Olía a humedad e Inés tenía frío. Era una habitación sin ventanas. Ella tiene la misma edad que yo, lo sé porque la entrevisté por la mañana. Tal vez por eso sueño que vive en el mismo corredor que yo pero ahí donde ya no alcanzaron sábanas de algodón, ni café orgánico, ni aspiradora, ni wifi.
Mientras sueño con ella me da miedo. La veo mirando el televisor mientras pela unos chícharos. Recuerdo que me contó que de pequeña su madre nunca la abrazó, que en la escuela se burlaban mucho de ella y que en casa nadie le hacía caso. Estoy durmiendo y para mí todas las habitaciones a lo largo del pasillo están vacías, la luz va disminuyendo y el ruido va en aumento, La habitación de Inés está en penumbra pero el volumen de la tele es muy fuerte. Ella no ve que hay cucarachas escondidas en su armario, yo a la distancia las percibo: son medianas y cafés y son felices. Hay cochambre, trastes sucios y basura fresca. También está Lili, una niña de tres años a la que nuca le lavan las manos. En mi sueño las cucarachas piensan y platican. Idolatran a Inés y la ayudarían si pudieran. Sin embargo, la felicidad de las cucarachas no alcanza para ella.
Inés está sola y se siente  traicionada por la vida ¿y por qué no? A los trece años se fue  a vivir con Braulio. La trataba bien, le compraba helados, le regaló todos los peluches que guarda de recuerdo. Él era su mundo, la promesa de una vida sin humillaciones ni golpes. En el caso de Inés promesa fue igual a mentira. Al paso de los meses y ya sin las sutilezas propias del enamoramiento, Braulio le prohibía salir, hablar con gente que él no aprobara y hasta arreglarse. Cuando nació Lili las cosas empeoraron. Gritos, golpes, incluso más que cuando vivía con sus papás. De todas esas cosas me habló en la entrevista.
En el sueño Inés limpia chícharos y mira una telenovela. Lilí despierta con hambre y llora. Inés la ignora, Lili llora más fuerte. Inés sigue limpiando chícharos con movimientos mecánicos y precisos. Yo, desde mi cama, noto cómo aprieta los dientes, cómo se le escapan dos lágrimas llenas de rabia y cómo su respiración se vuelve acelerada, Siento con demasiada nitidez, paso a paso, cómo la cólera se apodera de ella. En el sueño recuerdo la realidad de Inés.
Sabía muy bien que podía perder el control de si misma y actuar sin pensar, que guardaba una furia muy grande y que no sabía cómo controlarla. En el sueño yo sabía que Inés era una bomba de tiempo. Mi sueño fue la explosión de Inés: La vi levantarse y aventar el traste con los chícharos, tirar la silla al avanzar hacia la cuna. La escuché maldecir mientras el rostro, un rostro de diecisiete años, se le deformaba a resoplidos. Llegó a la cuna a punto de que le diera un infarto, con la sangre corriéndole en la arterias a mil por hora. Enfurecida. Lilí tenía tres años, hambre, meados en la ropa y una historia de palizas. Gritó y pataleó muy fuerte, pero Inés pataleó mucho más.
Al otro lado de la tripa-corredor yo estaba llena de miedo. En mi habitación  veía y escuchaba todo sin poder hacer nada. Escuchaba cada insulto, cada quejido, cada golpe. Miraba, gracias a la luz del televisor, todo lo que estaba ocurriendo.
Desperté entre lágrimas y sudor, aquel espanto había llegado hasta mi cama. Después de unos minutos me di un baño, me preparé un té, vi una película y me volví a dormir. Nada de corredores ni de tripas que conectan realidades distantes en la ciudad. Sólo dulces sueños
Dos días después causó revuelo el caso de la mujer que asesinó brutalmente a su hija de tres años mientras se encontraba pelando chícharos.

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