viernes, 4 de septiembre de 2015

De calamares y ríos.


Conducía  sintiendo  las manos hinchadas de ansiedad. Era uno de esos días en los que guardaba charcos de lágrimas atrás de los ojos, como pequeñas presas  a punto de desbordarse. Sentía un nudo ciego y filoso en la garganta. El pico de un calamar invisible le apretaba la tráquea.
Había estado funcionando, en la oficina nadie podría decir que se encontraba mal. Saludó, sonrió, escribió, subió y bajó las escaleras normalmente aunque cada minuto se sintió en peligro de caer adentro de sí misma, o en el vacío, era  lo mismo.
A las seis de la tarde, adentro de su auto, estaba sola. Sudaba de un modo atípico. Atravesando la ciudad, el calamar se multiplicaba. Ya había uno en su pecho y un par más detrás de sus rodillas. El aire, aunque trató de respirar profunda y pausadamente, comenzó a faltarle. Sabía en qué lugar estaba, era una vieja y pequeña celda de tortura en su cabeza: oscura, húmeda, maloliente y estrecha como cualquier buen apando. Necesitaba escapar porque en ese sitio había adelgazado, enfermado, intentado suicidarse, pero ahora tenía hijos  y no podía darse ese lujo. O no quería.
Un río cruzó su mente. Pensó que un río era su ruta de escape.  El bulevar sobre el que conducía en ese momento pasa sobre un río. Ella sabía que se trata de un río contaminado gravemente por la industria local, pero le dio lo mismo. Era el único río posible. Y era urgente.
Tuvo que estacionarse en un sitio alejado del puente y caminar. A esa hora el clima era agradable. Era viernes y la gente común estaba contenta, festejando el comienzo del fin de semana. Ella iba con sus calamares  puestos, cada vez más grandes y salvajes. Cuando comenzó a descender por la barranca  se dejó vencer por el llanto. Lloró a mares y ruidosamente.
Avanzó unos cuantos metros y se quitó las zapatillas. Eran unas negras de ante, las dejó bajo un árbol y siguió caminando descalza y con las manos vacías. Nada era claro en su cabeza, mucho menos el motivo del dolor tan grande que sentía. Caminaba y los pies se le iban llenando de tierra,  caminaba sin preocuparse de andar por pasto  o por piedras. Una sola idea la dominaba: llegar al río contaminado. Había visto, hace mucho, que las aguas de ese río podían ser verdes o azules debido a las fábricas que depositan en él sus desechos. Sabía que si los niños metían allí los pies les resultaban ronchas e infecciones. De cualquier forma, necesitaba ver el río.
Llegó por fin. El agua era marrón y había basura. Respiró profundamente el hedor que despedía, eso debilitó a los calamares. Escudriñó el paisaje. Arriba, el cielo azul rotundo. Un vagabundo yacía  unos metros a su derecha. El viento los hizo intercambiar olores. Ella percibió los orines del borracho y el borracho encontró el sudor de ella mezclado con esencia de rosas.  No se prestaron demasiada atención.
Se sentó en la orilla y cerró los ojos. Se secó las lágrimas  con el dorso de la mano. Pensó en la guerra y en los  asesinatos, en los presos políticos.  Pensó en que ya no era joven y también pensó en sus hijos. Mirando el agua apestosa de ese río, recordó que hay ríos en las montañas. Recordó que existen  cascadas blancas y enormes.  Al probar sus lágrimas saladas recordó la sal del mar. Volteó a ver al borracho y recordó  que hay gente que borracha se divierte y canta y baila. Los calamares  la soltaron despacio, cayeron al suelo y rodaron al río.
 Se había sentado demasiado cerca, sus pies estaban mojados. Los miró. Estaban muy sucios. Notó que comenzaba a anochecer. Se levantó y echó a andar rápidamente. Se hallaba nerviosa, tenía que llegar a ver a los niños, bañarlos, darles de cenar. Comenzó a correr y  de pronto, intempestivamente,  comenzó  a lloviznar.  Resbaló. Se golpeó las rodillas y se lastimó los pies. No logró ubicar el punto en el que había dejado sus zapatillas. Llegó a su auto acompañada de lluvia, sangre y tierra. Sentía la prisa  por volver a casa y el dolor que le había provocado la caída, pero  eso era glorioso comparado con el pico córneo de un calamar mordiéndole el corazón.

Entró a su casa corriendo y diciendo que tenía que hacer caca. Los niños se acercaron a saludarla  y los esquivó para encerrarse en el baño. Allí se lavó los pies, le ardieron las heridas.  Ocho minutos después, entre sonrisas  y una charla ligera, ya estaba cambiándose de ropa, poniéndose sandalias, bañando a sus hijos, preparando la cena.  Funcionando de nuevo.

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