Uso corbata, escucho jazz y me encanta el futbol. Llevo casado diez años y en los últimos dos he hecho el amor como seis veces. Mi mujer y yo estamos más que aburridos uno del otro, pero tratamos de llevarnos bien porque tenemos tres hijos. Somos unos enfermos, pues.
No hablo casi con mis vecinos, la verdad ni los conozco. Sí veo sus caras en el ascensor y les digo buenos días o buenas noches, pero no los conozco.
Hace unos meses se mudó una joven española delgada y más bien desgarbada. La conocí porque coincidimos en la minúscula área para fumar del edificio: un patio de cinco metros por cinco metros con cuatro bancas, tres árboles chaparros y una fuente en el centro. Ella y yo tenemos la costumbre de salir alrededor de las diez de la noche y a menudo se nos une un señor a quien nunca le he preguntado su nombre pero que me cae muy bien.
A veces no llegamos más allá del buenas noches y cada quien se concentra en lo que hay en su propia cabeza. Otras veces, generalmente los viernes, llegamos más tarde, después de haber estado con nuestros amigos en algun bar y nos sentimos más despejados, entonces charlamos más tiempo y nos contamos cosas. Así supe que ella se llama Carola, que trabaja como profesora invitada en la Facultad de historia pero que todo allí le parece arcaico y que no soporta tener que recibir órdenes de gilipollas. Del señor sé que a su esposa le resulta repulsivo el olor a cigarro y que para que puedan tener relaciones sexuales le exige una semana de purificación, o desintoxicación, como se escuche menos perverso.
Todo iba en calma, yo, anodino como me he vuelto con los años, no experimentaba por Carola ninguna atracción. Hasta esa noche de viernes en la que llegó alterada y más ebria que de ordinario. Venía despeinada como siempre, pero llevaba zapatillas de tacón muy alto y un vestido negro, un poco más arriba de la rodilla, holgado y con un gran escote. Nunca la había visto así. Tiene las piernas flacas y esa vez se le veían demasiado frágiles. Me parecieron sexys por eso mismo. Apenas la vi llegar, me apeteció tenderla en una cama, penetrarla y arrancarle las piernas.
Ella me saludó y después se soltó a hablarme al mismo tiempo que me obviaba.
Había discutido por fin con la directora de su unidad en la cena que siguió a un examen profesional. Acaloradamente, hubo ofensas personales y todo lo fuera de lugar que yo me pudiera imaginar. Después del pleito Carola se metió a un bar y desde allí llamó a un profesor con el que había salido una vez, pero que luego se dedicó a evitar porque no soportaba su elevada dosis presunción. El caso es que ya borracha se le ocurrió repasar sus contactos de whatssapp, lo vio en linea y le mandó un mensaje. A la media hora el esnob apareció, Carola necesitaba un poco de sexo para procesar su rabia.
Le contó al pendejo de Rodrigo -así lo llamó durante casi todo su monólogo- lo ocurrido en la cena y otras cosas nefastas y le pidió, sí, ella le pidió, que la llevara a un lugar donde pudiera relajarse y fumarse un toque.
Fueron a un buen motel: espejo en el techo, jacuzzi, ducha de cristal. Después de la mota encendieron la tele y encontraron una pornografía que a Carola le resultó inspiradora. Pero no, no fue posible salvar la noche.
- ¡Una cosa asquerosa y aburrida! Ni siquiera me agarró las tetas- Dijo amargamente y, asumiendo que yo era de palo, se sacó los pechos para mostrarme lo ofendidos que se encontraban. Y yo ahí, sentadito en la banca, con sus piernas todavía en las manos y sus tetas en la cara. Se me cayó el cigarro. Ella siguió contándome con gran irritación que el tipo se dedicó a babearle el cuello y a tallarle la vulva como si estuviera tallando calcetines en el lavadero, que tenía el pene pequeño y que había comenzado a sudar como marrano casi de inmediato.
En fin, terminó tirándolo de la cama porque no entendió por las buenas. Aplicó unos pocos golpes del karate que había estudiado en su niñez, le pegó en la cabeza con uno de sus tacones, le dijo que cogía peor que un chaval de quince años y que no se imaginara ni por un momento que su pinche y puto pito de jengibre iba a estar adentro de ella nunca. Se vistió y tomó un taxi.
Suspiró, se guardó las tetas y se puso a fumar. Recuperó un poco la compostura y hubo silencio. Después de maldecir al pene de jengibre por veinteaba ocasión soltó en llanto. Volvió a pensar en que podía quedar desempleada y en que no tenía ahorros. Se le ocurrió una brillante idea y la escupió, así, entre sollozos y libremente, como si yo fuera un eunuco:
-Me voy a operar las tetas para conseguirme un cabrón muy rico y voy a tener buen sexo. Al jardinero y al chofer me los voy a coger aunque no quieran. También haré obras de caridad: a los inválidos y a los pobres se las voy a mamar gratis. A los aburridos y a los tontos no. A esos ni madres.
Encendí un nuevo cigarro y crucé y descrucé las piernas.

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