-¿Qué cosa crees que podría decirte? Llevamos cinco años en este tugurio y ya estoy harta. No me digas que me quieres, no te creo y en cambio me dan ganas de partirte el hocico de un buen golpe.
Se sienta en la cama, se recoge el cabello en un chongo imperfecto y unos hilos negros caen, como si fueran agua, sobre su espalda lisa, morena y amplia. Inmensa. La cortina está abierta, el sol se está ocultando y la luz rojiza del atardecer se posa sobre su cuerpo.
- ¿Te conté de mi novio el italiano? Se llamaba Giangiacomo -Dice y me dispongo a escuchar por enésima vez una historia con la que ella pretende darme celos, pero que sólo activa el dispositivo de mi lástima. Es una historia que ocurrió hace más de quince años, cuando ella cargaba como veinte kilos menos. Un muchacho italiano que andaba de vacaciones en la ciudad conoció a Liliana y se enamoró de ella. Tuvieron un romance de verano que continuó cuando él volvió a Viareggio. Básicamente hablaron por teléfono y se escribieron cartas hasta que el italiano regresó a verla en Navidad. Entonces decidieron hacer turismo de aventura y se adentraron en las selvas del sur del país: Hubo mucho sexo, temazcales, ríos, mota, ligretto y toda clase de emociones, incluido el mal viaje que supone pasar frente a tanquetas militares llevando una caja de cereal medio llena de droga. El italiano y ella no tenían ni medio gramo de conciencia social, pero se fueron a meter a un nodo de la insurgencia. Apenas si lo notaron entre el sexo y la pachecata.
Liliana me narra esta aventura casi sin variaciones para hacerme notar que alguna vez fue deseada por otros hombres (el desenlace de la historia consiste en que ella abandona a Giangiacomo para irse con Adam, un británico más joven y más guapo) y que su vida contuvo momentos de transgresión importantes.
Si yo fuera el pendejo que ella cree que soy, sentiría que me hace un favor al estar conmigo. Sentiría que yo, al ser chaparro, chimuelo y jorobado, debo agradecer por la oportunidad de penetrarla y hundir mis manos en sus lonjas. Cree que puede gritarme sólo porque me deja hurgar con la nariz entre sus nalgas gigantes que, dicho sea de paso, son el paraiso.
La verdad es que me encanta y quisiera respetarla. Tenerla tumbada a mi lado, llenando mi cama con su carne, me hace feliz, me da un placer que nunca, bajo ninguna otra circunstancia he podido siquiera vislumbrar. La deseo cuando veo que no cabe en la ropa, que le es difícil atravesar las puertas, que en las sillas se desborda. La deseo de un modo enfermo y babeo, por arriba y por abajo,
como el perro de Pavlov. Pero cuando empieza a hablarme de su viaje a Chiapas con el italiano y de su cuerpo delgado y admirado por hombres perfectos, siento lástima por ella. De inmediato se me vuelve patética y absurda y termino por recargar mi cabeza en su barriga y decirle:
La verdad es que me encanta y quisiera respetarla. Tenerla tumbada a mi lado, llenando mi cama con su carne, me hace feliz, me da un placer que nunca, bajo ninguna otra circunstancia he podido siquiera vislumbrar. La deseo cuando veo que no cabe en la ropa, que le es difícil atravesar las puertas, que en las sillas se desborda. La deseo de un modo enfermo y babeo, por arriba y por abajo,
como el perro de Pavlov. Pero cuando empieza a hablarme de su viaje a Chiapas con el italiano y de su cuerpo delgado y admirado por hombres perfectos, siento lástima por ella. De inmediato se me vuelve patética y absurda y termino por recargar mi cabeza en su barriga y decirle:
-Nada más que ya estás bien pinche gorda y solamente yo te hago el favorcito -Con un c´est la vie remato, y ella llora.
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