Volví a soñar con Barai. El aire gélido de la madrugada me trajo su recuerdo igual que siempre. Estaba en su jaula, con la espalda marcada por extensas cicatrices, tal como lo vi la primera vez en esa famosa tienda que llevaba su nombre seguido por dos sustantivos opuestos: antigüedades y novedades.
No es raro que lo sueñe y poco a poco ha dejado de ser una pesadilla. Al principio, cuando comencé a despertar en este departamento en el décimo piso, Barai me hacía llorar, me llenaba de culpa y de reproches hacia mi misma.
Eso no ocurre más, en cuanto tomo el primer sorbo de café, contesto el teléfono o entro en el baño, Barai se desvanece. Paulatinamente va volviéndose un fantasma, algo irreal, como los meses que pasé en su país ¿Cómo llegué allá? No fue por azar, fue por mi condición de clase, siendo hija de un diplomático pude decidir a placer en dónde quería realizar mi estancia posdoctoral y elegí escribir sobre el poscolonialismo en el país de Barai, así de pretenciosa era. Quería conocer un país pequeño y con muchos pobres, los motivos no los tengo claros, pero a la distancia me parece que tuvieron que ver con el morbo.
Hoy, por propia voluntad no abandonaría esta vida que llevo: De mi departamento en TowerTower a mi oficina en el Sociology department de la Great World University, cuando recorro el Top Boulevard en mi convertible azul acero, sólo huelo mi perfume y escucho mi música favorita. A través de mis gafas de 500 dólares, sólo veo otros autos lustrosos y anuncios espectaculares. No estoy interesada a volver a ver, u oler, a los pobres.
Si algo recuerdo de aquel país es la mescolanza de olores. Los olores de la gente y la basura resultaban sofocantes y eran casi ubicuos. Si no apestas o eres un contrahecho no encajas en ese lugar.
Cuando bajé del avión me condujeron de inmediato a la zona de las embajadas, bastante moderna y limpia, en donde me alojaría durante los seis meses de mi estancia. Desde el automóvil con clima no presté atención al exterior, no pude fijarme en las calles ni en la gente. Me concentré en el conductor: Era un anciano flaco y jorobado que, en cuanto cerré la puerta del coche, atomizó perfume de lavanda y puso música clásica. No me dirigió la palabra ni la mirada durante el trayecto, a pesar de que lo interpelé con un par de preguntas, lo que me pareció descortés.
Después descubriría que mantenerse callado es, entre los nativos de ese país, la máxima muestra de cortesía hacia los extranjeros, ya que la mayoría tiene un aliento como un golpe fulminante debido al deterioro de sus dentaduras y a los males gástricos e intestinales que padecen producto de la comida chatarra y la falta de servicios médicos y sanitarios. Cuando la gente de la zona de las embajadas me comentó al respecto pensé, claro, que exageraban y que sus palabras sólo mostraban racismo y arrogancia.
Salí a la calle al día siguiente para conocer la escuela en la que desarrollaría mi investigación. Regresé abrumada y muda. Sólo semanas después me daría cuenta de que mi malestar era ocasionado por el olor a sexo desaseado, a mal aliento, a sudor y comida descompuesta que privaba en la ciudad. Un olor que no entraba sólo por mi nariz, sino que se camuflaba por mis ojos y oídos, incluso quizás por mis poros.
Estuve a punto de salir huyendo, pero cuando la náusea me parecía más insoportable descubrí a Barai.
Lénika, la recepcionista del edificio en donde me alojaba, solía abordarme con conversaciones simples tarde a tarde. A ella le gustaban la ciudad y la gente. A pesar de su metro con setenta centímetros de estatura y de su palidez mortecina se sentía cómoda en los mercados, en los bares, en los barrios habitados por los lugareños bajos de estatura y morenos de sol.
Yo hablaba poco y casi con nadie. Mi investigación de tesis se volvió pronto una revisión de documentos lejana al trabajo de campo que había imaginado en los salones de la universidad, rodeada de compañeros y profesores recién bañados. Lénika pues, nunca supo de mi secreto asco por aquel país y es sólo hasta ahora, con miles de kilómetros y varios años de por medio, que yo misma me atrevo a admitirlo.
Ante la insistencia de Lénika y por curiosidad, pues había escuchado varios comentarios sobre una tienda y un barrio mágicos (yo más bien los hubiera descrito como embrujados) en las afueras de la capital, un día acompañé a la joven en sus excursiones por la ciudad. Por supuesto, me había asegurado que seríamos solamente ella y yo. Nos fuimos en su auto alrededor del mediodía, cuando el único bulevar de la ciudad tiene un descanso pues la gente está en las oficinas, encerrada en talleres inmundos de costura o simplemente arrinconada, como los perros, bajo alguna sombra.
Dentro del auto cerré los ojos y me concentré al principio en la voz de Lénika, que comenzó a contarme sobre su pasión por los animales y cómo lamentaba que la fauna del país en el que estábamos hubiera sido devastada a la velocidad de la luz (esas analogías imposibles eran características de Lénika). Claro que era terrible que más de treinta especies nativas se hubieran extinto en los últimos diez años gracias al dominio de la industria, pero me bastaba con saberlo y con condenarlo moral y personalmente, no tenía intención de unirme a los cuerpos de protesta compuestos por extranjeros letrados, mientras los nativos del país festejaban alegremente tener agua limpia en una presa que alimentaría la zona en la que vivían sus gobernantes y los embajadores, aunque esto significara destruir el habitat de los sapillos vientre de fuego. No lucharía jamás contra la gente ignorante, si ellos deseaban, por ejemplo, tener frente a su casa un super mercado que trastocaría sus formas de intercambio, relación y producción y se preparaban con entusiasmo para repartir volantes chorreando sudor bajo el sol, yo no iba a meterme. No le comuniqué verbalmente a Lénika nada de esto, pero en la primera oportunidad encendí el estereo para escuchar la música que estaba de moda en mi país natal. Afortunadamente, Lénika fue seducida por el ritmo y nuestra conversación se detuvo.
Ya lejos del centro, llegando al barrio que según Lénika iba a gustarme, advertí que los olores se disipaban, que la basura no se veía amontonada en cada esquina. Era todo un poco menos denso. Lénika pensaba que eso se debía a que allí la gente había implementado algunos proyectos autogestivos, autosustentables y ecológicos. Pensaba que como en las casas se elaboraban compostas, había fosas sépticas y azoteas verdes, las personas estaban saludables y felices. Confiaba además ciegamente en los efectos benéficos del yoga, el vegetarianismo y el New Age.
Claro, todo eso me lo explicó conforme íbamos acercándonos a la tienda maravillosa, en donde podría encontrar las cosas más exóticas y saludables. Después, justificando mi escepticismo, cuando estalló la revolución, se descubriría que esa zona de la ciudad estaba en buenas condiciones porque era el lugar en el que residían las mujeres, los niños, niñas y varones que formaban el ejército de escalvos sexuales de los gobernantes. Se los mantenía libres de las enfermedades que aquejaban al resto de la población y se los adoctrinaba para que creyeran que su condicón era un privilegio.
Pero bueno, esto se supo meses después, la tarde que conocí el barrio me conformé con la explicación ilusa de Lénika.
La tienda era un espacio amplio, de dos pisos, colmado de objetos dispuestos sin orden alguno, etiquetados con su precio y una breve descripción. La dependiente era una anciana de rasgos orientales, callada, con dos hilos de cabello cano enredados en una trenza que le llegaba abajo de las nalgas. Delgada y envuelta en un vestido que parecía una cortina antigua hecha de tela empolvada, permanecía cerca de la caja registradora, muda, como una muñeca.
El aroma era agradable, pues la tienda era una especie de jardín, pero ninguna planta estaba a la venta. Había en el techo algún mecanismo para administrar la luz del sol y controlar la lluvia. Debajo del piso de cristal se extendían tierra y pasto y una compleja red de tubos y mangueras se encargaba de administrar el agua. Era como un bosque dentro de una casa. Y había vitrinas, ya lo dije, repletas de objetos sin organización aparente. El ambiente era agradable, sumamente agradable, hubiera pagado por pasar ahí unos minutos solamente. Por respirar y cerrar los ojos para sentir que el mundo no era el caso de mierda que en realidad es.
Lénika se dirigió directamente a la anciana para preguntarle por una infusión que, según le habían dicho, era muy efectiva para fortalecer la memoria, aliviar los riñones e incrementar la capacidad para el goce sexual. Yo me paseé, como con miedo, entre las plantas y los objetos. Así, vi un frasco con polvo de meteorito y un craneo de bull dog decorado por el chamán de una tribu en un país lejano, útil para asesinar patriarcas en ceremonias públicas. También descubrí un disco vinilico de boleros mexicanos y un peine bigotero de carey. Nada en realidad que me pareciera fascinante, me sentía aturdida por la gran cantidad de cosas a mi alrededor y al mismo tiempo aliviada por el aroma y la atmósfera general. Abrir o cerrar los ojos era la llave para estar en el caos o en la paz. Lénika por fin terminó su transacción, había comprado el té y además un frasquito de orines de reno, con el que estaba dispuesta alucinar esa misma noche.
Nos sentamos, entre todos los objetos había sillas, mesitas y bancos y mientras ella me hablaba de que los orines de reno contienen sustancias alucinógenas producto de la alimentación que llevan estos animales, vi algo que me llamó la atención: Dentro de una jaula gigante de madera que precisamente por sus dimensiones era difícil de observar, percibí un movimiento. Al principio crei que se trataba de un animal y miré con insistencia, pero el bulto permanecía quieto. Dejando atrás la perorata de Lénika me acerqué para mirar mejor.
En la jaula estaba un muchacho, acuclillado de espaldas a mí y desnudo. Tenía el cabello muy corto y oscuro y el cuerpo surcado por cicatrices de todas la dimensiones y formas, una estrella, un corazón y una clave de sol le cubrían la espalda. Me quedé paralizada y no pude respirar unos segundos. Lénika, que seguía hablando sobre los meados de reno, estaba parada detrás de mi y dijo "Ah sí, su historia es interesante"
Volteé a mirarla y noté que ni su entusiasmo por las compras ni su amor por la gente, los animales en peligro de extinción o las azoteas verdes, se veían trastocados por la presencia de un muchacho lleno de cicatrices en una jaula.
Nos acercamos a la anciana y ella, también con toda naturalidad, nos explicaría que el muchacho fue concebido como regalo para el hijo de uno de los miembros del triunvirato gobernante. A los cinco años el niño anunció que quería un bebé de verdad, sus padres quisieron complacerlo pero, afectados por la paranoia de las élites, temieron que un bebé del mercado tuviera alguna enfermedad o cualidad que afectara negativamente a su hijo, así que le pagaron a una joven pareja con antecedentes de buena salud para que concibiera un bebé y se los entregara en el momento de su nacimiento. Así, el joven enjaulado sobrevivió de milagro, pues aunque al principio fue tratado como un muñeco de cuna y vestido y alimentado con propiedad, con el paso de los meses su condición de juguete se hizo evidente: fue abandonado en el jardin tres dias, dejado en compañia del perro, olvidado bajo la mesa, puesto a luchar con los gatos. Los sirvientes de la mansión eran quienes le procuraban a este niño cuidados mínimos, se encargaban de alimentarlo y, con demasiada frecuencia, de curarle las mordidas, razguños y golpes que recibía por parte de su dueño. Afortunadamente, el hijo del gobernante se aburrió con el tiempo y, cuando cumplió diez años, decidió que su jugete -al que llamaba Darney- estaba muy maltratado y era tonto, así que una mañana lo hizo subir al camiñon de la basura. Para su cumpleaños número trece el niño pidió como regalo una niña de doce años. Los padres, por supuesto, no tuvieron empacho en conseguírsela, pues poseer personas estaba de moda y era legal para los jóvenes de la aristocracia.
El muchacho vivió en casa del chofer del camión de la basura por un tiempo, allí lo llamaron Barai, después huyó y no me dijeron cómo terminó en la jaula en donde le conocí.
Esa tarde Barai permaneció todo el tiempo en la misma posición. Aturdida por la historia, volví a mi departamento sin escuchar la conversación de Lénika. Esa noche no pude dormir, estaba desconcertada. Mi pensamiento estaba como frente a una piedra. Barai encajaba con suavidad en la estructura mental de Lénika, quien se lamentaba por muchas otras cosas que dolían en ese país, pero no era comprensible para mí, que procuraba mantenerme alejada de la mugre y del ruido.
Unos pocos días después volví a la tienda, pensé que tendría que comprar algo pero la anciana dueña pareció no darle importancia a mi llegada, así que pasé un par de horas sentada en un banco a pocos metros de Barai, contemplándolo. Esa vez estaba recostado boca arriba, puede ver sus ojos, que eran enormes. No estaba desnudo por completo, llevaba un taparrabos, como cualquiera podría haberlo imaginado. Las cicatrices se concentraban en su espalda. Me marché sin decir ni comprar nada, pero regresé varias veces hasta que Barai comenzó a mirarme.
Una tarde, cuando los enfrentamientos entre el ejército y los civiles comenzaban a hacerse frecuentes, la anciana se me acercó y me dijo: Si quieres llevarte al muchacho, llévatelo. Esta ciudad va a arder y yo pienso morir quemada...
¿Es la versión final final? Si es así, me dejas esperando con ansia la segunda parte, mi Pacheco-agustinesca hermanita.
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